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Hacia una ecología de la atención: necesitamos espacios libres de estímulos


  • Escrito por Alfonso Ballesteros
  • Publicado en Opinión
Shutterstock / Branko Devic Shutterstock / Branko Devic

El capitalismo de la vigilancia se funda en una masiva extracción de nuestros datos. También se basa en una agresiva caza de nuestra atención. De hecho, es un círculo muy lucrativo el de esta doble extracción: a más datos recabados, mejor personalización y se capta más atención. A más atención captada, más datos se recaban. Este círculo de apropiación ilegítima dispara los ingresos por publicidad y la venta de predicciones conductuales. Sin embargo, todo esto nos pasa casi desapercibido porque ocurre al tiempo que las tecnológicas nos prestan servicios.

Este círculo extractivo de datos y de atención ha generado un auténtico ecosistema de la distracción. Un ecosistema sobrecargado de estímulos que trocean nuestra atención. No hay un poder unitario que haya conseguido atraparla toda, sino que hay una pugna interminable por hacerse con un pedazo de ella: grande, pequeño o minúsculo.

Atención y ecosistema de la distracción

¿Qué es exactamente nuestra atención? Es la capacidad de fijar el espíritu en algo. Es ser uno. Ser capaz de no estar dividido por los estímulos del entorno. Solo el que es uno puede abrirse al exterior o meterse en sí mismo, ensimismarse. Por eso, se ha dicho con gran fuerza poética que “la atención es la oración natural del alma”. Oración como apertura del alma hacia fuera o hacia dentro. Así, esta oración natural es imprescindible para la excelencia en el trabajo o el arte. También lo es para la profundidad de la amistad o el amor.

Aquí radica la gravedad del expolio masivo de atención: somete por completo a la masa a su entorno mediático. Con ello, la priva de formas de excelencia y profundidad que podría alcanzar si este entorno no fuera un ecosistema de la distracción.

Sin embargo, de algún modo, las pésimas consecuencias sociales y políticas de este ecosistema son un accidente. Se extrae beneficio sin pensar en las consecuencias. Más que un deliberado deseo de control político de las tecnológicas hay una forma de banalidad del mal. Hay una frivolidad enorme, habida cuenta de que el ecosistema de la distracción es un ecosistema de la manipulación también.

Esta manipulación, prácticamente indetectable, está al alcance de cualquiera. Por ejemplo, por unos pocos miles de euros se pueden dirigir eficazmente las mentes de los electores de un país mediano, como Kenia, de 46 millones de habitantes.

Esta situación nos obliga a recuperar con urgencia este bien de la atención. Hemos de restaurar un entorno libre de estímulos. Esto requiere desanimalizar el entorno mediático. Es decir, necesitamos un ecosistema de la información que no explote este preciadísimo bien humano. En definitiva, necesitamos una ecología de la atención.

Animales distraídos

Hoy el entorno mediático está demasiado cerca del hombre. Los productos, informaciones y pantallas efímeras producen un medio de estímulos que elimina la distancia entre este y el hombre. Parece que el entorno está completamente pegado a nosotros. Por eso se parece al medio del animal, porque esta cercanía es propia del animal. Este no puede distanciarse de los estímulos que proceden de su medio.

Al entorno mediático actual le falta distancia, pero lo específico del hombre es la distancia de las cosas. O mejor, distancia en las cosas, pues le es propio estar rodeado de ellas. El hombre es el animal que puede distanciarse de lo que siente, deliberar sobre ello con su inteligencia. Por eso dice Xavier Zubiri que “el hombre es el animal del distanciamiento”.

La llamada “multitarea” es una consecuencia de la falta de distancia de las cosas. Aunque podemos emprender voluntariamente varias tareas a la vez, nuestras distracciones son normalmente involuntarias. Estas proceden de un entorno que estimula todo el tiempo. Estos estímulos suscitan respuestas automáticas en nosotros. Es el mecanismo que actúa cuando no podemos evitar mirar la pantalla de televisión que queda justo detrás de la cabeza del amigo con el que hablamos en un bar. Es aquí nuestra parte animal la que nos conduce a mirar. Por eso, la sociedad de la distracción y la multitarea nos animalizan. Es incompatible con la concentración como atención en su forma más elevada.

El mercado de la atención

Pongamos que un anunciante paga a un periódico digital para que anuncie su producto. ¿Cuánto pagará? Todo depende de cuánta gente lea el periódico. En otras palabras, cuántos verán el anuncio, cuántos dejarán, al menos, un pedazo de su atención en él. El anunciante paga por la atención de los lectores. Por tanto, la atención es un producto, una mercancía.

Si ahora situamos esto en el marco de una feroz competencia atencional entre medios, la laguna de la regulación en internet y la falta de escrúpulos de muchos, comprendemos la dimensión del problema. Es fácil imaginar al periódico abandonar la verdad por el contenido atencional y adictivo. El problema político de la búsqueda de atención por sí misma es que destruye la distinción entre verdadero y falso. Esto viene a agravar la crisis de confianza actual sobre qué información es veraz.

Esta economía de la atención ha alcanzado a la sociedad entera, a cada uno de nosotros. Todos somos cazadores de atención. Y cazados. Cada individuo compite con otros, haciéndose un reclamo, en busca de las migajas de atención que puedan quedar. Se convierte en comercial de la plataforma. Aunque a las grandes tecnológicas les mueve el lucro, al proletariado digital que crea contenidos le mueve el propio ego, con lucro o sin él.

La tecnología actual permite que el pobre usuario se enamore de su imagen digital. Las plataformas emplean el natural deseo de que a uno le presten atención para su beneficio. Por eso se habla significativamente de “adicción a la autoafirmación”. Se fomenta un narcisismo muy rentable de trabajadores sin salario al servicio de las tecnológicas.

Las consecuencias son claras. Como narcisistas nos volvemos incapaces de abandonar esa adicción al reconocimiento de los demás que nos mantiene dispersos. Esta es la sociedad de la distracción narcisista, la hija de la economía de la atención que hoy lo permea todo.

¿Qué debe hacer el derecho?

La atención permite la convivencia porque es una condición de cualquier forma de respeto. Cuando se dice “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio” se señala que no hay mayor falta de respeto que no prestar atención. Hoy nos encontramos despreciando a mucha gente, incapaces de reparar lo suficiente en ellos.

Se fomenta la simplificación de los problemas y el empleo de clichés para juzgar a los adversarios políticos. Por eso, la sociedad de la distracción es fácilmente disgregadora y se polariza. Erosiona desde sus raíces nuestras comunidades políticas.

Frente a esto, la garantía de un entorno libre de estímulos es un bien para todos. Es un bien común. Necesitamos recuperar espacios atencionalmente ecológicos, sean analógicos o digitales. Si el ecosistema de la distracción es un mal común, un entorno que permita la atención es un bien colectivo. Más aún, es una condición de la convivencia.

¿Qué propuesta jurídica puede hacerse para restaurar este bien? Nicole Dewandre –de la Comisión Europea–, ha sido pionera al hablar del “derecho fundamental a la atención”. Sin embargo, por un lado, ya es abundante el catálogo de derechos ineficaces y puede no ser tomado en serio. Por otro, declararlo un derecho no supone atajar el problema de raíz, que es un problema del diseño del entorno digital completo. ¿Qué puede hacerse entonces?

Obligar por principio a que el ecosistema de la información respete en su diseño y por defecto la atención del individuo. Es decir, que no manipule, que deje de ser adictivo por diseño. Este es el mismo principio que rige en la UE para los datos personales y es lo más acertado de esa regulación.

Como el diseño digital es intencional, atacar este diseño es atacar de raíz el negocio al que sirve, el del capitalismo de la vigilancia. Este capitalismo sigue en pie gracias a la inacción o connivencia de los gobiernos que han utilizado, no pocas veces, a Silicon Valley para lograr sus fines.

Sin embargo, los miembros de la sociedad civil que ya se han movilizado, e instituciones como la Unión Europea –que desde hace tiempo lidera la regulación de este entorno–, ofrecen una esperanza. Un entorno que por diseño y por defecto respete la atención del individuo es la primera piedra para lograr una ecología de la atención y restaurar un mundo común objetivo.The Conversation

Alfonso Ballesteros, Profesor de Filosofía del Derecho, Universidad Miguel Hernández

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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