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Nomaland, o de cómo Estados Unidos no es país para viejos


Impulsado por las leyes del neoliberalismo, Estados Unidos se ha convertido en un país de trabajadores canosos exprimidos por explotadores sin escrúpulos.

Cuando Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión cerca de ciento cincuenta mil norteamericanos vagaban por las carreteras de California ofreciéndose como temporeros para la cosecha. Tachados de ignorantes, sucios y portadores de enfermedades, y peyorativamente etiquetados como Okies, eran recibidos con odio y menosprecio por los habitantes de las localidades por donde pasaban. John Steinbeck los retrató en una serie de reportajes aparecidos en The San Francisco News.

El trabajo realizado para preparar estos artículos lo recopiló en su novela más lograda: Las uvas de la ira (Premio Pulitzer en 1940), que resultaría fundamental para que obtuviera el Premio Nobel de Literatura en 1962 y cuya adaptación cinematográfica homónima serviría para que John Ford ganara el Oscar al mejor director en la edición de 1940.

Las uvas de la ira es un llanto colérico, un lamento quejumbroso de resonancias bíblicas, que se dirige contra el sistema social que había hecho posible las penalidades de aquellos emigrantes que lo habían perdido todo. Muchos americanos de aquella época, como ocurre ahora entre nosotros, se encogían de hombros ante las injusticias terribles que sufrían los inmigrantes.

Hace años, mientras conducía en dirección oeste por la Interestatal 10 hacia una puesta de sol de primavera tardía, apareció ante mí una visión extraña cerca de Quartzsite, Arizona. Miles de motas doradas brillaban en la base de las montañas Dome Rock, como si las cumbres estuvieran rodeadas por una gran piscina reflectante. De cerca, los puntos brillantes se rompieron en una serie de caravanas cuyos parabrisas captaban los últimos rayos de luz del atardecer.

En el censo de 2010, cuando yo pasé por allí, Quartzsite tenía poco más de 3.600 habitantes. Además de tres pequeños moteles, albergaba unos setenta parques de caravanas rodantes, la mayoría reservada para gentes de cincuenta y cinco años o más. Estaban el Cactus Patch, el Desert Oasis, La-Z-Daze, Winter Haven, Coyote Pass y Happy J's. En Main Street, las entradas a estos parques se alternaban con puestos de fritangas, mercadillos ambulantes de segunda mano y concesionarios de caravanas, unas flamantes y otras desvencijadas.

Seguí mi camino y Quartzsite pasó a ocupar el desván del olvido donde permaneció hasta el año pasado, cuando leí País nómada. Supervivientes del siglo XXI, el trabajo de investigación de la periodista Jessica Bruder, que durante tres años se había echado a la carretera para recorrer miles de kilómetros siguiendo los pasos del reverso del espejo del sueño americano, un viaje tras las vidas de los desheredados de un gran país a quienes la crisis económica de las subprime de 2008 había dejado con poco más patrimonio que la movilidad, la libertad absoluta para desplazarse, con sus cuatro bártulos, en la caravana, la furgoneta, el remolque o el vehículo que fuera menester.

Como a la familia Joad, protagonista de la novela de Steinbeck, la condición laboral que les quedó tras la quiebra de las hipotecas basura era la de temporeros, empleados eventuales, adultos como mano de obra barata no cualificada, que los propietarios y capataces de las grandes explotaciones agrarias y los gerentes de las grandes empresas de logística como Amazon tienen ahora a su libre disposición. Son los autodenominados workampers, un cuerpo de trabajadores canosos, una legión de nómadas residentes en furgonetas caravanas, muchos de ellos mayores de sesenta o setenta años.

El resultado del libro es una atroz radiografía del poder destructivo y la dramática capacidad de digestión del feroz sistema capitalista, pero también un emocionante relato sobre unas personas que han renunciado al arraigo, pero no a la esperanza. La adaptación a la gran pantalla del ensayo de Jessica Bruder rodada por la realizadora independiente chino-estadounidense Chloé Zhao, con el título de Nomaland, fue la sensación del último Festival de Cine de Venecia (2020), donde se hizo con el León de Oro, el máximo galardón de la cita italiana.

La película ha dado el salto definitivo como triunfadora de los Oscar 2021 con los premios a Mejor Película, Dirección y Actriz protagonista, para Frances MacDormand. Más allá de la composición magistral de la veterana actriz, que algunos califican como la mejor de su carrera, me gustaría destacar que Fern (el personaje que interpreta Frances McDormand) es miembro de una tribu que ha comprobado en carne propia que el envejecimiento no es lo que solía ser.

Pero quien quiera conocer cómo se explota a personas de la tercera edad tendrá que leer el libro de Jessica Bruder. La realidad de los trabajadores itinerantes en Estados Unidos no aparece en la película. La directora y guionista del filme, en una legítima decisión artística, inventa una nueva protagonista: una viuda (Fern) que está triste por la muerte de su marido y que quiere estar sola, vivir en una furgoneta y mirar los melancólicos paisajes norteamericanos. Los protagonistas de este drama real, llamados en la jerga laboral «campistas», se convierten en la película de Zhao en un mero decorado para una romántica historia individual.

Campamento de caravanas en Quartzsite, Arizona. Foto

Los camaradas de Fern se describen a sí mismos como jubilados, incluso aunque se vean obligados a seguir trabajando hasta bien entrados los setenta u ochenta años. Se llaman a sí mismos trabajadores, viajeros, nómadas y gitanos, mientras que los comentaristas con mentalidad histórica los han etiquetado como los Okies de la Gran Recesión. Son trabajadores nómadas geriátricos, que satisfacen las demandas de trabajo estacional en un mercado cada vez más fragmentado e impulsado por los trabajadores temporales.

En una era de pensiones que desaparecen, estancamiento salarial y ejecuciones hipotecarias generalizadas, los estadounidenses trabajan más tiempo y se apoyan más que nunca en el Seguro Social, un programa diseñado para complementar (en lugar de financiar por completo) la jubilación. Para muchos, sobrevivir exige ajustes creativos en su estilo de vida. Y para aquellos que viajan por el límite más externo de la economía, la adaptación puede significar renunciar a lo que los habitantes a tiempo completo de estas caravanas llaman "casas de palo" para salir a la carretera y buscar trabajo.

Como ocurre en otras partes del mundo, Estados Unidos se enfrenta al primer cambio en la seguridad de la jubilación en su historia moderna. Comenzando con los baby boomers más jóvenes, cada generación sucesiva está peor ahora que las generaciones anteriores en términos de su capacidad para jubilarse sin ver una caída en su nivel de vida.

Florence Thompson, con uno de sus hijos, en un campo de recolectores de guisantes, en Nipomo, California, durante la Gran Depresión. Foto de Dorothea Lange.

En Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt y un Congreso de mayoría demócrata aprobaron la Ley de Seguridad Social de 1935, que requería que los futuros jubilados contribuyeran a un fondo común a lo largo de su vida laboral. El modelo estadounidense de financiación de la jubilación se definió como un "taburete de tres patas".

Ese robusto trípode estaba compuesto por la Seguridad Social, las pensiones privadas y las inversiones y ahorros combinados. En los últimos años, por supuesto, dos de estas patas se han quebrado. Muchos estadounidenses vieron sus activos destruidos por la Gran Recesión; incluso antes del colapso económico, muchos habían estado ahorrando cada vez menos. Desde la década de 1980, los empresarios habían reemplazado las pensiones con Planes 401 (k), que originalmente se comercializaron como instrumentos de liberación financiera que permitían a los trabajadores reducir el importe de sus pensiones y, a través de recibir dinero en mano, poder tomar sus propias decisiones de inversión.

El lema: “el mejor dinero es el que está en el bolsillo del jubilado”. El resultado: los empresarios ahorraron dinero. Los trabajadores resultaron estafados.

Todo eso acaba en que el Seguro Social es ahora la mayor fuente de ingresos para la mayoría de los estadounidenses de sesenta y cinco años o más. Casi la mitad de los trabajadores de clase media pueden verse obligados a vivir con un presupuesto para alimentación de tan solo cinco dólares al día cuando se jubilan. Muchos jubilados simplemente no pueden sobrevivir y por eso, desde una posición de dominio, los trabajos para los estadounidenses mayores se están pagando menos y se están volviendo cada vez más exigentes físicamente.

Definitivamente, bajo el paraguas del neoliberalismo, Estados Unidos ya no es un país para viejos. Cuando escuchen eso de que “el mejor dinero es el que está en el bolsillo del contribuyente”, echen mano a la pistola. Aprendan la lección.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.