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EL PERIÓDICO
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Condenados por desconfiados en pandemia


Desde un inicio, fue la desconfianza. Porque si algo ha caracterizado el curso de esta pandemia ha sido la desconfianza, primero en los precedentes y el origen del virus, luego en los organismos internacionales y el gobiernos encargados de contenerla y ahora, en su tramo final, en la disponibilidad y seguridad de las vacunas.

Todo empezó con la desconfianza del régimen chino ante los primeros casos descritos por los sanitarios y las primeras noticias de los activistas de la información. No se podían creer que su imagen de gran potencia económica y tecnológica quedase empañada por una zoonosis, más propia del país subdesarrollado. La buena noticia es que pronto fueron capaces de reaccionar, estudiando y haciendo público el genoma del virus en un tiempo record.

Una suspicacia acentuada ante los malos tiempos del multilateralismo, en un momento de nueva polarización entre las dos grandes potencias.

Por eso, la respuesta de la denominación de virus chino y la posterior denuncia de complicidad, por parte del gobierno populista de los EEUU con respecto a la OMS, y la consiguiente exigencia de una evaluación independiente, su autoexclusión de su financiación y más tarde el abandono como país miembro de la propia OMS.

Todo, en una situación de debilidad de los organismos multilaterales y de la OMS, con una frágil y cuestionada gobernanza que se reduce a poco más que el control del reglamento internacional, las alertas y las recomendaciones en materia de salud pública.

Pero es que además llovía sobre mojado, por las pandemias recientes que finalmente quedaron en alertas fallidas, en particular en los países más desarrollados, en casos como eel SARS, MERS, Gripe A, Ébola etc. Y por eso también, la incredulidad sobre los informes sobre posibles pandemias, considerados alarmistas, y el cumplimiento a regañadientes de las medidas del grupo de trabajo de prevención ante posibles catástrofes biológicas.

La prioridad para los países más desarrollados ha sido pues la lucha contra los riesgos y las enfermedades crónicas, la de los grandes centros hospitalarios, de las compañías de farmacia, de la tecnología sanitaria y la medicina personalizada. Por otro lado, la salud pública, la primaria y la universalización de los sistemas de salud quedarían como buenos deseos, pero para los países empobrecidos.

Por eso, el error fatal de la desconfianza y de la autocomplacencia de occidente, y sus consiguientes efectos en la reacción tardía a la emergencia y a la pandemia. También la desconfianza y la soberbia inicial de y entre los miembros de la Unión Europea. Hacia fuera, compartiendo la complacencia, el excepticismo y la tardanza en reaccionar ante la emergencia y ante la declaración de pandemia de la OMS. Hacia dentro, con la incredulidad y la pasividad de las democracias desarrolladas ante hechos como el colapso en la cadena de suministros, la inexistencia de industrias, tecnologías ni de equipos de reserva sanitarios almacenados.

También la respuesta nacionalista del sálvese quien pueda y la falta de coordinación por una parte de los países centrales de la UE en la distribución de los EPIs y las tecnologías sanitarias existentes. Unas carencias que, como en el caso de China, también contaban con precedentes en crisis sanitarias anteriores como la gripe española y en alguna más reciente como la de las vacas locas, pero que no habían suscitado medidas preventivas y de salud pública relevantes en el marco comunitario.Y por tanto, con una debilidad extrema de la salud pública y del ECDC en relación a otros centros similares en el mundo.

Una descoordinación que supuso el otro error fatal de prevención, al eludir la decisión de encapsular regiones o países con transmisión comunitaria, como se dio al inicio de la primera ola en Italia dentro del espacio Schengen, a imagen de lo que con acierto hizo china con Wuhan. Luego, todo fue demasiado tarde.

También primó la desconfianza dentro de España. Primero con relación a una salud pública olvidada durante décadas y como consecuencia una ley general de salud pública de 2011 tardía y sin desarrollo reglamentario. Por esta razón solo contábamos un subsistema raquítico de salud pública dentro de la sanidad pública española, tanto en el ministerio como en las CCAA, ambos desbordados ante el tsunami de la covid19.

Pero nuestro mayor error como país, ha sido la polarización entre los partidos políticos, como constante de toda la pandemia, en las últimas prórrogas primero y luego con respecto a la descentralización de la gestión y la responsabilidad a las CCAA en el último estado de alarma, como se corresponde con el funcionamiento de un sistema autonómico.

Eso explica la impugnación de la legislación del estado de alarma y de las leyes de salud pública y la ley de cohesión, y la denuncia de la limitación de las libertades por parte de las derechas y su repetida alternativa ficticia del denominado plan B.

Una sospecha entre administraciones, primero en el ejercicio de las competencias sanitarias por parte de las CCAA con el error de la centralización de la competencia de salud pública y el mando único en un ministerio que desde las transferencias carecía de medios y capacidad.

Con ello, a partir de entonces, las CCAA eludieron y desviaron su responsabilidad en la gestión sanitaria y de servicios sociales, convirtiéndose en portavoces de los sectores económicos afectados y en los promotores de salvar el turismo y la hostelería, para luego encabezar las restricciones sin apoyos alternativos, provocando la desconfianza de estos sectores.

Algo que ha sido dramático, pero sobre todo en la tierra de nadie de las residencias de mayores, tanto entre administraciones y entre las carencias de la atención primaria como de los propios centros. Finalmente convertidas en una zona devastada.

Desconfianza también de las comunidades con respecto al gobierno en la desescalada y en la mal llamada nueva normalidad, con lo que la cooperación deseable llegó tarde y mal, aunque al final se haya reconducido con la cogobernanza del tercer estado de alarma.

Suspicacia incluso de los autodenominados expertos con respecto a los técnicos de salud pública, con su exigencia reiterada de evaluaciones independientes, como ya había venido ocurriendo desde un inicio con respecto a la OMS.

Una situación finalmente amplificada desde los medios y en especial en las redes sociales, con respecto a la comunicación gubernamental y también ante a la polarización política. Polarización, populismo y antipolítica como parte de las fake News, que ha contaminado con su infodemia al conjunto de la comunicación.

En definitiva, desafección de todos frente a la política: expertos, medios y ciudadanos en que se cuestiona la capacidad de decidir de la política y su ejercicio para conciliar necesidades, posibilidades e intereses complejos, incluso con la acusación y la culpabilización simplista de anteponer la salvación de las vacaciones a costa de la salud pública. Ahora, también de todos frente a los gobiernos y la Comisión Eurooea con la negociación de la compra conjunta y la producción y distribución de las vacunas. Una desconfianza que se extiende a todo, incluidos los jóvenes, con la única excepción de la ciencia de las vacunas.

Se trata, por tanto, de reconstruir la confianza y la colaboración antes de que sea demasiado tarde. La confianza en la OMS y el multilateralismo frente a amenazas pandémicas, en que se requieren más competencias, autonomía y financiación. Ahora, además de un futuro Tratado frente a las pandemias, de garantizar los bienes públicos esenciales como las vacunas y los tratamientos.

Reconstruir la confianza en la Unión Europea y su incipiente Unión Sanitaria'. Tanto en materia de investigación, relocalización industrial, como en la universalización sanitaria, la potenciación del ECDC, la producción de vacunas y la legislación para la suspensión de patentes.

Y en España, la reconstrucción de la confianza pasa por el desarrollo de la legislación y el centro de salud pública, del sistema de gobernanza, coordinación y cooperación con las CCAA, de recuperar la prioridad de la sanidad pública y de la regeneración de la política.

Como en la obra teatral, atribuida a Tirso de Molina, si no somos capaces de cambiar la desconfianza por la colaboración, podemos acabar condenados por desconfiados.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.