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Spain is different


¿Recuerdan aquel eslogan franquista que se utilizó para intentar promocionar el turismo en España? Decía “Spain is different”, que significa “España es diferente”.

Desde el ministerio de Fraga se quería romper con la imagen que se tenía de España desde el extranjero. Había quien desde Europa nos ubicaba más cercanos al norte de África que al sur de Europa, y para intentar cambiar el enfoque, se pasó del “visit Spain” a predicar que España era diferente.

No quedaba muy claro a qué se refería ese “diferente”: si a la propia España respecto a su pasado más inmediato, o si era diferente a otros países, algo evidente porque cada país tiene “lo suyo”. En cualquier caso, se trató de un eufemismo para intentar convencer a los que nos miraban desde fuera de que aquellas tradiciones que pudieran chocarles se debían a la “originalidad”, no a una falta de desarrollo.

Un eslogan que a día de hoy hay quien sigue recordando, obviamente no para bien. En un contexto de pandemia mundial, vemos cómo España sigue empeñada en nadar contracorriente, no se sabe si “porque es diferente”, o porque no termina de adaptarse a su entorno.

Mientras Francia cierra a cal y canto para intentar mitigar la cuarta ola de COVID-19, como está haciendo también Alemania y otros países europeos, España adopta una actitud timorata que no se termina de entender. Toma medidas pero al mismo tiempo no es contundente, deja siempre la puerta abierta por temor a que la economía se resienta más de lo que algunos consideran sostenible. Las vacunas no dejan de protagonizar escándalos por la falta de organización, de previsión y de información. Las cifras de infecciones y fallecidos se cuestionan una y otra vez y es complicado hacerse una idea clara de qué es lo que podemos hacer y qué es lo que nos puede situar ante una sanción.

España parece ser diferente. No significa que otros lo hagan todo maravillosamente bien, no es el caso porque todos los países están en esta montaña rusa en la que tan pronto parecen haber encontrado la clave para contener los contagios, como de pronto todo se descontrola y las gráficas giran y comienza de nuevo la alarma. Sin embargo, en España hemos caído en una sensación de descontrol, de desasosiego, de una extraña “normalidad” que está minando la paciencia y la fuerza de voluntad de su ciudadanía.

El hecho de que las Comunidades Autónomas tengan capacidad para tomar una serie de medidas, y sin embargo, no puedan tomar otras está generando desconcierto. Sobre todo en poblaciones limítrofes que observan con sorpresa cómo a pocos kilómetros hay cosas que sí se pueden hacer y otras que no.

Los giros de guión con el uso de la mascarilla supone otro de los casos en los que cuesta entender lo que ocurre. Y el problema, en mi humilde opinión, se halla siempre en la falta de transparencia, en la falta de información bien detallada que permita comprender a la ciudadanía el por qué se toman unas decisiones y después las contrarias. Estoy recordando ahora mismo lo que sucedía con las mascarillas hace un año: dieron la voz de alerta, todo el mundo cosiendo mascarillas, después se dijo que no había que usarlas -salvo para profesionales y para personas concretas-, y después se generalizó su uso haciéndolas obligatorias. ¿Qué había cambiado? Algunos pretendieron contarnos que el virus no se propagaba por el aire, sino por las superficies, otros decían que usar mascarilla podía ser contraproducente… y al final, resultó sencillamente que no había mascarillas suficientes para todos. Se trataba de negocio. Algo inadmisible cuando de la salud se trata.

Ahora, con las vacunas, volvemos a tener una sensación parecida. Nos llegan noticias que se contradicen con las medidas que aquí se toman. En Alemania, por ejemplo han suspendido la vacunación con AstraZeneca para menores de 60 años. En Canadá también. España es diferente.

En Bélgica, en Italia, en Norteamérica, se alerta sobre el aumento de casos de infección en niños. En España se empeñan en reiterar que las escuelas son el lugar más seguro, que los niños a penas se contagian y que prácticamente no hay casos graves en menores. España, vuelve a ser diferente.

España está demostrando ser diferente una y otra vez, y por desgracia no suele serlo en el sentido de mostrarse precavida. Cuando comenzaron a darse posibles casos de efectos adversos tras las primeras vacunas, en Austria, en Alemania, en Francia entre otros países se analizaron los hechos y se indicó abiertamente que sí, que las muertes provocadas por extraños trombos se habían producido por una reacción extraña a la vacuna de AstraZeneca. En España, los informes forenses dijeron que no, que como en el caso de la profesora de Marbella, su muerte por este extraño trombo se debía a su predisposición, no a la vacuna que le acaban de poner. Aquí no se ha vinculado ningún caso a la vacuna. Ya sabe, porque España es diferente.

Nos cuesta, por lo que se ve, hablar abiertamente, confiar en la capacidad de comprensión de la ciudadanía. Tratarnos como adultos que pueden ser responsables de sus decisiones y que tomarán la mejor opción en cuenta cuando se les explique con claridad lo que sucede no es una opción por lo que parece.

Mientras tenemos que informarnos por medios internacionales, como si estuviéramos en aquella época de Fraga, seguimos siendo diferentes. Para mal, por desgracia. Menos mal que ahora es más fácil acceder a los periódicos e informes de otros países y hay herramientas que nos permiten traducir cualquier idioma. Porque si dependiéramos únicamente de lo que oficialmente nos están contando, estaríamos todavía más perdidos.

Licenciada en Derecho, Periodista y Analista política.

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