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De actos y actitudes de una profesora, hoy: ¿reflexiones o desvaríos?


Nerviosa. Muy nerviosa. Con ilusión. Iniciar y finalizar. Empezar nuestra jornada y acabarla: pura transitoriedad.

En estos tiempos más que nunca, los profesores nos vemos en la necesaria virtud de diferenciar lo frágil y caprichoso en el diario acontecer para estar alerta y con actitud curiosa, seguir descubriendo que la rutina casi deja paso a lo previsorio. Y estoy convencida de que en nuestro quehacer docente eso de la repetición constituye más una leyenda que una realidad. Vamos “tocando piezas” (y no me refiero a la enseñanza on line, ni bimodal), intentando avanzar y caminar; hace mucho que echamos a andar en un contexto y en un marco mental distintos a los actuales. Nuestros proyectos vital y profesional los vamos transformando día a día. Frente a nosotros encontramos a los protagonistas de su propia historia, los alumnos. Y todos nos lanzamos a la lucha contra el determinismo social.

Frente a ellos, ahora la proximidad –física- se distancia, realizamos lo posible y sorteamos errores para allanar lo complejo. Conscientes de que el avance no es lineal, sino tortuoso y… ¡agárrense! que vienen curvas. Aportamos soluciones a sabiendas de que también se generan problemas pero quizá son menores o al menos vislumbramos ciertos progresos porque estamos más preparados, nosotros y ellos y poseemos, ambos, recursos nuevos.

Debemos tomar perspectiva y permitir su crecimiento apoyándonos en nuestra experiencia pero asumiendo que la propia no sirve para todos: cada uno ha de “hilar” su sendero. Los profesores somos modelos para muchos estudiantes; así lo corroboramos al cabo de los años: nuestra forma de hablar, de presentarnos, de interactuar, nuestros actos y actitudes parecen que nos definen ante sus ojos, tan expresivos. Y quienes nos miran atentos, pronto formarán parte de la realidad profesional y en un pispás ingresarán en el mundo laboral (a ellos les parece que está lejísimos); por eso nuestro interés ha de residir en construir un puente transicional de una fase a otra y formarlos con criterios de amplitud de miras para los retos que han de afrontar.

Conviene activar el chip y aceptar que el cambio no es opcional, que nos van a pedir nuestros iguales y nuestros diferentes participar, compartir y tratarnos bien.

Hay que inculcar ansias y ganas de hacer y de entregarse; ¡¡qué intensidad!! Sugiero no dejar de preguntarnos. Para mí en eso consiste la intensidad. Me parece que expresare es síntoma de salud fortalecida y no endeble. Si callamos, no hacemos. Habrá quien prefiera un silencio ¿a tiempo? Nuestros estudiantes quieren preguntas aunque sean retóricas, sentirse interpelados.

Cuestionar supone un impacto en la acción y sus resultados influyen en la vida personal, afectiva y profesional. A mí me gusta la interrogación y el llamamiento a la trascendencia: mover a hacer y de paso buscar y conseguir la identidad real. Ahora bien, ¿dónde pongo los acentos? ¿A qué le doy importancia? A modo de ecualizador, lo sustancial diferencia a lo superficial y accesorio.

Y siempre con el sentimiento de compasión, ese impulso de aliviar el posible dolor y sufrimiento del otro para remediarlo o al menos evitarlo; así acompañamos, amamos; sin la obsesión del control, claro, buscando el equilibrio y la ecuanimidad; sembrando la confianza y dejando decir al otro lo que quiere comunicar.

Sabemos que las formas no son el contenido, por eso de que el hábito no hace al monje, de ahí la conveniencia de permitir que los otros “vean” lo que proyectamos sin esconder, sin opacidad, con una actitud lúdica, incluso, que favorezca las destrezas y capacidades intelectuales, apostando por la mejora siempre y escapando de un autoexigente perfeccionismo que provoca la inacción y el bloqueo por el miedo a equivocarse.

Los profesores insistimos en la gestión participativa, en la colaboración para seguir preguntando de qué se sienten y nos sentimos orgullosos…Justicia restaurativa. No hay nada más práctico que una buena teoría dicen algunos: ensanchar paredes y dar cabida a la diversidad, a la diferenciación y a la convivencia. Los conflictos y el desacuerdo devienen una buena oportunidad para crecer y aprender. Para seguir levantándonos y acudir a nuestras aulas. Impartir lo que uno ama y compartir para sumar, aportar, aprender y vivir.

Ahora que he vuelto a la universidad, estoy nerviosa, muy nerviosa. Y contenta, como antes y como siempre. Así lo participo a mis alumnos: disfruto con mis cursos y les expreso emociones y sentimientos; intento practicar actos y actitudes: desarrollar la inteligencia emocional y social, o sea, un cambio nuclear, no epidérmico para mejorar. Calidad y más equidad; superar barreras y aumentar el acompañamiento; evitar la exclusión y reflexionar para atender las necesidades individuales.

No hay fracasos sino situaciones que evaluar y… adaptarse; un reto supone una oportunidad para la transformación, fomenta la iniciativa personal, estimula la creatividad y motiva el aprender a aprender. Poco a poco marcamos sueños y delimitamos aspiraciones hacia un horizonte de lo creíble y lo factible. No podemos ser reacios ante lo desconocido sino analizar el modelo de alumno, partir de su realidad concreta, darle tiempo y ser realista.

Me gustaría transmitir aliento a los profesores: cada día ocurre algo nuevo y distinto dentro de lo acostumbrado; los estudiantes nos inspiran. Son personas completas y competentes, impecables, abiertos y sensibles.

Conscientes de que la formación y la educación a veces suponen un esfuerzo “fatigoso”, conviene perseverar en el intento y cumplir objetivos con pequeños actos en el tiempo a través de un conocimiento conceptual y conductual. Adquirir la actitud paciente de pensar en esa balanza de dudas, matizar la inquietud y ayudar a saber con innovación y rigor. Sin ceder a la complacencia ni a la inercia, trabar compromiso y comunicación.

En estos tiempos y más que nunca, ser profesor y… transeúnte en la vida: no es un desvarío.

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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