Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Las heridas abiertas en el gobierno de izquierdas


Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en una imagen de archivo. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en una imagen de archivo.

Da la impresión que los últimos desacuerdos en el seno del gobierno de coalición son algo más que las naturales diferencias programáticas en un gobierno de coalición o la natural polarización en un marco preelectoral en el que se acentúan las identidades en competencia. Remiten a la persistencia de las rémoras la desconfianza y el populismo.

Sería lógico si las diferencias tuviesen que ver solo con las elecciones en Cataluña y sus implicaciones para la política estatal. Sin embargo, asistimos a la escenificación de unas diferencias que van más allá de la coyuntura y afectan a políticas esenciales y a la dirección de esta legislatura. Unas diferencia que al contrario que en los inicios del gobierno, ahora se van acumulando en un clima de agitación y desconfianza.

Lo primero que se ha puesto en evidencia es lo que ya intuíamos con la lectura del programa del gobierno de coalición, de sus significativos vacíos y ambigüedades, frutos de un acuerdo apresurado, después de un igualmente abrupto desacuerdo, que luego provocó la repetición del proceso electoral.(el acuerdo es la suma de debilidades de la izquierda tras esa repetición electoral provocada por estrategias políticas equivocadas y nada centradas en el interés general) El problema de fondo es la decisión de la izquierda alternativa al PSOE de entrar y luego gestionar la entrada como tabla de salvación del proyecto y del lider. Ahí reside la matriz de problema. Se despreció el campo parlamentario primero y luego el gobierno era lo único que evitaba un "revocatorio". Ahora se intenta gestionar a golpe de conflicto permanente debido a la lógica presidencialista del PSOE en el seno del ejecutivo. El PSOE ha generado desde el primer día una estructura de gobierno pensando en la posible ruptura y en parte deseándola en algún sentido. No es una estructura para una coalición sino un incrustamiento del socio en áreas no vitales rápidamente incorporables a los ministerios matriz. Así es imposible una acción de gobierno sin conflicto permanente. La coalición implicaría cesión de capacidad ejecutiva de gobierno. Todo esto ayuda a Podemos a desresponsabilizarse como hizo en la reciente entrevista de Pablo Iglesias en la Sexta.

Aquí radica que el gobierno de coalición no tenga una línea compartida en temas tan estratégicos y esenciales para cualquier gobierno como la política exterior y de defensa, el proyecto para Europa, ahora en debate, o la forma de Estado, así como sobre la evolución del modelo de Estado, aunque solo fuera para el plazo de la legislatura, manteniendo luego cada partido sus propios principios y su respectivo proyecto de país en estas materias.

Sin embargo no ha sido así, y se ha demostrado en la existencia de dos estrategias diplomáticas diferenciadas en la política exterior, en particular para América Latina y para el Magreb, aunque, está vez por suerte, aplacada con la sordina de la escasa relevancia que solemos dar en España a la política exterior. Lo mismo podríamos decir con respecto a la defensa y al papel de España en operaciones exteriores e incluso al convenio de las bases de utilización conjunta con los EEUU, o en otro plano con respecto a la producción y exportación de armamento o a la orientación de la i+d militar en los presupuestos. Ahora, con la derrota de Trump y la nueva administración Biden, las cosas pueden ir mejor en general, aunque a la vez ponerse más complicadas en unas políticas tan diferentes, sobre todo si no hay un pacto de mínimos o en su defecto una administración de las diferencias.

Por eso, el caso del rey emérito trasciende las legítimas divergencias sobre la forma de Estado entre los dos partidos: entre los principios republicanos y el nebuloso proyecto constituyente de uno y el pragmatismo y el posibilismo de la reforma constitucional de otro. Se trata de una materia sobre la que un gobierno, aunque sea de coalición, no puede tener dos voces antagónicas. Se trataría por ello de hacer compatible la lucha contra la corrupción y la impunidad de un lado, con el respeto a la Constitución y a sus procedimientos previstos de reforma del otro. Lo mismo se podría decir con respecto al desarrollo del modelo autonómico y a la posición del gobierno con respecto a la cuestión catalana, sus instituciones y las relaciones y los límites del diálogo necesario con las fuerzas independentistas. Es incomprensible que el Vp del gobierno diga que España no es una democracia plena, además de incierto. Resume una pérdida de sentido de Estado y del tan manido sentido patriótico, por una mera táctica parlamentaria, y con ello se cuestiona el imperio de la ley al que se le contrapone el imperio de la voluntad. Estas declaraciones, junto con las que califican a puigdemor como exiliado son el paroxismo de un gobierno yuxtapuesto sin proyecto compartido.

De todas formas, lo más preocupante de estos vacíos programáticos y de proyecto, y que lo es aún más en el contexto de la emergencia de la pandemia, es el relativo a la Unión Europea. Y aquí ya no funciona la sordina de la política exterior para tapar las flaquezas, sino que se trata cada día más de una política interna en que se han visto de forma explícita las discrepancias con motivo de la aprobación de los decretos de gestión de los fondos europeos de recuperación y resiliencia, aunque es verdad que con menos ruido y dramatismo que el estruendoso rechazo de Esquerra y la abstención poco menos que milagrosa de Vox.

Lo cierto es que estamos ante el proyecto más importante de la legislatura,y junto con el presupuesto aprobado, para garantizar la respuesta sanitaria, social y de renovación de la economía frente a los efectos catastróficos de la pandemia, y sin embargo, según sus propios portavoces, lo ocurrido se trataría de diferencias que exceden el tira y afloja natural en el gobierno, tanto en el diseño del modelo de gestión y control, como en la orientación, más que de las estrategias de renovación tecnológica y ecológica, de las llamadas reformas pactadas con la UE, y en particular de las relativas a pensiones o al modelo laboral. Materias además trascendentales para las relaciones con el movimiento sindical y en consecuencia para el avance de la concertación social.

Si a ello le sumamos temas tan relevantes como la política migratoria y el debate ya abierto sobre el futuro de Europa y su vinculación a la ciudadanía europea, con el objetivo incluso de la renovación de los tratados, el vacío programático europeo puede convertirse en una de las más importantes vías de agua para la estabilidad y el programa de cambio del gobierno.

No menos relevante ha sido el inesperado desmarque de Unidas Podemos de la política más importante de este año, como es la gestión sanitaria de la pandemia, con motivo de la presentación del exministro Salvador Illa como candidato del PSC a las elecciones catalanas, con la acusación de falta de transparencia y de dación de cuentas y el absurdo debate público posterior sobre si las diferencias eran, más que sobre la gestión, sobre su papel electoral. Lo cierto es que nada parece haber aportado a una ni a la otra. Se muestra además, junto a la falta de sentido de Estado, también el escaso sentido de gobierno, que son distintos, de los que adolece el vicepresidente, que se entiende así mismo antes como lider de un partido comprometido con las servidumbres en el desarrollo de un acuerdo de gobierno de forma superficial, aunque bastante más en una competición permanente. Comportamiento propio de una cultura política no parlamentaria (militamos en la TV decía Pablo Iglesias) un pensamiento que ademas carece del largo plazo.

Late aquí también el papel que cada uno de los partidos de la coalición de gobierno quiere tener en la articulación de la frágil mayoría parlamentaria en el Congreso de los diputados en sus imprescindibles relaciones con el resto de grupos parlamentarios progresistas, nacionalistas e independentistas.

En resumen, esta escalada de disensos, que corre el riesgo de la división y con ello de suponer un lastre para el gobierno en un momento decisivo, ha culminado recientemente con la confrontación en el seno del gobierno y su repercusión pública en torno al borrador del proyecto de ley Trans, una cuestión en la que, al parecer, uno y otro partido han puesto pie en pared, cada uno en defensa de su competencias y ministerio, respaldado por sus correspondiente referente social, y con un escaso espíritu de consenso.

En definitiva, en estos últimos movimientos, el problema ya no son solo los vacíos programáticos o la ausencia de un proyecto definido de legislatura, con ser importantes, ni tan siquiera la lógica adaptación de dos partidos diferentes a un gobierno compartido, estamos ante la consolidación de un clima de desconfianza, que aunque es cierto que viene de antes, no parece haber mejorado con un año de convivencia en el gobierno, al que se suma el trasfondo de la agitación y el gesto populista que sigue acompañando a los partidos de la coalición en sus relaciones incluso en el propio seno de las instituciones.

A un año del inicio de la legislatura, se demuestra que no es suficiente con compartir consejo de ministros, sino que es necesario cubrir los vacíos programáticos con concesiones mutuas, aunque sean insatisfactorias en materias estratégicas como en particular la política europea y comprometerse con el interés general y no electoral de cada uno de ellos, pero sobre todo recomponer la confianza y abandonar el campo de agramante populista, si de aspira a gobernar con un proyecto común. No basta con que los dos partidos del gobierno estén condenados a entenderse, es preciso que lo hagan, sobre todo en lo más importante, y que lo hagan ya. No hay tiempo que perder.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

Más en esta categoría: « Final de trayecto ¡Hagámoslo! »