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Políticos “al borde de un ataque de nervios”


¿Los políticos se ponen nerviosos? Me acucia esta pregunta de manera persistente.

Nervios de viaje. Aviso al cabify y bajo ya. Intercambiador de Avenida de América.

A Soria. ¡¡Qué nervios!! “¿Es la primera vez que viajas?”, me pueden preguntar. “Pues no”, pero alguien me dijo que existía algo similar al síndrome de “nervios de viaje” y da igual las veces que uno haya viajado a ese sitio que ahora repites o a otro distinto, y también el medio de locomoción que se use.

Parece que los nervios van a acudir más fácilmente si viajamos en avión, por eso de que volar resulta poco propio de los humanos aunque sea en una máquina -ya vimos el resultado de Ícaro-; mitología aparte, sé que para los especialistas en aeronáutica estas líneas les estarán resultando de autoría paranoica; a mí el análisis sintáctico y los comentarios de texto me salen como churros y no se me mueve un pelo, ni agobio ni espanto. A cada uno lo suyo.

Un amigo en Seattle, psicólogo de Microsoft, me aseguró que si los nervios no impedían llegar a la estación, subir al tren, coger el avión…no estaba enferma. Me llevaba al aeropuerto de Tacoma porque tenía que cruzar el continente: iba a Filadelfia a impartir unas conferencias en Wharton College. ¿Por qué cuento estos detalles? Los nervios me hacían estar callada en su coche, completamente muda, raro en mí, y él adivinó que algo me pasaba.

Me preguntó: “¿quieres que volvamos? Estamos a tiempo en esa bifurcación de regresar, y ni rozas el aeropuerto”. Inmediatamente le dije que me sentía muy nerviosa, (cuidado con el adjetivo de “histérica” tan frívolamente aplicado a las féminas por eso del útero y la matriz).

He viajado durante muchos años. Y siempre me pasa igual. Escribo estas líneas antes de salir a Pamplona en autobús; no me encajan los horarios de tren, cada vez más escasos, y estoy nerviosa. Lo reconozco. Y da igual que sea de ocio o de negocio. Ahí están los nervios. Y da igual que me esperen en la estación o no. Vuelven los nervios. El momento crucial es el inicio; el arranque… y ya. En marcha. No hay vuelta atrás. Comienza el viaje. Sin nervios.

Me imagino a los políticos, a los nuestros, y pienso en todos los viajes que realizan.

Por cierto, el artículo va en género gramatical masculino utilizando el criterio de la RAE de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Hecha esta salvedad no van a aparecer ni nombres ni apellidos de los protagonistas. Dejo al lector que adscriba etiquetas y filiaciones.

Hablaba de los viajes de nuestros políticos nacionales; me refiero a los que cada día se ven “transportados” ante los micrófonos, cámaras, periodistas, comparecencias, ruedas de prensa, comunicados… En su agenda siempre hay un acto público al menos. Y entra en funcionamiento la maquinaria para tal travesía: lugar, hora y público, evento y motivo. Tiempo de duración de la intervención. Fundamental.

Los hay que preparan su arenga en letra grande, fuente 16 como poco, páginas dobladas por la esquina superior derecha para que sea más fácil pasarlas con el dedo sin trabarse el papel. Muchos cómicos han caricaturizado esta forma de “aparecer” públicamente. Confieso mis nervios cada vez que veo a alguno de ellos discursear: “que acabe pronto, por favor”; siento el impulso de saltar a la palestra (atravesando virtualmente la pantalla que nos separa) y terminarlo yo por si se equivoca. Casi nada voy a decir del timbre de voz de los políticos, de la entonación y las pausas. De la modulación de grupos fónicos. Les vendría bien una revisión de características fonéticas y vocalización, ensayos de lectura en voz alta delante de un espejo y sobre todo creerse lo que están expresando, pero creérselo de verdad, con las tripas. Los políticos improvisan, leen notas con muchas marcas y señales y colores, pajaritos y flechas, círculos y culebrillas…batiburrillo de signos que a modo de corta pega reutilizan según vengan dadas. Además está la “cue” (¿el cue?). Ese gran invento para fingir su perorata.

También me pongo nerviosa porque se nota cuándo se ha atascado el movimiento de las líneas que descienden por la pantalla que lee con más o menos gracia y fluidez el interfecto. En estos casos es donde hay que mantener el nervio, templado a poder ser, y ahí se demuestran las tablas (expresión escénica: por algo será) y los nervios.

Nuestros estudiantes, para sus presentaciones, se ayudan de las slides (vaya discusión que si son diapositivas o transparencias) del powerpoint (otro invento para fingir y para incomodar, si se emplea mal) delante de sus compañeros y del profesor, y sudan tinta china: se tocan el flequillo, se aprietan más la goma de la coleta, mueven una pierna y luego la otra, se balancean, le dan mal al botón de avance… y se conecta la pizarra inteligente…¡los nervios! Natural. Saben que deben hacerlo bien, muy bien: tienen un público al que contentar y convencer, demostrar que están preparados y más si hay de por medio una calificación.

¿Nuestros políticos se ponen nerviosos? Los vemos con su indumentaria, de corbata o camiseta, tanto da. Con las uñas pintadas o el nuevo trasplante capilar, tanto da. Alguno se observa con nervios de novato, otro los lleva puestos de siempre, los hay quien los disimula con solvencia y otros apabullan de puro nervio, estoy segura. Unos se crecen y otros se amilanan. Para este viaje no hacía falta alforjas, deben pensar.

Pero ahí están: lanzados en ese viaje verbal (y no verbal). Con mucho público o con auditorio escaso, en remoto o “sin remotar”. Ya vienen de serie listos para emprender su viaje. Lanzados e instalados, según corresponda en cada momento, modo televisión, modo radio, modo periodistas a la puerta de la sede del partido, o del congreso, en provincias o en la capital, en un concejo o en el extranjero.

Un poco de nervios no vendría mal: por eso del respeto, el compromiso y la responsabilidad; como los actores el día del estreno o como los profesores en su primera clase de cada nuevo curso con nuevas caras “llenas” de ojos (nunca mejor dicho lo de ojos, tan expresivos en estos momentos).

No deberían olvidar que su público también tiene ojos y… razón e inteligencia; que eso de “si no puedes convencer, confunde” es una leyenda urbana y que somos capaces de percibirlos afables y enfurruñados, castigadores y joviales, amenazantes y festivos. Pero principalmente, creíbles.

Vaya elenco que tendría hoy Almodóvar para el casting de un remake de sus Mujeres: políticos de todo rango y condición, electos o no, en ejercicio o en la reserva. ¿Nerviosos?

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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