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Lecciones capitolinas


  • Escrito por Gaspar Llamazares y Miguel Souto Bayarri
  • Publicado en Opinión
Los exteriores del Capitolio de EE.UU., tomados por los trumpistas. Los exteriores del Capitolio de EE.UU., tomados por los trumpistas.

El incendio del Reichstag en febrero de 1933 en Berlín se considera un acontecimiento fundamental para el establecimiento del nazismo. Esperemos que el asalto al Capitolio sea solo un esperpento, no sea comparable y no tenga que ver con el resurgir del fascismo, sino con el ocaso del populismo ultra en el mundo. Pero... Salvando las distancias, ambos acontecimientos demuestran que las democracias son frágiles y que hoy se están enfrentando a grandes dificultades, porque sus enemigos son muy poderosos y porque la polarización política tan extrema del actual clima populista contribuye a debilitarlas todavía más. Por eso, la democracia tiene que ser conquistada todos los días en sus instituciones, sus leyes y también entre las organizaciones civiles y sobre todo en la recuperación de unas condiciones sociales dignas y en la correspondiente cultura cívica.

Para empezar, el golpe al Capitolio debe tener consecuencias y responsabilidades, a la par que lecciones aprendidas para el futuro. En primer lugar, sin duda, para los asaltantes, pero también para los convocantes y cómplices de unas acciones ilegales y violentas que hoy sabemos que pretendían abortar la confirmación de los resultados electorales, pero además secuestrar y asesinar a una parte de los representantes. Sobre ellos debe caer todo el peso de la ley. En este sentido, el juicio político (impeachment) a Trump es imprescindible, incluso cuando ya no sea presidente, aunque solo sea para que no pueda ser ni siquiera candidato. Pero, en todo caso, este sería solo un primer paso. Además de conseguir la inhabilitación política, deberia haber un proceso penal, en el que podría ser acusado de graves crímenes, precisamente contra la democracia que juro defender.

Nuestro asombro actual ante una actuación tan violenta y evidente de los hooligans de Trump no impide que pensemos que se cumplieron los peores presagios. No se trata del conocido cisne gris que nadie espera, porque no podemos decir que no estábamos avisados (Trump avisó durante toda la campaña, para quien lo quiso entender, y repitió muchas veces que no haría un traspaso de poderes pacifico). Tampoco es extraño que fuese el propio Trump quién denunciase sin pruebas los resultados y alentase el golpe contra la democracia, liderando el asalto del movimiento fascista al Capitolio que ha eclosionado el pasado 6 de enero. Durante cuatro años Trump y sus secuaces han estado en una campaña permanente para deteriorar la democracia, han estigmatizado al oponente como enemigo, han convertido la mentira sistemática en comunicación oficial, y en el plano internacional han promovido la división retirando a su país de acuerdos y de las organizaciones internacionales como la OMS. Como consecuencia, sus aliados más próximos han sido los líderes autoritarios, aunque hoy en Europa y en España callen y miren para otra parte. Recordar algunos de esos pasajes basta para entender que, además, hubo complacencia y colaboración por parte del partido republicano, que ahora está abocado a una catarsis en la oposición. Lo que no es de recibo es que la Guardia Nacional y los poderes del Estado actuasen con la negligencia de una república bananera después de haberse aplicado con furor a reprimir las movilizaciones antiracista y antifascistas de los últimos meses del mandato de Trump.

Es obvio que el virus fascista ha inoculado una parte de las entrañas del poder. Y todo esto no deja de ser una muestra del resurgimiento del fascismo no solo en USA sino en todo el globo. Pero tampoco esto puede sorprendernos del amigo americano porque el caos que han creado los seguidores de Trump tiene raíces muy profundas que habría que buscar en personajes y organizaciones verdaderamente siniestros, como el director del FBI Edgar Hoover y la caza de brujas, el gobernador de Alabama durante los años de las luchas por los derechos civiles George Wallace, y el racismo criminal del ku klux klan, unos acontecimientos que lejos de investigarse y sancionarse, se jalean y se prolongan hasta nuestros días.

Por lo tanto, no debe pasar desapercibida la pasividad o la connivencia de la seguridad del Capitolio, pero no solo. La incompetencia o complicidad de los servicios de seguridad e inteligencia ha sido escandalosa. Pero también lo fue la connivencia de los representantes republicanos que, como parte del complot, pretendían boicotear la ratificación de los resultados. Buena parte de sus representantes ni siquiera rectificaron después del asalto al Capitolio.

En efecto, mientras en Georgia los demócratas se hacían con los dos senadores que iban a decidir la mayoría en esa cámara, los republicanos, que con estos últimos resultados se han quedado sin capacidad de bloqueo en el Senado, boicoteaban la confirmación de Biden hasta el último momento, en la sesión de las dos cámaras en el Capitolio, en un espectáculo nunca visto que nos ha recordado que el orden democrático es muy vulnerable y que viene, en su historia más cercana, de los cuatro años del desorden institucional y de la estrategia de polarización hasta extremos insoportables y de permanente subversión y confrontación con los valores democráticos.

A partir de ahora tendremos que estar pendientes de todas las ramificaciones del movimiento supremacista blanco, MAGA, y los herederos del Tea Party: QAnon, Proud Boys, Boogaloo, así como de sus tentáculos en Europa y en nuestro propio país.

Es difícil pensar en una situación más complicada que la que ahora atraviesan los Estados Unidos y sus ciudadanos: sufren desde principios del año pasado una pandemia negada desde la propia Presidencia, que les ha golpeado de una manera muy fuerte y que ha estado fuera de control en varias de sus fases; han sufrido las consecuencias divisivas de la presidencia de Trump y de su negacionismo; y, para rematar, han sido testigos de la invasión del Capitolio por las fuerzas del populismo ultra que se negaron a reconocer la derrota de su jefe. La tarea de la nueva presidencia en la alianza con la ciencia frente a la pandemia, la búsqueda de un nuevo contrato social y racial en una globalización regulada y en la recuperación del prestigio de las instituciones democráticas es enorme. Veremos cuál es la actitud del partido republicano, que hasta ahora ha jugado a aprendiz de brujo cuando alentaba conscientemente las mentiras del "fraude" electoral. Los republicanos han jugado con fuego y son corresponsables de las políticas del trumpismo y de no haber frenado a tiempo el asalto al Capitolio. También son responsables con su pasividad del intento de golpe a la democracia. Por eso no solo Trump y sus secuaces son los grandes derrotados. También lo es el partido, que tiene por delante una situación muy difícil: o rompe con Trump y sus bases, a pesar del riesgo de división o ejerce de mamporrero del presidente golpista y pierde lo poco que le queda de autonomía como partido.

Y es que el papel hegemónico de Trump dentro del partido se ha ido perfilando estos cuatro años. Ejercido con la ayuda del factor sorpresa cuando ganó las primarias y después a Hillary Clinton, se ha ido afianzando con un mando progresivamente más potente e indiscutible en esta última época.

Por eso, hoy en los EEUU también está en cuestión el modelo de partido electoral, que ha sido incapaz de filtrar la llegada y promoción de un candidato populista y de extrema derecha en el partido republicano. Pero también la subordinación del conjunto del modelo bipartidista a los candidatos y a los poderes económicos que los financian. Por eso la nueva presidencia, si pretende fortalecer la democracia, también tendrá que revisar el modelo de partido del futuro, la financiación ilimitada de las campañas electorales, así como los más que evidentes conflictos de interés. Y, por último, las lecciones a aprender afectan a los medios de comunicación y las redes sociales que han mantenido su respaldo y la propagación de las fake news hasta el final. En este sentido, la legislación sobre las compañías de las redes sociales en EEUU y también en Europa y en general en el mundo debe garantizar la libertad y el rigor en la información, así como los datos como bienes públicos esenciales.

Por desgracia, mucho nos tememos que las ideas que Trump representa van más allá de una simple derrota electoral, y de un país, aunque se considere el centro del imperio. Estaremos atentos. Por ahora, todo el mundo recordará este 6 de enero. Ese día, la llamada primera democracia del mundo fue una República bananera mientras el partido de la ley y el orden fue la zorra cuidando las gallinas. En Europa y en España tenemos la oportunidad de aprender en cabeza ajena.