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Nuestro idioma se ha “colapsado”: bicefalia lingüística


“Colapsar, alarma, vértigo; saturar, odisea, agotamiento; acumular, catástrofe, horror…“

¿Y ahora? Se nos ha quedado corto el idioma del que hablaba Bécquer (1836-1870) al afirmar que le faltaban palabras para reflejar el amor en versos rimados. El español ya no expresa nuestras necesidades; quizá tenga razón el sabio Rey (1221-1284) cuando decidió escribir sus cantigas marianas en gallego.

¿Qué está pasando? Nos cuentan historias, recibimos informaciones, se transmiten noticias so pretexto –legítimo, cierto- de salvaguardar la seguridad de la población, de preservar su salud física y mental, de advertir casi con un tono admonitorio…prudencia y precaución en todos los órdenes de la vida.

Todo se participa en modo nervioso, con ruido, con aceleración, sin resuello: vemos a los periodistas, enfundados en capas, casi sin aliento tras la mascarilla conectados minuto a minuto, segundo a segundo para relatar lo que ocurre en todos los puntos considerados de interés. Ahogados por la inmediatez.

La actualidad, manda y ya sabemos que the client is always right, así que… lo que digan la pandemia, Filomena, tsunamis de facturas domésticas impagables, trasiegos políticos mundiales y pronto… la celebración en cinemascope y “sensuround” de la investidura presidencial de Biden. Como dicen en Argentina, no está la cosa para calzoncillo de tul, y habrá que seguir pertrechando un lenguaje dispuesto a los embates y envites que nos aguardan los próximos días, y si no, al tiempo. Para ello estamos en el intento de practicar nuestro idioma con una terminología mayestática.

“Espectacular, impresionante; disparar, doblegar; epopeya, desastre…”

Sin ánimo derrotista, me malicio que no hemos reservado vocablos para situaciones de mayor envergadura de un fuste más grueso, por si acaso lo digo…

Conviene tener provisiones, algo en la despensa lingüística porque de otra manera se nos quedan las baldas casi vacías igual que en época de carencia y carestía.

Ahora más que nunca, tenemos que medir nuestras palabras, con escuadra y cartabón, sopesarlas y por supuesto, equilibrarlas.

Claro que como casi todo, siempre existe una doble faz: el lado positivo, amable, idílico, de estampa, de cuento…

No somos conscientes de cómo nos cambia el tono según pongamos uno u otro lado de la cara y no hablo de los gestos que lo acompañan: aspaventamos a la manera de molinos manchegos atizando mandobles a diestro y siniestro.

Somos así, expansivos para lo bueno y lo malo, lo negro y lo blanco: extremos, siempre, sin posibilidad de los grises ni de la morigeración.

Nos gusta el melodramatismo y expresarnos con grandilocuencia; y conviene contenerse y darse un punto en la boca, popularmente hablando, o pensar en Sofrosine; principalmente, para no agotar las posibilidades de un idioma rico en matices; como bien sabemos la sinonimia absoluta no existe, así que podríamos dedicar esfuerzos en buscar la corrección lingüística, no para enmascarar la realidad sino para ajustarnos a la misma y de esta forma no provocar equívocos ni ambivalencias.

Resulta de gran importancia despejar dudas y emitir un mensaje, muchos, enmarcados en su contexto. Precisión siempre en nuestra actividad comunicativa. Olvidemos dobles sentidos, juegos de palabras que a casi nada conducen: claridad y sinceridad.

Mezclamos los registros idiomáticos con una soltura antes inusitada y nos estamos acostumbrando a repetir los mismos términos para situaciones muy diferentes; el intercambio de las familias léxicas y el trasvase de vocablos quizá sea bueno y hasta enriquecedor en la poesía, donde el lenguaje se permite ciertas licencias; ahora y con la que tenemos encima (o son varias?), nuestra herramienta de proximidad al prójimo nos ha de ayudar a contemplar con ojos reales la realidad. El español necesita romper esas ataduras que lo encorsetan en un molde en el que se siente incómodo. Lo hemos sometido a un estado de sublimación y se ha convertido en algo evanescente: sin pasar por lo líquido, al gas, con una profusión de figuras retóricas incalculable. Habrá que volver por nuestros fueros y recuperar el idioma, sin colapsar las máximas de pertinencia, cantidad, manera y relevancia que propone Grice (1913-1988) a la hora de seguir comunicándonos; sin distorsión de espejos cóncavo y convexo. Sin dobleces. Para que luego no tengamos que recurrir a la palinodia, aunque rectificar es de sabios.

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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