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Asalto fascista al Capitolio


  • Escrito por Gaspar Llamazares y Miguel Souto Bayarri
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

"La democracia es un régimen que no de cansa de preguntarse por él mismo. Es al precio de este esfuerzo y de esta lucidez que podrá perder su atractivo el proyecto populista. El progreso democrático implica ahora conplejizar la democracia, multiplicarla". Pierre Rosanvallon.

Aunque puede que no todo haya terminado, el último capítulo del asalto violento al Capitolio para impedir la certificación de los resultados electorales, resume como pocos el carácter antidemocrático del populismo autoritario y la deriva fascista que ha representado y representa aún hoy el trumpismo. Ya se sabe que el origen del populismo tiene mucho que ver con la globalización neoliberal y sus consecuencias de deslocalización y desigualdad sobre la crisis del trabajo y los derechos sociales, así como sobre la impotencia de la política y de las instituciones representativas en el marco del Estado. La polarización política se ve acentuada también por la desigualdad social y por la lógica digital de las redes sociales.

Por eso el relato de la teoría conspirativa sobre los organismos intermedios y de los mediadores del pluralismo social en democracia como partidos, sindicatos y organizaciones civiles, por eso la deslegitimación del adversario como radical y comunista, y por eso ante todo el rechazo de la representación democrática y de los parlamentos, así como del diálogo político, la deliberación y los acuerdos parlamentarios como lugares de división y fórmulas de componenda. Todo ello en favor del América first, el personalismo y un presidencialismo providencial.

El resumen, la legislatura trumpista ha supuesto un salto cualitativo en la estigmatización y la negación del adversario como antiamericano y extremista, el desconocimiento de las reglas y los equilibrios entre los poderes, el rechazo del papel vigilante y crítico de los medios de comunicación y la legitimación de la violencia.

Por desgracia, las ideas que Trump representa van más allá de una simple derrota electoral. Para empezar, todo el mundo recordará este 6 de enero. Ese día en que la llamada primera democracia del mundo se mostró como lo que ella caracterizaba hasta ahora de República bananera, mientras el partido autoproclamado de la ley y el orden fue la zorra cuidando las gallinas.

Hace tan solo unos meses, en un artículo titulado premonitoriamente 'el día después de Trump', resumíamos su negro bagaje de división y polarización nacional e internacional, y planteábamos los importantes retos de la nueva administración, pero también mostrábamos nuestra profunda preocupación sobre un más que previsible accidentado traspaso de poder, que finalmente ha superado con creces nuestras peores previsiones.

Desde un principio hemos asistido estupefactos a una escalada en la estrategia de deslegitimación de los resultados electorales, que ha comenzado con la denuncia de fraude sin prueba alguna por parte del actual presidente Trump, presionando luego al sistema electoral sobre el recuento, y que ha continuado con un rosario de demandas judiciales, que por falta de fundamento ni siquiera han sido admitidas. Hasta aquí el mal perder y los malos modos de un tramposo patológico.

Sin embargo, la deslegitimación lejos de parar no ha hecho más que incrementarse, tanto con la agitación de los grupos de extrema derecha, el apoyo de una gran mayoría de los votantes de Trump, como con la complacencia del propio partido republicano. La mencionada estrategia se ha encontrado, sin embargo, con la resistencia democrática de la sociedad civil, mediática e institucional. En este sentido, desde el reconocimiento de la victoria de Biden por parte de los principales medios de comunicación hasta la carta de los Secretarios de Defensa dando por concluido el proceso con el voto del Colegio Electoral, han sido gestos importantes encaminados a disuadir a Trump de la tentación de culminar su estrategia implicando al propio ejército en un golpe de estado.

Al final de la escalada han estado los Estados más disputados, donde la derrota del trumpismo ha sido más dolorosa, y sobre todo el Capitolio, en la sesión de certificación formal de los resultados, donde la presión del presidente Trump, el boicot activo de una parte de los representantes republicanos y la movilización de la extrema derecha como fuerza de choque han culminado en un intento de sedición, rebelión o golpe esperpéntico contra la confirmación de los resultados de las recientes elecciones democráticas y inminente la toma de posesión del futuro presidente Biden.

En efecto, mientras en Georgia se disputaban los dos senadores que iban a decidir la mayoría en esa cámara, los republicanos han boicoteado la confirmación de Biden hasta el último momento en la sesión de las dos cámaras en el Capitolio, en un espectáculo nunca visto y que hunde sus raíces en los cuatro años de desorden institucional y de una estrategia de polarización hasta extremos insoportables y de permanente confrontación con los valores democráticos.

Las reacciones políticas en España no se han hecho esperar, pero más que para condenar los hechos, para establecer comparaciones cuanto menos forzadas, unos en descargo de la extrema derecha norteamericana y otros para asimilar el asalto al Capitolio a las movilizaciones de "rodea el Congreso".Una manipulación grosera que no se sostiene.

Porque en nuestro país ha habido decenas de manifestaciones en torno al Congreso en ejercicio del derecho fundamental de reunión y manifestación reconocido en la Constitución. Así lo han confirmado las sentencias judiciales. Algo totalmente diferente ha sido la reciente irrupción violenta del Capitolio instigada por el presidente saliente para abortar el resultado de las urnas, cosa que aquí nunca ha ocurrido.

Lo que se pretende con ello es eludir el análisis y la crítica del populismo realmente existente a día de hoy: el populismo de la extrema derecha, basado en la identidad, la familia tradicional, la nación y el autoritarismo, frente a la política, la izquierda, el pluralismo, los inmigrantes, los homosexuales, el feminismo, el papel de los medios de comunicación o de la ciencia. Una estrategia que en nuestro país no solo protagoniza un partido político como Vox, sino que ha contaminado a la oposición de las derechas y a una parte de sus medios de comunicación afines.

En Europa tampoco estamos para mirar por encima del hombro lo ocurrido a la democracia americana. Aquí la expresión del populismo han sido el Brexit y la influencia gubernamental de la extrema derecha en asuntos como las políticas migratorias. Al final, nos hemos salvado por la campana con la negociación del Brexit y el fondo de reconstrucción europeo frente a las consecuencias de la pandemia; pero todavía nos falta dar una respuesta a tres cuestiones esenciales para atajar el populismo: un nuevo contrato social, laboral y ambiental; la respuesta a crisis migratoria; y la revitalización de la participación democrática. Sólo avanzando estaremos a salvo.

Por último, todo parece haber terminado en un fiasco para Trump, hasta el punto que ya comienzan las fake News que intentan eludir sus responsabilidades en el asalto atribuyéndolo a una provocación de unos desconocidos grupos antifascistas.

En todo caso cuidado con los esperpentos. El esperpento también presidió acontecimientos como el asalto al Reichstaj y su falsa atribución a los comunistas. Entonces Adolf Hitler utilizó este hecho para arrogarse poderes extraordinarios en Alemania.


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