Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

La construcción de la otra realidad desde el "ala oeste"


El presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, en la Casa Blanca en Washington, DC, Estados Unidos, en una imagen de archivo. El presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, en la Casa Blanca en Washington, DC, Estados Unidos, en una imagen de archivo.

Para muchos analistas e historiadores, el siglo XXI se inicia el 11 de septiembre de 2001. En la mañana de ese día, hora local, dos aviones comerciales cargados de pasajeros se estrellan contra las Torres Gemelas de Nueva York, otro se empotra en la fachada del Pentágono, en Washington D.C., y un cuarto se precipita contra el suelo en Pensilvania, antes de alcanzar su objetivo. Los atentados, perpetrados por terroristas islamistas, causan casi 3.000 muertes y son reivindicados por Al Qaeda.

La administración Bush no duda en responder, de forma fulgurante, al ataque con medidas militares. Pero, desde el primer momento lo más importante es el trabajo de construcción de un relato que debe legitimar la inminente acción. Los días posteriores a los acontecimientos de septiembre reproducen, con la complicidad de los grandes medios, una retahila de argumentos, razones y justificaciones lanzadas desde la Casa Blanca contra un Estado islámico, como lo es Afganistán, gobernado por los talibanes y presunto sostén del supuesto cerebro de los atentados, Osama Bin Laden. El equipo del presidente difunde, durante tres semanas, todo un argumentario repleto de imágenes, declaraciones y causas que dan por amparada la puesta en marcha de la operación "Libertad duradera" y el ataque bélico contra un país en el que residen más de 30 millones de personas. Una narración que, como señala Leguineche en su obra Recordad Manhattan, se resume en aquel lema; "la democracia lucha contra el terror". Primer ejemplo de este siglo, surgido del "ala oeste", que construye un relato para justificar una represalia.

Segundo capítulo. En los primeros meses de 2003 se afianza la idea de que Irak fabrica y maneja "armas de destrucción masiva". Los principales valedores de esta proclama son George W. Bush y el primer ministro británico, Toni Blair. A partir de aquí, y a pesar de la multitudinaria e indignada respuesta de la ciudadanía mundial, se vuelve a diseñar un relato a la altura de las circunstancias, acusando al máximo mandatario de aquel país, Saddam Hussein, como inductor de los hipotéticos arsenales.

Las inspecciones realizadas por Naciones Unidas resultan infructuosas, pero la guerra para invadir Irak y desalojar al dictador se inicia el 20 de marzo de ese año, a pesar de la postura en contra del Consejo de Seguridad. El relato que avala la teoría de las armas de destrucción masiva se lleva por delante al secretario de Estado de Bush, Colin L. Powell, al mismísimo Toni Blair, y un año más tarde al presidente de España, José María Aznar, tras los atentados del 11-M. La mentira está amortizada porque ha servido para tomar el poder en Irak y establecer un gobierno proclive a los inquilinos de la Casa Blanca.

Tercer episodio. El laureado presidente de los Estados Unidos con el Premio Nobel de la Paz, Barak Obama, asume una de las decisiones que ensombrece su mandato. El 2 de mayo de 2011 anuncia que una unidad de élite de su ejército ha dado muerte a Osama Bin Laden en una localidad al norte de Pakistán. Sin a penas explicaciones, ni detalles demasiado convincentes sobre cómo se produce la denominada "Operación Lanza de Neptuno", en su discurso, el presidente declara que se ha "hecho justicia" "en favor de la paz y de la defensa de la dignidad humana". En ese momento, en colaboración con la CIA, se construye un discurso conciliador que sirve, frente al mundo, como aval del asesinato cometido. El reconocido mandatario recibe entonces numerosas críticas por haber culminado una operación oscura, podría decirse que turbia, y haber justificado a espaldas del mundo una acción violenta que podía haberse resuelto llevando a Bin Laden ante un tribunal internacional para ser juzgado.

Y llegó Trump. En noviembre de 2016, el reconocido magnate de los medios de comunicación, la hostelería y el negocio inmobiliario logra vencer en las presidenciales de ese año a la demócrata Hillary Clinton y ocupa el despacho oval durante el último cuatrienio. Su mandato ha estado plagado de anécdotas, proclamas y tweets, pero sobre todo, de un intento de construcción de un relato a su imagen y semejanza. Una estrategia, muy pocas veces cuestionada por el Partido Republicano, que ha mantenido en vilo y en constante confusión a todo el planeta. La acción presidencial se ha liderado desde las redes sociales, las grandes decisiones se han dado a conocer desde las cuentas privadas del personaje, y los debates más trascendetales se han librado cargados de muy alta tensión, sin filtros, con el inquilino del "ala oeste". Pero, durante todo este tiempo se ha mantenido una línea constante: la demostración de que se puede gobernar un país de más de trescientos millones de personas trasladando una versión muy alejada de la realidad. Una realidad diferente a la que transcurre ahí fuera, una narración a la que muchos de sus seguidores se han acostumbrado y adherido ciegamente en los últimos años. Este abismo se ha visto acrecentado en cuestiones de alto voltaje, como las posturas frente a la pandemia del covid-19 o el cambio climático.

Y sin darnos cuenta hemos llegado hasta los comicios de la posible reelección. En ellos, un candidato demócrata, de liderazgo mediocre y elevada edad, disputa a Trump la presidencia, mientras éste sigue empleando la misma técnica: la consabida costumbre de embarrar el terreno con medias verdades, mentiras y silenciamiento de sus fracasos. Como se ha visto en campaña, el candidato a revalidar emplea una estrategia desde la que es muy difícil debatir o profundizar en una discusión racional basada en argumentos. Y como se ha comprobado con el goteo del recuento de votos, el protagonista ha vuelto a construir un relato, paralelo a la realidad, que sostiene con ejemplos y anécdotas que nunca se corroboran. Un discurso, cargado de exabruptos, basado en aseveraciones que frecuentemente son brindis al sol defendidos sin datos.

Roosevelt, Kennedy, Nixon, Reagan, Clinton... La estrategia de la mentira y la construcción de un relato envolvente, acorde a los intereses de la gran potencia, no son nuevas y han perfilado un hilo narrativo coherente, aunque moralmente perverso, durante décadas. Las distintas administraciones que han habitado el "ala oeste" de la Casa Blanca han empleado una política informativa que ha prostituido la narración de la verdad al abordar los acontecimientos que les incumben. Trump no ha cambiado la estrategia informativa de Washington, si bien la ha explotado de forma exacerbada. Al margen del color de sus ocupantes, republicanos o demócratas, rojos o azules, esta dinámica ha priorizado la defensa de sus esencias más identitarias y ha subestimado los derechos de la ciudadanía. El juego malévolo del relato ficticio construido para legitimar las acciones de su estrategia, en muchas ocasiones bélica, ha desvirtuado una acción política que hoy se torna, como en el resto de las democracias, en desconfianza y crisis de modelo.

La mancha de aceite que ha supuesto el "efecto Trump" en todo el mundo no se ha detenido con su marcha, pero tampoco el estilo comunicativo del "ala oeste". Un modelo antiguo, con enorme poder y capacidad de generar opinión, independiente del inquilino que habite en ella, y con arraigadas costumbres basadas en una inercia de la estrategia sobre las cuestiones de Estado. ¿Joe Biden será capaz de acabar con esta tendencia?

Doctor en Comunicación por la Universidad de Deusto, es profesor de ética profesional y comunicación organizacional en el Grado de Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas.

Tiene publicados los siguiente libros: Ética del profesional de la comunicación (2004), junto a Arantza Echaniz; Comunicación para el desarrollo; la reponsabilidad en la publicidad de las ONGD (2009); Proyectos de comunicación (2012), junto a Elvira García; y Ética profesional para una comunicación como encuentro (2017).

En la Universidad de Deusto desempeñó la dirección del Máster en Gestión de la Comunicación Audiovisual, Empresarial e Institucional (2005-2012), y desde 2018 es coordinador del Grado en Comunicación.

Periodismo riguroso y con valores sociales
El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores para continuar y garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy con tu apoyo, seguiremos trabajando por un periodismo libre de censuras!
Slider