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La guerra cultural de nuestro siglo


En cierto sentido la muerte de un profesor no es una muerte como las demás. Con él muere un trocito de nuestro tejido social solidario porque los profesores nos ganamos la vida ayudando a la gente. Siempre he defendido que nuestro trabajo tiene una profunda dimensión empática, por eso una parte importante de nuestra vocación nace de querer aportar algo a la sociedad. Antes que especialistas, somos observadores sensibles a nuestro entorno. Un buen profesor es sobre todo una persona que conoce a los que le rodean y se preocupa por sus alumnos. Pero resulta que dentro del universo de la enseñanza no todos abordamos las mismas problemáticas. Un profesor de educación física puede ser sensible a ciertos problemas de salud, mientras uno de lengua percibe mejor las dificultades derivadas de la lectoescritura. Todos comparten esa vocación de observar, pero sus desempeños son distintos. Pues resulta que en eso los profesores de historia, más que el resto, nos enfrentamos a retos que requieren especial sensibilidad. En nuestras sesiones tratamos frecuentemente muchos de los grandes problemas de nuestro tiempo. Y esto es algo que parece ya asumido por la sociedad. Cada vez que surge un dilema social, nuestros gobernantes asumen con ligereza que dedicando algunas líneas en el currículo y unas pocas horas a la semana en clase, el problema se solventará como por arte de magia. Al final siempre somos los mismos los encargados de enfrentarnos cara a cara con los males menos glamurosos de nuestra sociedad, como el racismo, la intolerancia, el radicalismo o el auge del fascismo. Por eso, cuando leí que el compañero Samuel Paty murió en un ataque de odio a manos de unos radicales, sentí un terrible escalofrío que me recorrió las entrañas. Porque como Paty, cualquiera de mis compañeros de profesión estamos en el punto de mira de mucha gente.

Paty enseñaba historia en secundaria en un centro de la periferia de París, en un municipio (el de Conflants-Sainte-Honorie) de unos 35000 habitantes. Era un profesor de esos que suelen verse con facilidad en los centros de educación secundaria en España. Alguien comprometido, con vocación, querido por sus alumnos y que enseñaba la historia desde una perspectiva transversal. Cuentan los estudiantes que solía interrelacionar las cuestiones polémicas del temario con los dilemas morales de nuestro tiempo. Por eso su última clase terminó hablando de desigualdad en la Segunda Guerra Mundial. Paty representa a la perfección el honorable ejercicio de la enseñanza en una sociedad compleja y globalizada como la francesa. Pero sus dilemas en clase se toparon con la peor de las enfermedades de nuestro tiempo, el odio. El de Paty es el último de los ataques (y el más feroz) que ha sufrido el ejercicio de nuestra profesión. Aunque su autor (un refugiado checheno radicalizado) atiende a razones ideológicas islamistas, existe un nexo común entre los muchos enemigos de la escuela democrática tal y como la conocemos: la intolerancia hacia la difusión de los valores democráticos. Los profesores de historia somos lamentablemente los voceros de esos valores en un mundo que dista mucho de ser neutral. La crispación con la que nuestras sociedades se enfrentan a los problemas del siglo XXI está intoxicando nuestras aulas y nuestro oficio. El caso de Paty es el más extremo de las muestras de oído hacia nuestro trabajo, pero no es el único ni el último. Es cierto que como acto terrorista, una parte importante de los matices de esta barbarie quedará sepultada bajo la etiqueta de islamismo radical. Pero no podemos perder de vista que el origen de este atentado son las diferencias de criterio del padre de una alumna con el profesor. Es la voluntad totalitaria y antidemocrática de un padre enfurecido la que encendió la llama del terrorismo. Es un padre que no comparte la enseñanza de la libertad de expresión, si ese derecho intercede con su credo religioso. Pues en este sentido, el asesinato de Paty es una consecuencia extrema del sometimiento de nuestro oficio al debate colectivo. Los islamistas cruzaron la barrera pero no están solos en sus ataques. Sería bueno que nadie pierda de vista que la batalla ideológica que hace unos años no permeaba a las instituciones educativas, ahora se está apoderando también de nuestro espacio. En mi comunidad, Andalucía, el grupo parlamentario Vox ha intentado en repetidas ocasiones mermar la difusión de valores transversales integrados en la ley educativa nacional. Unos valores que son PROFUNDAMENTE democráticos y que nada tienen que ver con ideología como se pretende hacer ver. Las acciones de unos y de otros están dando por sentada un peligroso axioma: la idea de que los principios democráticos, como los de igualdad, solidaridad, respeto o tolerancia son discutibles.

Por si fuera poco, cada vez más se apunta hacia nosotros cuando el tóxico debate político instrumentaliza la historia. El medievalista Alejandro García Sanjuán lleva años alertando de la creciente tendencia a la tergiversación desde ciertos sectores ideológicos cuando se trata de algunos episodios de nuestro pasado1. Y es en esa corriente donde arranca una de las batallas más sórdidas de esta particular guerra cultural. La historia lamentablemente está en la primera línea de la gresca ideológica porque urge construir un relato favorable. Los grupos políticos ansían legitimar sus posiciones en el espejo del pasado, aunque eso suponga pasar por encima del conocimiento histórico académico. Siembran con sus descalificaciones y sus demandas la semilla de la duda y el descrédito. Si no detenemos esta mordaz dialéctica el daño puede ser irreparable. Ni unos ni otros van a detenerse porque esta es una guerra cultural contemporánea de primer orden. Cada batalla importa y son muchas las que se pierden de forma dramática. En días como estos en los que todos estamos de luto, conviene reflexionar sobre lo importante que es nuestro oficio y sobre lo importante que es también que la sociedad nos respalde y nos valore. Una buena forma de empezar sería acercarse a nuestros centros educativos. Ver y convivir con nosotros y vuestros hijos. Aprender que lo que pasa dentro de la escuela es un reflejo de nuestra enferma sociedad, y que la cura la tenemos que aplicar dentro y fuera de sus paredes. Si las familias tomaran conciencia de cómo desempeñamos nuestras funciones y de qué forma las administraciones conviven con la infradotación y la dejación de funciones, quizás la educación pasaría a ser una de las preocupaciones de los españoles. Porque lo que pasa dentro de las aulas habla de todos nosotros, no solo de los radicales. La memoria de Samuel Paty debe servirnos de aviso. Vivimos en un mundo complejo y ninguno de los grandes problemas que afrontamos se va a solucionar si no somos capaces de renovar nuestro compromiso con una sociedad educada y formada en valores profundamente democráticos.

1Alejandro García Sanjuán, “La persistencia del discurso nacionalcatólico sobre el Medievo peninsular en la historiografía española actual”, Historiografías, 12 (julio-diciembre, 2016): pp. 132-153.

Profesor de historia para la Junta de Andalucía. Licenciado en Historia y DEA en migraciones contemporáneas. Fotógrafo en sus ratos libres y aprendiz de analista. Escribe artículos y sobre todo piensa.