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Breve apuntación sobre la educación inclusiva en un contexto internacional


Definir el término “Educación Inclusiva” no es tarea baladí. La definición puede ser diferente en cada país, cada región, cada ciudad, cada comunidad, cada persona... dependiendo del entorno social, político, económico, cultural etc. Por ejemplo, el modo en el que se lleve la inclusión a la práctica no será igual en España o en el Sahara Occidental: en el Sahara Occidental la inclusión hará referencia a educar y escolarizar a los niños/as, mientras que en España la inclusión será proporcionar a los niños/as una educación de calidad.

Un modelo basado en una educación inclusiva tiene algunos principios que lo caracterizan como señala Ainscow (2012), la educación inclusiva se preocupa por todos los alumnos de la escuela y da importancia a la presencia, la participación y los resultados escolares (todos los niños pueden aprender y tener éxito). Además, en este sentido, la inclusión y exclusión están estrechamente ligadas, de tal manera que la inclusión conjetura la lucha activa contra la exclusión. Por ello, la inclusión es un proceso que no tiene fin y, por lo tanto, una escuela inclusiva será aquella que esté en continua evolución y acepte que la perfección es un concepto dinámico. Otro gran principio de la inclusión es que promueve la educación intercultural y utiliza estrategias prácticas de aprendizaje efectivas para todos los alumnos.

En este sentido, según los principios de una educación inclusiva, la mejor evaluación es la valoración sobre la actuación del alumno, es decir, aquella que ofrece la oportunidad a los propios alumnos de expresar el conocimiento adquirido a través de más de un método y no sólo a través de formas de evaluación tradicionales.

La inclusión educativa tiene sustento también en las bases teóricas del aprendizaje en interacción, siendo Vigotsky (1978) el primer referente, que refuerza el concepto de interacción social como mecanismo para el desarrollo. “El aprendizaje despierta una serie de procesos evolutivos internos capaces de operar sólo cuando el niño está en interacción con las personas de su entorno y en cooperación con algún semejante” (Vigotsky, en Torga, 2004, p.2). En esta perspectiva, en los últimos años surge un gran interés por estudiar qué estrategias contribuyen a superar las desigualdades y a fomentar la cohesión social; y varios autores, como por ejemplo Ramón Flecha, lo demuestra en su proyecto INCLUD-ED (2006-2011).

Dicho esto, Ainscow (2012:49) señala que “las prácticas inclusivas dentro del aula suponen la dinamización de los recursos humanos disponibles con el fin de vencer las barreras a la participación y el aprendizaje”. De este modo, es necesario señalar que las prácticas que favorecen el desarrollo de una escuela y educación más inclusivas deben de ser conjuntas, es decir, todos los niños y niñas tienen que convivir y aprender juntos sacando el máximo partido de los recursos que tenga la escuela. De hecho, Lewis y Norwich (2007) señalaron que la existencia de lo que se considera pedagogías especiales segrega y excluye a los niños con dificultades aún más.

Desde la educación internacional, no obstante, el concepto es visto de manera más amplia, como una transformación que acoge y apoya la diversidad de entre todos los alumnos:

“La educación inclusiva puede ser concebida como un proceso que permite abordar y responder a la diversidad de las necesidades de todos los educandos a través de una mayor participación  en  el  aprendizaje, las  actividades  culturales  y comunitarias  y  reducir la exclusión dentro y fuera del sistema educativo [...] El objetivo de la inclusión es brindar respuestas apropiadas al amplio espectro de necesidades de aprendizaje tanto en entornos formales como no formales de la educación. La educación inclusiva, más que un tema marginal que trata sobre cómo integrar a ciertos estudiantes a la enseñanza convencional, representa una perspectiva que debe servir para analizar cómo transformar los sistemas educativos y otros entornos de aprendizaje, con el fin de responder a la diversidad de los estudiantes (UNESCO, 2005:14).”

En esta misma línea cabe citar las aportaciones de Ainscow (2012) acerca del concepto “inclusión educativa”. Según apunta se trata de un conjunto de principios educativos en los que la colaboración del alumnado en los currículos, culturas y actividades educativas escolares aumenta y su exclusión disminuye. Sin olvidar la reorganización de las culturas, políticas y prácticas en los centros educativos con el fin de dar respuesta a la diversidad de los alumnos en su entorno; y por supuesto sin olvidar tampoco, la presencia, la colaboración y los resultados escolares de todo el alumnado que sea vulnerable a situaciones exclusionistas.

“En algunos países, se considera la educación inclusiva como un enfoque para atender a alumnos con discapacidades dentro de entornos educativos generales. Internacionalmente, sin embargo, se considera cada vez más ampliamente como una reforma que responde a la diversidad de todos los estudiantes […] Esto supone que el objetivo de la mejora de la escuela inclusiva es la eliminación de los procesos de exclusión en la educación, que son una consecuencia de las actitudes y respuestas a la diversidad de raza, clase social, etnicidad, religión, género y habilidad (Ainscow, 2005:1).”

Pero sabemos que para dar paso a la inclusión se deben eliminar las barreras que impidan o dificulten el acceso, la participación y el aprendizaje, proporcionando especial interés a los alumnos más desfavorecidos, por estar expuestos a más situaciones de exclusión.

Al mismo tiempo, Unicef (2008) da importancia a diferenciar los términos “educación inclusiva” y “educación integradora” ya que la inclusión hace referencia en todo momento a la integración.

“El concepto de educación inclusiva es más amplio que el de integración y parte de un supuesto distinto, porque está relacionado con la naturaleza misma de la educación regular y de la escuela común. La educación inclusiva implica que todos los niños y niñas de una determinada comunidad aprendan juntos independientemente de sus condiciones personales, sociales o culturales, incluidos aquellos que presentan una discapacidad. Se trata de un modelo de escuela en la que no existen "requisitos de entrada" ni mecanismos de selección o discriminación de ningún tipo, para hacer realmente efectivos los derechos a la educación, a la igualdad de oportunidades y a la participación (UNICEF, UNESCO, Fundación HINENI, 2008:6).”

Existen infinidad de conceptos sobre la educación inclusiva desde una perspectiva internacional, lo que realmente hace falta hoy en día es llevar a la práctica todos estos aspectos. Pero hay que ser conscientes de que cuando se habla de inclusión, este término adquiere diferentes significados según el país y el contexto en el que se utilice, pudiéndose llegar a convertir en un término resbaladizo, como indican algunos autores como Booth (1999). Detrás de las palabras vacías de muchos gobiernos y entidades educativas, diferentes profesionales han sido capaces de hacer frente a las múltiples dificultades que acarrea el proceso de crear una educación digna para todos y todas y, así, crear escuelas verdaderamente inclusivas. Y es todo esto lo que sirve como aliciente para creer en que el cambio es posible.

Mel Ainscow. Desarrollo De Escuelas Inclusivas: Ideas, propuestas y experiencias para mejorar las instituciones escolares. Narcea, 2012. Lev Vigotsky. El desarrollo de los procesos psicológicos superiores (Contemporánea), Austral, edición de 2012.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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