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La fusión no es como nos la están contando

La noticia bomba del arranque de septiembre es sin duda el anunciado proyecto de fusión de Bankia y Caixabank. Y como todo lo que suceda este año, será por causa de la epidemia, que al parecer le está poniendo las cosas muy difíciles a los bancos. Ahora bien, como cualquiera se puede imaginar, construir una entidad financiera de unos 620.000 millones de euros en activos no es algo que se haga en una mañana, por lo que esa causa es dudosa, si bien las actuales circunstancias la han facilitado.

Es una operación de un calado extraordinario. Lo más evidente son sus dimensiones financiera, económica y política, aunque también la tendrá territorial y social. Demasiado complejo para dejarlo pasar sin un análisis, sobre todo porque no se puede entender que este gobierno haya dado su aquiescencia a la operación. Empezando por lo más evidente, la cuestión financiera, para la élite financiera española (y europea por extensión) su consecución será un éxito incuestionable, pues habrán conseguido sacar de la ecuación bancaria al Sector Público, que entró de salvador en la crisis de comienzo de la década pasada con miles de millones, y que tras el cambio de gobierno se había convertido en un molesto convidado de piedra. La Administración, en efecto, se ha quedado en el accionariado como si fuera un pequeño accionista, salvo por el detalle de ser propietario del más del 60% del banco.

Se va a constituir un gigante que supera a los dos que ya tenemos (Santander y BBVA), y de nuevo oímos la canción de que “mejorará la competitividad” y “esta vez será diferente”. Las que venimos oyendo cada vez que se va a producir una fusión y que luego se nos olvida cuando llega el desastre. El problema de fondo es el mismo de cualquier fusión: junto con los activos se fusionan los riesgos, pero mientras los primeros se suman, los segundos se multiplican. Si la fusión de dos entidades que van bien no tiene por qué suponer una nueva que también funcione, entonces… ¿qué tenemos que pensar de la fusión de dos entidades que no están bien? El foco se ha puesto sobre Bankia, que es la entidad más supervisada precisamente por estar sometida a escrutinio público, pero… ¿qué valor tiene CaixaBank? ¿Qué nos hace suponer que vale más que Bankia? Las dos entidades están muy tocadas, y el contexto global no es nada favorable a su modelo de negocio. Por su parte, Caixabank ha venido obteniendo buenos resultados gracias a la venta de sus participaciones empresariales, pero eso se está acabando.

Ampliando el foco a la economía general, es cierto que el Estado podría obtener un importante volumen de ingresos, si bien hay que señalar que siendo optimistas se acercarán a la sexta parte de lo que en su día costó rescatar a Bankia, con lo que no es precisamente el negocio del siglo. A cambio, la Administración renunciará a una competencia real en el mercado bancario, consolidando el oligopolio ya existente y animando a concentraciones todavía mayores. Por otra parte, la acumulación consecuente de riesgos será de tal calibre que la entidad será, en caso de dificultades, irrecuperable. Dado que el volumen de activos de la entidad es casi doce veces mayor que los recursos de los que dispone el Mecanismo Europeo para toda la eurozona, no hay rescate concebible. Si eso ya es preocupante ¿qué comportamiento cabe esperar de sus futuros directivos, que sabrán que hagan lo que hagan no habrá nunca posibilidad de quiebra? Lo del “riesgo moral” es un chiste; el sistema financiero vivirá con la amenaza permanente del colapso.

La tercera dimensión es la política. Esta fusión es la renuncia expresa a una banca pública, a disponer de un instrumento esencial de política económica. Y eso afectará a cualquier gobierno futuro, sea del color que sea. Para el PSOE implica además abandonar los postulados del 39º Congreso, ese que aupó al renacido Pedro Sánchez a la Secretaría General con el lema “somos la izquierda”. Y todo esto, además, sin recuperar el dinero invertido, que es apenas nada respecto del sufrimiento causado.

Podríamos añadir las consecuencias territoriales del masivo cierre de oficinas, especialmente en zonas rurales, que no es compatible con una política de mantenimiento y creación el empleo o con afrontar el reto demográfico, por no hablar de las cargas adicionales sobre el sistema de protección al desempleo que supondrán los despidos de los trabajadores de esas oficinas, así como de los servicios redundantes.

Lo más grave no es todo lo que he expuesto hasta aquí, que de hecho lo es bastante. La cuestión está en que con toda probabilidad todos estos análisis ya han pasado por Moncloa, seguramente con mucha mejor información y más precisión, y aun así la operación sigue. Por ello, es obvio que esto no es como nos lo están contando ¿por qué esta vez será diferente, señor presidente?

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.