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Practicar el perdón no significa aceptar el mal: un poco de reflexión


A menudo el ser humano padece el horror de tener que convivir con el error, con aquellas acciones de las que no está en absoluto conforme, aquellas que le crean malestar, fastidio o disconformidad con su entorno, con sus relaciones y paulatinamente le convierten en otro ser, otra persona. No quiere decir que la persona reconozca este proceso, generalmente no se da cuenta, solo sus maneras, sus pensamientos y sus preferencias, su conducta va cambiando sin que apenas lo aperciba hasta llegar a un punto de crisis del ser que se manifiesta de diferentes formas según proceder. Se relaciona con las características que rodean a la persona, sus mecanismos de escape, con su capacidad de evasión intelectual, así como sus dependencias o independencias físicas. La mayoría de las ocasiones buscaremos en nuestra manera de responder con el entorno y las personas que nos rodean esa consecuencia de lo que han sido hasta ese momento las diferentes maneras de responder ante una decisión u otra, ante lo que hemos hecho cuando hemos tenido que escoger. Este simple y puede que absurdo enunciado sea también parte de la historia de nuestro país.

Como vamos construyéndonos de tiempo, este habrá hecho que nuestra personalidad y con ella nuestras emociones que no son lo mismo que nuestras convicciones, se hayan configurado de alguna manera en ese discurrir de los años afectando también al carácter. ¿Qué sucede cuando el pasado vuelve y viene a golpear cuando no aceptamos nuestro pasado o cuando no nos gusta lo que hemos hecho y nos gustaría cambiarlo? ¿Qué sucede cuando se lleva esa historia al terreno político como argumento justificatorio? ¿Podemos cambiarlo? Nos gustaría cambiarlo y de alguna podemos hacerlo, pero el problema vuelve cuando no somos conscientes nada más que del malestar que produce el pasado, sin comprenderlo o aceptarlo, bien porque no nos ha gustado, bien porque quisiéramos cambiarlo, bien porque de aquella disconformidad solo recogemos la amargura de un tiempo que no es y que ya no será. Bien porque los protagonistas de nuestra historia son siempre los del otro bando.

Hoy en día, además, debemos enfrentar otro proceso añadido al hombre y esto es el de aceptar una realidad completamente hostil, peligrosa y extraña como nunca, provocada por una sociedad doblemente asesina para el individuo. ¿Llega una pandemia y se asienta en nuestra maltrecha sociedad? ¿Qué hacemos? Seguir peleando, remedando la plana al Gobierno y al mismo Judas que lo fundó, porque eso es lo que más nos gusta, claro, cualquiera sabe mazo de todo y nos levantamos todos catedráticos y científicos, como poco. Dicha sociedad no tiene compasión porque no comprende nada, mientras, el ser social, sufre constantemente como precio del tributo que tiene que pagar por estar en el mundo. Así es la cosa.

¿A qué aferrarse para no destruirse a sí mismo? ¿Existe alguien que no tenga nada de qué arrepentirse? Y en ese caso ¿qué hacer? ¿Acaso el arrepentimiento se relaciona con el perdón en alguna de sus características? Si por arrepentimiento entendemos la forma en la que vemos las acciones, recapacitamos sobre ellas y ponemos en marcha el mecanismo moral que dice las que están bien y las que están mal, entonces podremos encontrar un punto de confluencia. Lo que está mal, está mal. Una vez que analizamos las acciones, y encontradas las que no están bien pensamos si esas acciones que no están bien han sido provocadas por nosotros o si por el contrario esas que no están bien las ha provocado alguien.

Si la autoexigencia moral influye en algo en este sentido, entonces el libre examen de conciencia hará igualmente su parte para poder llegar al lugar donde cada uno –el individuo- quiere estar. Pero cuidado que eso de que uno está donde quiere estar es tan peligroso como cualquier cosa. ¿Por qué? Porque he visto a muchas personas que para estar donde quieren estar han fulminado todo lo que se les ha presentado en la vida, aniquilando seres humanos, difamando, destrozando almas. Comienza esta acción a ponerse de moda entre las huestes políticas. Si la persona no es consciente de este libre examen, de esa capacidad de análisis de su libre albedrío y capacidad de acción para poder igualmente decidir, reflexionar o cambiar sus acciones, entonces probablemente no podrá hacer nada con su malestar y con el que causa a otros. De otro lado, aquellos que sí son conscientes de acciones no correctas –lo que en la religión se llama pecar- pueden rectificar, cambiar su conducta porque se les estima un “corazón contrito” una emoción añadida, un sentimiento consciente de que una acción no está bien porque otra puede corregir a esa que no está bien con otra acción que es mejor y con ello mejorar el nivel o calidad de ese ser humano. Con ello esa categoría humana también será diferente, será mejor, al perfeccionar sus acciones. Estamos hablando ahora de acciones que tienen que ver con uno mismo, no con las relaciones con los demás. Esta cuestión formaba parte de los estoicos

Si la sociedad alienante en la que vivimos –principal enemigo del hombre- impide que el individuo reflexione sobre lo que es en su vida, sobre cómo ha construido su realidad, con sus mecanismos y estrechuras derivadas de una mentalidad de angostura ajena por completo a la realidad controlada por el hombre, nada será. De modo que el tiempo lo domina hasta llegar al vacío incontrolable que produce la angustia de no haber sabido cómo controlar su vida y con ella el tiempo, sus acciones y la propia esencia de su ser. Pensar en lo que uno es ayuda a construir el tiempo que queda de vida, mejorando, reconstruyendo lo que hasta ahora no ha servido, en ello ponemos firme propósito de perfección y esfuerzo. Este caso es lo que yo denomino el político de ideología que cree en el ser humano y en el poder de cambiar la sociedad con buenas decisiones.

Pero parece que seguimos en este país a la gresca y también parece que no hay manera de que esto cambie. Claro, el proceso histórico de reflexión no se ha cumplido para nada y a nada que nos pongamos salimos de la trinchera allá por la batalla del Ebro o escondido en una barricada madrileña. En filosofía y religión Torralba (2010) se habla de perdón -a todas luces demostrado que esto no sucede- y de crecimiento del ser humano en la sociedad española, pero es que vamos al revés. El perdón, tal y como lo concibe Paul Ricoeur1, no debe confundirse con el hecho de olvidar. El epílogo de su enorme obra La memoria, la historia y el olvido es una apología del perdón de un gran calado filosófico. Tal como nos hace ver el pensador francés, el olvido es una carencia, un déficit de memoria; a veces, incluso saludable. Pero no es en ningún caso una virtud, en tanto que el perdón, tal y como sabemos, es un acto de la voluntad, una libre toma de posesión frente a lo que pasó en el pasado. Sólo podremos perdonar si recordamos el daño sufrido, aunque no se pueda negar que el tiempo ayuda a calmarse, a cerrar las heridas del pasado. ¿Cómo haremos esto si seguimos igual y con los mismos estereotipos? Claro que se repite la historia: es que ya se está repitiendo o ¿es que nadie se entera?. Yo por si acaso no me he movido de mi posición.

1Paul Ricoeur, La memoria, la historia y el olvido, Trotta, Madrid, 2003.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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