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Iglesia, fraternidad y cuestión social

En recuerdo de Pere Casaldáliga

Siguiendo nuestra aproximación al concepto de fraternidad, y estimulado por el libro de Ángel Puyol, que citamos en el artículo anterior sobre la fraternidad revolucionaria jacobina y el derecho a existir, hoy nos involucramos en la aportación cristiana a la fraternidad y el problema de la cuestión social.

Puyol explica que el cristianismo aportó dos características a la fraternidad. En primer lugar, la universalizó frente al modelo griego antiguo que solamente afectaba a los ciudadanos hombres de la polis, según el modelo de la amistad cívica de Aristóteles. Esto fue un hecho en sí revolucionario porque incluía a mujeres, extranjeros y esclavos, siendo, a nuestro entender, además de la dimensión monoteísta, lo que hizo al cristianismo peligroso para el sistema político y social romano. El cristianismo consiguió que se generalizara la idea de que por encima de cualquier lazo de tipo familiar, tribal o político estaba la fraternidad que unía a todos los hombres; así pues, universalismo, pero también carácter inclusivo.

Pero la fraternidad cristiana en su carácter universal e inclusivo no establecía una dimensión política realmente, sino exclusivamente espiritual, religiosa. Lo hombres serían iguales entre sí porque son criaturas de Dios y, por lo tanto, tienen que que tratarlas como nos tratamos a nosotros mismos. Es verdad que el cristiano tenía y tiene el deber de la ayuda al prójimo, de la caridad, pero es un deber moral o religioso, no como un derecho a la ciudadanía, como proclamaría la fraternidad revolucionaria posterior. La caridad, pilar básico de la nueva religión, no pretendería igualar a los hombres, sino la salvación personal. En este sentido, la Iglesia Católica reafirmó este carácter en la Contrarreforma. La fe sin obras era una fe muerta frente a la justificación por la fe de la Reforma luterana. En el mundo católico se reafirmó la asistencia social de signo eclesiástico, pero con esa dimensión de salvación del católico. Se debía ayudar al necesitado, y en este sentido, fue casi la única ayuda que los desfavorecidos recibieron en los países católicos sin una red “pública” de asistencia, al menos hasta la época ilustrada. Pero no se trataba de establecer la justicia en este mundo, un asunto que era del otro. La Iglesia ayudó al necesitado, pero predicó la resignación del desfavorecido.

La doctrina social de la Iglesia a partir de la segunda mitad del siglo XIX, especialmente a través de la Rerum Novarum de León XIII, supuso un cierto cambio en este concepto de la asistencia social, habida cuenta de la constatación de que la Iglesia estaba perdiendo su imbricación en la sociedad industrial moderna frente a los nuevos valores y, sobre todo, frente a ideologías que reivindicaban el derecho a subsistir de todos como un derecho en este mundo.

En este sentido, sin cuestionar los principios del sistema económico capitalista, la Iglesia comenzó a exigir que la situación de los desfavorecidos no podía seguir así, es decir, alzó su voz, y animó a que los estados estableciesen políticas de signo social. Pero este cambio fue más de grado que de esencia, porque, como decíamos, la Iglesia no exigió un cambio real de las estructuras económicas, económicas y sociales. Lo que se defendía era una reforma del concepto de caridad para tiempos nuevos.

En realidad, el cambio más profundo en el concepto de fraternidad en relación con el que sufre en el ámbito de la Iglesia procede de la Teología de la Liberación, que habla no sólo de justicia social en este mundo, sino de la necesidad de cambiar la situación para superar la desigualdad. Por eso, sus defensores han tenido serios problemas con la jerarquía eclesiástica porque cuestionaban principios muy arraigados, y establecían lazos con ideologías condenadas por la ortodoxia, aunque los protagonistas de la Teología de la Liberación nunca han abandonado el principio de la salvación, como católicos que son, pero considerando que la desigualdad no se puede terminar sin emprender la emancipación de los que sufren.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.