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Criterios sobre las personalidades políticas

  • Escrito por Rafael Fraguas
  • Publicado en OPINIÓN

La política se asienta sobre ideas y acciones protagonizadas por personas. Interactúan entre los individuos y la sociedad. Numerosos hechos políticos nos resultan conocidos, previsibles. Pero las conductas de muchos de cuantos se dedican a la política no dejan de sorprendernos. Solemos carecer de elemento de análisis para examinarlas y comprenderlas. Por ello, los juicios que emitimos al respecto suelen ser superficiales. Sin embargo, ha habido pensadores dedicados a analizar la caracteriología de la personalidad política, tan estrechamente vinculada a actitudes y decisiones que tanto nos afectan como sociedad y como individuos. Desde luego, la extracción de clase, el sector social del cual procede el individuo político, es un elemento previo y determinante de todo lo que sigue.

Uno de los pioneros en el tratamiento de estos temas, desde una perspectiva burguesa, fue el estadounidense Harold Lasswell (1902-1978). Señalaba que existen tres tipos de políticos: los agitadores, los organizadores y los teóricos. Por ejemplo, Donald Trump, claramente, parece pertenecer a la categoría de los agitadores. Ángela Merkel y Emmanuel Macron serían, más bien, organizadores. Los teóricos, hoy, escasean; pero hay ejemplos históricos relevantes, por ejemplo, el pensador y líder marxista italiano Antonio Gramsci. A veces, algunos políticos exhiben simultáneamente dos de ellas, incluso las tres dimensiones: Lenin, destacó en todas.

Doctrinarias, pragmáticas y oportunistas

Otra categorización de las personalidades políticas las divide en doctrinarias, pragmáticas y oportunistas. Las primeras se atienen a las ideas, convicciones ideológicas o corrientes filosóficas, por encima de cualquier otra consideración. Sería el caso de los revolucionarios, en general. Los pragmáticos, en cambio, se guían por aquello que les resulta práctico y rentable, independientemente de cualquier convicción o idea; podría ser el caso de algunos destacados líderes de la Transición española; mientras que los oportunistas, a los que solemos definir coloquialmente como trepadores, se pliegan a los intereses egoístas e inmediatos. Hay también casos de políticos que cubren todo este espectro, según las circunstancias; pero cabría insertarlos entre los oportunistas.

Por otra parte, en su libro Psychopathology and Politics, Lasswell examina las desviaciones enfermizas de la personalidad política. Establece que quienes se dedican a la política suelen mostrar una pulsión intensa para obtener el reconocimiento público del cual carecieron en otras esferas de su vida, como la familia y, sobre todo, durante la infancia. La influencia paterno-materna suele condicionar, en gran medida y durante largos períodos, la personalidad.

Emoción, actividad, repercusión

Un pensador francés, René Le Senne (1882-1954), desarrolló desde planteamientos fenomenológicos otras tres dimensiones para caracterizar la personalidad política y las enunciaba así: Emotividad, Actividad y Repercusión. La primera designaba a aquellos políticos que se guían por las emociones. Una personalidad emotiva sería pues aquella en cuya conducta priman la pasión, la sentimentalidad y la visceralidad; por el contrario, los desmotivados observan impasibilidad, flema y autocontención.

La Actividad determinaría quiénes despliegan acciones frente a los obstáculos que les salen al paso, es decir, las personalidades activas; o, por el contrario, quiénes acostumbran esquivarlos o eludirlos, sin enfrentarlos directamente, actitud que define las personalidades pasivas; incluso surgen aquellas otras desprovistas de cualquier interés al respecto, las abúlicas.

Y la Repercusión la refería Le Senne a aquellos movidos por intereses inmediatos, vinculados a la actualidad del hoy y el ahora. Se trata de personalidades a las que denominaba primarias; los que, sin embargo, ajustan su conducta a creencias, ideas o motivaciones concernientes al pasado o al futuro, son personalidades que calificaba de secundarias.

Como cabe ver, la mezcla de estas dimensiones, que en ocasiones se solapan, nos proporciona ya un abanico de combinaciones, variaciones y permutaciones que permite acercarnos a un esbozo de definición caracteriológica de una personalidad política cualquiera, de la actualidad o del pasado: apasionados, sanguíneos, nerviosos, coléricos, sentimentales, flemáticos, apáticos, amorfos…

De la pleonexia

Hay aún otras dimensiones a tener en cuenta, pero quiero fijarme en una distinta, que ya estudiaron los griegos en la Antigüedad: la pleonexia. Se trata de una ilusión de plenitud personal que procede de la afluencia de proyecciones externas sobre un individuo que accede a la vida pública. Su exposición a la mirada y al juicio de los demás atrae hacia él o ella una serie de proyecciones y genera expectativas de actuación que se le atribuyen. En satisfacerlas -o no- residirán algunas importantes claves de su éxito o de su fracaso. La persona en cuestión vive en un estado semipermanente de euforia y de exposición, sobre la ficción ilusoria de una fortificación multiplicada de su propia personalidad. De este modo, la pleonexia vendría a ser algo semejante a un enamoramiento, cuyo delirio lleva en ocasiones al amante a sentir que dispone de cuatro miradas, dos cuerpos, dos mentes y dos corazones, tal es su grado de identidad con la persona amada.

En el caso de la actividad política, el delirio pleonéxico centuplica por mil, incluso por millones, esa sensación de plenitud cosechada tras recibir las proyecciones ajenas. Entonces, el ánimo se le estimula y se propone dar lo mejor de sí mismo –también la mejor imagen- por mor de esa atención que los demás, sus representados, sus electores, sus seguidores, le brindan. Sin embargo, la irrealidad de su percepción así multiplicada puede guiarle hacia delirios de gozosa irresponsabilidad subjetiva, una suerte de supuesta invulnerabilidad, blindada por la pleonexia, a la hora de transgredir leyes, normas o pautas de comportamiento. Las conductas corruptas tienen ahí su arranque.

Lo cierto es que cuando esa gratificación pleonéxica desaparece, una melancolía profunda y mórbida se apodera del sujeto que anteriormente la poseía. Ello suele guiarle hacia derroteros sustitutorios de tal pérdida. Asistimos entonces al declive, cuando no a la misma destrucción, de la personalidad política, incluso a la patética demolición del crédito surgido de la experiencia política acumulada.

Contrapartida de la pleonexia como proyección externa resulta ser el carisma, la capacidad interna de determinadas personalidades, en este caso, políticas, para generar en los demás, adhesión o afecto. El riesgo del carisma mezclado con el sentimiento pleonéxico reside en que puede derivar en una relación sado-masoquista entre el líder carismático y la clientela que sobre él se proyecta y le sigue, como estudiara el pensador austriaco Wilhelm Reich (1897-1957).

Lo grave es que cuando tal proceso declina, la sociedad se convierte en principal destinataria y rehén de su extravío. Pensemos en el alcance de las patologías de Adolf Hitler con el saldo de sangre que acarrearon, así como el precio que pagó la Humanidad por los delirios de grandeza, persecución o inseguridad de megalómanos como un Napoleón, Stalin o Truman. Veamos hoy la responsabilidad personal y política de Jair Bolsonaro, Donald Trump y Boris Johnson en la expansión de la reciente pandemia vírica, por negarse en redondo, con su falaz ejemplo, a atenerse a las cabales recomendaciones sanitarias sobre máscaras y distanciamiento interpersonal. Se oponen a ellas porque las interpretan directamente enfiladas contra sus propios egos. Se trata de personalidades claramente egocéntricas, con rasgos mitómanos y evidentes síntomas psicopatológicos.

Otra de las pruebas para examinar la personalidad política de un individuo es la de averiguar en qué medida armoniza la ambición personal, necesaria para el oficio político, y la eticidad, el respeto a la moral social, igualmente necesaria. En tal armonía se encuentra la clave crucial de la personalidad equilibrada y, casi siempre, la del éxito político.

El reto de la complejidad

En descargo de quienes salen a la arena pública para sortear todos estos retos es preciso tener en cuenta que tal armonía requiere enormes dosis de integridad personal y de sensibilidad vivencial para gestionar la complejidad que la vida política actual implica. Toda esa complejidad se abate sobre el hombre/mujer polític@ que apenas cuenta con su mera personalidad para afrontar el reto, independientemente de los aparatos políticos de los que se rodee. A veces, sobre todo en coyunturas extraordinarias, se exige sortear desafíos que frisan lo sobrehumano, lo cual puede aproximarle a la inhumanidad.

Como vemos, pues, la personalidad política es una fibra muy frágil, demasiado vulnerable en el intrincado cañamazo de la vida pública donde se inserta. Ello acentúa la responsabilidad individual en las consecuencias políticas que a cada cual incumbe tras avalar y alentar determinadas conductas en la escena política mundial y española.