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El Senado: cohesión y reflexión en el mundo post-pandemia

En los últimos meses nos hemos habituado a escuchar y leer pronósticos más o menos fundados sobre cómo creemos que habrá de ser el futuro de nuestras sociedades tras el estallido de la pandemia del coronavirus. Es un ejercicio sano, que habla más de las carencias del presente que de la realidad del futuro, y que alcanza a todos los aspectos de nuestra existencia: desde los relacionados con nuestra forma de vivir en familia, hasta el modo en que trabajamos y nos conducimos como ciudadanos de países democráticos. Dentro de esas reconsideraciones están y habrán de estar las instituciones, que han vivido estos meses como si de un test de estrés se tratara, el cual ha revelado carencias pero, también, una fortaleza inusitada por la que debemos felicitarnos.

No obstante, se trata de una fortaleza que confirma un diagnóstico previo: el nuestro es un sistema más resistente que resiliente. Más preparado para aguantar el tipo ante las impugnaciones políticas, que para adaptar su forma a las circunstancias y retos del presente y del futuro. De ahí que quepa considerar esta circunstancia como un momento propicio para una reflexión que ponga a punto nuestras instituciones para ese futuro post-pandemia que es ya presente, eso que se ha dado en llamar "nueva normalidad". El mundo ha cambiado, y las instituciones que lo gestionan han de hacerlo con él. A este respecto, la Covid-19 es más un acelerador de dinámicas previas que el culpable último de las mismas, aunque el drama que ha provocado sí sirva como recordatorio de lo ineludible de afrontar dichas transformaciones.

El Senado no puede quedar al margen de tales cambios. La necesidad de su reforma era previa, y se había convertido en una letanía de fondo de la democracia española. Por supuesto que este no puede ser el debate que cope los titulares en un momento en el que aún se trata de salvar vidas, empresas y empleos. Pero tampoco podemos desligar tan alegremente una cosa de la otra. Pensemos que una de los aspectos más críticos de los últimos meses ha sido el de la coordinación entre Gobierno central y Gobiernos autonómicos, que eran los que ostentaban las competencias de la gestión sanitaria. Una situación que se solventó con la creación del Mando Único y con la convocatoria de conferencias de presidentes autonómicos con el presidente del Gobierno central. Además, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, mantuvo un contacto cotidiano con los consejeros con las competencias sanitarias con el objeto de llevar a cabo la mejor gestión posible de dicha crisis.

Siendo encomiables estos esfuerzos, transversales y con excepciones que no empañan el trabajo del conjunto de administraciones, creo que es posible convenir en que no podemos dejar la coordinación de distintos niveles de gobierno exclusivamente en manos de la voluntad política. La gestión de la pandemia del coronavirus ha funcionado, en este sentido, como una solución de contraste que nos ha revelado de forma dolorosa esta vieja carencia de nuestro sistema cuasi-federal: no disponemos de instituciones, organismos y mecanismos a la altura de nuestro nivel de descentralización. Menos aún para afrontar una crisis atroz como la vivida. Por todo ello, el Senado tiene, o debería tener, mucho que decir en el futuro inmediato de nuestro país.Es momento de institucionalizar y refinar el diálogo y la cooperación entre distintos niveles de la Administración. Porque ya hemos visto que la cohesión territorial, y no sólo la cohesión social, ayuda a salvar vidas. Por esa razón, sería un error creer que la agenda del Senado para convertirse en una auténtica y funcional Cámara de representación territorial se encuentra alejada de las prioridades de nuestro presente y de nuestro futuro inmediato, aunque ya anticipo que se utilizará ese razonamiento para intentar posponer, de nuevo, dichos cambios. Sería un error caer en dicha tentación, porque los argumentos de la reforma se han reforzado, y así deberemos explicarlo desde el Senado.

Por otro lado, la pandemia nos ha mostrado la necesidad de detenernos a pensar. La pausa obligada del confinamiento contrasta con el ritmo previo de una inercia social que tenía algo de huida hacia delante. Aristóteles imaginaba a los humanos como un Ejército que huía a la carrera, hasta que uno de dichos jinetes volvía grupas y descubría que nadie les perseguía. En gran medida, esto ha pasado también en la vida política y en las instituciones representativas. El ritmo y las formas de los medios de comunicación, así como de las redes sociales, han desvirtuado en parte una de las funciones clave de cualquier parlamento: la deliberación. Una dinámica más acusada en el Congreso de los Diputados por razones obvias, pero de la que no queda exenta ninguna Cámara, tampoco el Senado.

Por ello, siempre he considerado una oportunidad para España la posibilidad de que el Senado se convirtiera en una Cámara de reflexión, en un Ágora en la que pensar y debatir con una calma y una profundidad con la que ya no es posible hacerlo en otros foros donde la dinámica de la polarización digital está más presente. Porque es importante que desde las instituciones se ofrezcan coordenadas para interpretar y gestionar un mundo cambiante y elusivo, en el que el futuro se ha desdibujado en una serie de relatos que provocan más miedo que esperanzas. Miedo a perder el empleo de mano de la Inteligencia Artificial y los robots; miedo a que lleguemos demasiado tarde a revertir los efectos más letales del cambio climático; miedo a que las herramientas tecnológicas acaben con nuestra privacidad; miedo a que las democracias sucumban ante una supuesta eficacia autoritaria; miedo, en resumen, a que nuestros hijos y nietos vivan peor que nosotros.

Las instituciones, y el Senado entre ellas, deben hacerse cargo de este malestar de múltiples causas y ofrecer respuestas, o al menos guías de interpretación. En lo más inmediato de la era post-pandemia, su transformación en una Cámara de auténtica representación y coordinación territorial es un primer paso obligado y que aporta beneficios concretos y tangibles. Más a medio y largo plazo, y también desde un punto de vista preventivo, su papel de Cámara de reflexión puede funcionar como una suerte de brújula que nos permita mirar más allá de las urgencias (y de las falsas urgencias) cotidianas.

Por último, cabe decir que el Senado cumple ya una función importante, y no se trata de negarla, sino de valorarla y, por tanto, reforzarla. Nuestra Cámara alta tiene menos competencias de las que debería, pero cumple una función más importante de la que se piensa y conoce. Nos corresponde en primer lugar a nosotros, senadores y senadoras, reforzar la importancia de la institución y del momento, y dar un paso al frente para amoldar su papel a nuestros retos colectivos. Desde las dos perspectivas planteadas, me atrevo a decir que cuanto más presente esté y más relevante sea el Senado, mejor nos irá como sociedad. De nosotros depende.

Catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y senador por el PSC-PSOE en las Cortes Generales.