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Saramago: diez años de ausencia

Todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran.

En estos días se han cumplido diez años desde que nos abandonó una de las grandes personas de estos tiempos, porque José Saramago era un gran escritor y una gran persona, un ciudadano, como le gustaba llamarse. Un ciudadano ejemplar, deberíamos decir. Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar.

Su voz fue una voz de alerta, de compromiso, de amor y solidaridad. Una voz alta y segura reflejada en todas y cada una de sus obras. Una alarma contra un capitalismo desbocado que arrasa con derechos humanos y que arrasa con la naturaleza sin tener en cuenta las consecuencias que de ello se deriven. Una reclamación permanente hacia el papel de la cultura y su compromiso para con un mundo mejor y más justo. Una reivindicación de la necesidad e importancia de la Memoria, pues sin ella el ser humano carece de historia. Un grito permanente reclamando el respeto obligado hacia una Naturaleza que convertimos en enemiga.

La palabra de José Saramago, a los diez años de su muerte, sigue fresca, viva, se convierte en presencia continua contra todo aquello y aquellos que parecen tener como misión en el mundo la creación y el sostenimiento de la infelicidad, del sufrimiento, destacando la importancia de estar juntos en los momentos de tristeza. Una voz reclamando responsabilidad ciudadana, porque Saramago era, ante todo, un ciudadano dedicado a la literatura. Nunca se puso de perfil porque ciudadanía y democracia significan formar parte activa de una sociedad que ha de construirse entre todos. En verdad, aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo. Contra la resignación, el miedo y la indiferencia, enemigos de una sociedad en progreso. Y sin progreso la vida se detiene. Pero el escritor nos vuelve a preguntar ¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar máquinas a Marte pero queda impasible ante la masacre de seres humanos?

Recreando espacios en ocasiones agobiantes, metáfora de un mundo en peligro, ante el que hay que tomar conciencia y partido. La indiferencia no puede tomar cuerpo porque ésta significa ya tomar partido. El miedo paraliza y nos convierte en cómplices de la amenaza, y la resignación implica aceptar cualquier situación por ajena a la razón que sea. Para Saramago ser ciudadano y ejercer ciudadanía era sinónimo de responsabilidad activa, de toma de partido frente a las injusticias.

Saramago. José Saramago, ese hombre sabio, sencillo porque la sabiduría siempre lo es, amable porque la bondad siempre lo es, comprometido porque quien busca la felicidad común no puede dejar de estarlo: Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz no sería escritor.

Saramago -hasta su sobrenombre resuena a parábola- sigue siendo hoy el hombre al que hay que conocer, y a esa tarea lleva entregada su mujer, Pilar del Río, y una obra que hay que leer despacio, dedicándole ese tiempo pausado suplantado hoy por un mundo trepidante al que nos abocan las redes sociales, tan limitadas para expresar un pensamiento con una mínima enjundia. Un hombre y una obra llena de compasión, de grito silencioso a lo Munch, de ironía y, por supuesto, de imaginación, una imaginación convertida en el envoltorio perfecto para su grito de rebeldía. Consciente del rico universo que la parábola tiene para el despertar de la conciencia, fue un inventor de ella, un creador de universos ante los que no cabe más remedio que entrar, comprender y actuar. Convirtió la parábola y la metáfora en armas con las que azuzar nuestro propio pensamiento, obligándonos a tomar partido, a sentirnos parte del mundo que nos rodea y a tomar decisiones. Cada uno y una de nosotras tendrá que saber en qué parte de ese mundo quiere estar, tendrá que saber cómo escribir la historia. La historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores, los vencidos nunca han escrito la historia. Y se escribe, fatalmente, desde un punto de vista masculino.

José Saramago, que convirtió ese apodo familiar en premio Nobel, debía haberse llamado Sousa, pues tal era el apellido paterno. Los hados, a veces, tienen la costumbre de favorecer al género humano haciéndole regalos semejantes. Porque Saramago sintetiza y encierra todo lo que ese niño querría y llegaría a ser.

El apodo hace referencia a una planta –jaramago- herbácea silvestre. Era el apodo de una familia tan pobre que, cuenta la leyenda, comía jaramagos para calmar el hambre. Y fue un error o una broma al inscribirle al nacer. Bendita broma, porque aquel niño, convertido ya en hombre, supo que ese apodo encerraba la esencia de lo que sería y fue. Una planta sencilla, que se pisa en tarde de paseo soleado pero que sirve de alimento creando vida. Saramago pasó por la vida moviendo conciencias. Cada palabra, cada metáfora es un golpe a la ruindad y la miseria moral. Combatiendo el cinismo y la hipocresía con ironía, compasión y sentimiento. Todo ello encerrado en el manto sutil y divino de la imaginación.

No fue un visionario, pero su agudeza le permitió adelantar en varias décadas lo que hoy está viviendo el mundo. Solo fue un hombre profundamente observador. Ya su primera gran obra, Levantado do Chao, es un grito de reivindicación del derecho a tener unas condiciones dignas de vida, refleja la de los campesinos en el Alentejo y qué poco han cambiado esas condiciones para muchos. Voz limpia, serena y a la vez indignada, rebelde. Y siempre cuajada de poesía, llena de belleza serena, de comunión con los desheredados, con los sufrientes, con los abandonados y los olvidados. Después vendrían muchas más, todas cargadas de fina ironía, de conciencia social. Y un día, el Premio Nobel.

La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo: jamás es definitiva. Con qué clarividencia anticipó lo que ha ocurrido estos días, con qué inteligencia comprendió que algo así pasaría. Porque no es posible que nos tomemos todo tan a la ligera, porque la globalización, esta globalización que ha convertido el planeta en un todo sin fronteras económicas, se ha olvidado de globalizar los derechos humanos, los derechos medioambientales, los derechos de la Tierra. Saramago nos invita a pensar en el camino verdadero, que solo puede ser el de la Razón y la solidaridad, el de la justicia social. Y nos avisa de que el camino que llevamos no es el correcto. Porque en este camino todos pereceremos, todos seremos víctimas. La hora de las verdades terminó, vivimos en el momento de la mentira universal. Nunca se mintió tanto. Vivimos una mentira todos los días.

El mundo, sorprendido ante una epidemia que no respeta a nadie, que no perdona, que no entiende de fortunas o de hambres, debe reaccionar. Poco a poco, esa nube blanca que nos dejó ciegos, que se fue cobrando inocentes víctimas aparece y, con ella, volvemos a ver la luz.

Pero ¿qué luz vemos? ¿Es la luz que queremos ver? ¿Qué realidad queremos? ¿la que nos ha arrastrado hasta esto, la vieja realidad de la rapiña, de la destrucción en beneficio propio, de la crispación, del dolor y la guerra? ¿O la realidad que soñamos, la formación de un mundo en el que todas las personas quepamos, sin distinción alguna, tal como quiso reflejar la Carta Magna de los DDHH? La respuesta parece obvia. Peno no es tan evidente, ni tan obvia ni tan fácil. La vida tiene muchas cartas en la baraja y no es infrecuente que las juegue cuando menos se espera.

Murió en Lanzarote, isla paradisíaca a la que llegó cuando César Manrique acababa de morir. Desde allí veía muchas tardes llegar pateras con gentes desesperadas, huyendo de sus tierras, expulsadas de ellas. Casualidades del destino, su muerte coincidirá con el Día Mundial del Refugiado. Una parábola más en la vida de ese hombre-ciudadano-escritor.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.