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La educación tras el covid-19


El Covid-19 está causando estragos en la salud y en la economía, pero otros efectos negativos se están provocando en otros ámbitos sociales, como es el caso de la educación. La enseñanza presencial se ha interrumpido bruscamente y profesores y estudiantes se han tenido que adaptar rápidamente de un día para otro a la enseñanza online. Este tipo de enseñanza ha sido una medida de emergencia en un estado de alerta y de confinamiento.

Está siendo una forma de salvar un curso académico, pero no para todos sino que los más desfavorecidos se han visto descolgados de un medio con el que no pueden contar, al no tener ordenador en casa ni tablet y a lo sumo solamente disponen de un teléfono móvil. La brecha de la desigualdad se hace de esta manera más grande. Pero incluso en las familias que cuentan con ordenadores y tablet no en todas ellas tienen uno para cada uno, y como en muchos casos los padres están haciendo teletrabajo la situación se complica.

Está resultando muy difícil compaginar el teletrabajo de la pareja con la convivencia de los niños, sobre todo los más pequeños de jardín de infancia, y a los otros, los que sí pueden recibir la enseñanza por online a partir de cierta edad en infantil y a los de primaria, hay que ayudarlos normalmente. Otra brecha más, pues hay familias en las que, aunque cuenten con ordenador, los padres no pueden ayudar a sus hijos por falta de conocimientos. Se está agravando también aún más, por las informaciones que llegan desde asociaciones de mujeres como la de las Malasmadres, la desigualdad de género.

La escuela entre otras muchas cosas positivas, no solamente tiene la función de transmisión del conocimiento sino la socialización de los niños y niñas desde edades tempranas, el compartir tareas, juegos, deportes y actividades de todo tipo. Este proceso es muy positivo para la formación y desarrollo de la actividad cognitiva de la infancia, de forma que la enseñanza online agranda no solo las desigualdades sino que puede suponer insuficiencias formativas básicas. Esta socialización es importante a los largo de toda la enseñanza incluida la universidad.

La escolarización obligatoria ha sido un gran avance social, aunque pueda tener también sus elementos negativos, como es el caso del acoso escolar o de la marginación de algunos estudiantes en relación con el grupo. Hechos estos que hay que combatir pero no por ello presentar como alternativa la enseñanza en casa. Hay grupos reducidos que la reivindican, y luchan contra la obligatoriedad de la escolarización, e incluso la defiende un psicólogo de la talla de Martín E.P. Seligman que fue investido doctor honoris causa por la Universidad Complutense el 28/01/2004. No solamente la defiende sino que la practica con sus hijos. Esta enseñanza se imparte por los padres o por adultos en las comunas o sectas. En algunos países está permitida, si se cumplen determinados requisitos, pero no es el caso afortunadamente de España. La docencia online, aunque distinta, no deja de ser una enseñanza en casa.

De lo dicho hasta aquí se desprende que, según mi criterio, la enseñanza presencial no tiene sustituto. Ha servido y puede servir como una alternativa en una situación de extrema gravedad como la que estamos viviendo. En ningún caso sustituirla, aunque pueda complementarla. Por eso me extraña que hayan aparecido tantas voces pregonando que estamos experimentando lo que va a ser el futuro de la enseñanza. Siempre hay visionarios, adoradores de las tecnologías, que confunden los medios con los fines. Hacen de la necesidad virtud.

Se puede objetar, sin embargo, que si bien esta enseñanza presencial es insustituible, no lo es tanto en niveles superiores de secundaria y en la universidad. De hecho, por lo que concierne al tercer ciclo de enseñanza ya existen universidades a distancia y online. A su vez también grandes universidades como Harvard y el MIT tienen clases magistrales que se transmiten por online. Pero, a pesar de ello, no dejan de ser casos particulares, que no cubren ni de lejos las necesidades de la universidad tradicional; o formas de difundir el conocimiento que no suplantan en su totalidad las clases presenciales.

Estoy de acuerdo con Nuccio Ordine, autor de un libro muy recomendable La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013) y que en un reciente artículo en El País decía: “Me inspiran terror los elogios que están desgranado en estas semanas los corifeos de lo virtual y de la enseñanza telemática (entre ellos, por desgracia, el ministro de Universidades Manuel Castell). Este es un peligroso caballo de Troya que, aprovechando la pandemia, trata astutamente de derribar los últimos baluartes de nuestra intimidad y de la enseñanza. Por el contrario, en medio de tantas incertidumbres, yo he madurado una certeza: el contacto con los alumnos en el aula es lo único que puede dar verdadero sentido a la enseñanza e incluso a la propia vida como docente”.

No entiendo lo que esos corifeos de lo virtual persiguen y que ventajas ven en acabar con la enseñanza presencial. Se pueden encontrar algunos argumentos como que se evitan desplazamientos en transportes públicos y coches particulares, lo que puede tener efectos beneficiosos para el medio ambiente. Como que también facilita el acceso a la enseñanza superior a estudiantes que viven en poblaciones en las que no hay universidad, y que de este modo las familias no tiene que pagar el coste de lo que supone alojarse en un colegio mayor, residencias o en un piso. Pero para esto ya está la enseñanza a distancia o un sistema de becas.

Considero que lo que se persigue realmente es fomentar más el individualismo de nuestras sociedades, evitar reivindicaciones estudiantiles y abaratar costes. Así como acabar con la riqueza del debate y el pensamiento crítico. Se consigue, sin duda, que el pensamiento débil que ya predomina en nuestras sociedades se debilite aún más. La enseñanza tras la pandemia tiene otros retos como combatir que la universidad no se convierta, como ya de hecho lo es en parte, solamente en una escuela de formación profesional superior. El conocimiento debe vencer a la ignorancia y ello requiere un aprendizaje basado en la reflexión, el debate, la lectura y el hacerse preguntas.

Catedrático emérito Universidad Complutense.