Quantcast
HEMEROTECA
             SUSCRÍBETE
ÚNETE A EL OBRERO

Psicología del confinamiento: ¿podemos dejar atrás el vacío?

Dos meses después de la declaración del Estado de Alarma en España, cuando diferentes provincias van avanzando en el desescalamiento, nos damos cuenta de que posiblemente las cosas no vuelvan a ser como antes. Tenemos sensaciones de pérdida y vacío, y no solo por las personas que se han ido sino también por nuestra vida tal y como la conocíamos. En estos casos, lo más común es que nos inunde el miedo, la tristeza e, incluso, la rabia. Sin embargo, ¿es esto lo que está sintiendo en estos momentos todo el mundo?

Emociones negativas

Nuestro sistema emocional tiene diferentes funciones, según la situación en la que nos encontremos. Su meta última es que alcancemos un mayor estado de desarrollo, aunque eso implique pasar por etapas donde lo que sentimos es negativo. La crisis del confinamiento también es una de esas situaciones que disparan nuestras emociones. Aparece el miedo, ante la falta de seguridad y un posible contagio, la tristeza por lo que hemos perdido o la rabia al sentir que lo que nos ocurre es injusto. Esto se extiende a nivel social, donde esas emociones pueden mitigarse en algunos casos al recibir apoyo, mientras que en otro se contagian y crecen. Sin embargo, aunque no nos gusten, esas emociones son las necesarias para que recobremos nuestro equilibrio y podamos alcanzar estados más positivos en algún momento.

Las emociones necesitan no solo expresarse, sino también ser escuchadas y aceptadas por quienes las sienten. Resistirnos a ellas, lo que hacemos cuando son negativas, solo perpetúan el problema. Aumentan en su intensidad, queremos bloquearlas y acaban por desbordarnos. Provocan pánico, crisis de llanto o ataques de ira. Es aquí donde la persona pierde el control de sí misma y no sabe cómo gestionar la situación que se lo ha provocado ni todas las nuevas que le vayan ocurriendo.

La tiranía del pensamiento positivo

En los momentos de crisis, tanto a nivel individual como social, diferentes corrientes, especialmente aquellas que vienen de la publicidad y del marketing, nos empujan a ver el lado bueno de las cosas, no dando espacio y no valorando nuestras emociones negativas. La tristeza tiene que ser sustituida por esperanza en que todo saldrá bien, por ejemplo. Pero ¿qué hacemos con los duelos que necesitan ser resuelto o los problemas que requieren de una solución? La tiranía del pensamiento positivo anula las herramientas que nuestras emociones quieren darnos en estos momentos de crisis. Y es que, aunque no nos guste, debemos transitar por ciertas etapas de nuestra vida hasta llegar a metas diferentes. Nada nos promete que todo vaya a pasar rápidamente, pero sí que podremos vivirlo de una forma más liviana si permitimos que la tristeza en un momento de duelo conviva con nosotros.

Nuestras emociones han tenido siempre una función, aunque haya podido ir cambiando y ampliándose a medida que nuestra sociedad evolucionaba. El miedo o la rabia ya no son únicamente medios para defendernos de animales agresores, sino que lo podemos usar en situaciones sociales donde debemos poner límites o parar la manipulación de otras personas. Algo que puede no gustarnos pero que necesitamos sentir para poder solucionarlo.

Sentirse en paz

A la hora de evaluar los diferentes estados emocionales nos vamos encontrando con que lo negativo no es lo único que aparece. Algunas personas, al hacer una media de lo que han experimentado durante su encierro, sí sienten un mayor estado de plenitud al que podían estar sintiendo antes de la declaración del Estado de Alarma. ¿Quiere esto decir que no han sentido miedo o tristeza? No, lo que realmente quiere decir es que han pasado por todo el temor que las demás personas, han visto perdida su libertad o, incluso, su vida como la conocían hasta ahora ha llegado a su fin. Y esto puede ser muy positivo.

Nuestra vida va encadenando una serie de etapas, algunas muy parecidas, que nos van poniendo a prueba. Las herramientas que tenemos son usadas, sacamos ciertos aprendizajes, acumulamos heridas o, como en este caso, nos desprendemos de mochilas. De hecho, el confinamiento tiene ciertas similitudes con los procesos terapéuticos a los que se enfrentan miles de personas en nuestro país. Acuden por una crisis o por una acumulación de las mismas, creen no tener recursos para superar esa etapa y necesitan ayuda. Y lo que se acaban encontrando es que hay una necesidad de romper con el pasado, soltar lastres y saber diferenciar lo que tienen que cargar en su espalda y lo que no. Ponen a prueba el sistema de valores, se conocen a sí mismas y terminan con relaciones dañinas. Es un proceso largo, con diferentes altibajos, donde las lágrimas o la rabia forman parte del camino.

El confinamiento nos ha sobrevenido sin que tuviéramos tiempo de reaccionar. No hemos escogido los trabajos de los que queríamos que nos despidieran, los amigos que han desaparecido o todo el desaprendizaje sobre nuestro estilo de vida que esto ha conllevado. No hemos elegido vivir lo que estamos viviendo, pero después del impacto inicial, hemos dejado que todo se fuera colocando como un gran puzle, llenando o dejando vacíos, y permitiendo que podamos hacer limpieza de nuestra mochila emocional.

Dos meses después y en un punto en el que para algunas provincias la luz parece lejana, varias personas han alcanzado estados de serenidad y plenitud. Se parecen a las demás en que la rabia y el llanto también les sobrecogió los domingos, en que también vivieron la perdida de la vida tal y como la conocían, pero se diferencian en que todo lo negativo ha sido escuchado, se han alineado con sus emociones y han empezado a gestionarlo. Han detectado qué situaciones de su vida estaban disparando esas sensaciones, qué podía faltar o con qué insatisfacciones llevaban ya demasiado tiempo conviviendo. Se diferencian por la no resistencia hacia lo que no tenían control, y por la permeabilidad ante el transcurso de los acontecimientos. De ahí que lleguen a momentos de plenitud y de satisfacción, siempre conscientes del dolor vivido, pero con la certeza de que esta situación ha supuesto un salto cualitativo en sus vidas y que, aunque ya nada vuelva a ser como antes, sí puede traernos cosas buenas.

Psicólogo.