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¿Estamos preparados para lo que viene?

Esta mañana me desayunaba, con el café un artículo sobre el epidemiólogo que anunció la pandemia de COVID-19 antes que la OMS, Michael T. Osterholm.

Lo que comenta este experto es muy interesante, y de hecho, es algo que ya he leído otras veces estos días. Es algo que también he escuchado decir a líderes políticos, a presidentes de Gobierno. Desconozco la razón por la que hoy lo que he leído me ha revuelto más que otras veces.

Osterholm anunció lo que estamos viviendo hace dos años en un libro llamado "El enemigo más letal" (Deadliest enemy). Y en él explicaba que esto de las pandemias iba a ser "la nueva realidad" que vamos a vivir. O sea, que no haríamos bien en pensar que esto es algo pasajero, que volveremos a vivir tranquilos y relajados paseando por las calles, bebiendo en las terrazas de los bares y chapoteando en las piscinas junto a nuestros vecinos. Me temo que no, y nada me gustaría más que estar profundamente equivocada.

Dice Osterholm que habrá brotes de enfermedades infecciosas: "habrá uno, luego otro y otro más". Y según señala, "uno de ellos será mayor y más grave que el brote de COVID-19". Por si esto no me hubiera dejado ya incómoda, he seguido leyendo. Y se me ha quitado la gana de terminarme el café: "lo más probable es que sea un nuevo virus de la gripe con la misma capacidad de devastación que la gran pandemia de 1918-19, que dejó entre 50 y 100 millones de víctimas mortales". Y por terminar de estrujarme el estómago, añade que "sin embargo, la pandemia se produciría en un mundo con el triple de población, vuelos internacionales y megalópolis superpobladas en el tercer mundo".

Mientras leía esto y dejaba mi taza de café sobre la mesa, me he quedado mirando las nubes, escuchando a los pájaros, la lata de cerveza que se abría en el patio de los vecinos, el corta cesped, la moto lejana que siempre va quemando rueda en el pueblo y algún perro ladrando. Una manera de respirar y tratar de anclarme a una paz cotidiana que me reconforta, que me ayuda a pensar que esto que dicen los expertos "nos queda lejos". Una manera burda, pero eficaz, de calmar la ansiedad que me produce saber que esto ha empezado y no tenemos marcha atrás.

Y seguro que como yo, mucha gente no quiere asumir la que se nos avecina. Porque no quiero vivir con miedo: deseo encontrar el equilibrio entre la prudencia y la vida. No me gustaría caer en una espiral de pánico que me asfixie tanto como para no poder disfrutar de lo que tengo a mi alcance: los míos, las nubes, el perro que ladra y la cerveza que burbujea en la terraza de mis vecinos.

He seguido leyendo el artículo, convencida de que algo bueno tendría que decir este hombre. Alguna idea tendrá, digo yo. Y sí, la tiene. Otra cosa es que estos que gobiernan (me da igual el lugar del mapa), sean capaces de espabilar y reaccionar como parece que será necesario hacer. Según recomienda Osterholm haría falta tomar nota del Proyecto Manhattan, que funcionó en la Segunda Guerra Mundial, para proveer a la humanidad con una vacuna antigripal, así como establecer una organización mundial para abordar la resistencia antimicrobiana.

Según él, durante las últimas décadas hemos dependido mucho de China. Y que la clave está en cómo seamos capaces de proteger a nuestros sanitarios para poder tener una especie de "ejército" que habrá de combatir los virus que vendrán. Y plantea la necesidad de que los gobiernos firmen un compromiso internacional para repartir y diversificar la fabricación de fármacos, suministros y equipos clave e inviertan "grandes sumas en nuevos fármacos y antibióticos".

"La única solución son los subsidios estatales y los contingentes de compras", afirma.

Y yo me pregunto: ¿serán capaces? ¿Se le ocurrirá a España ponerse en marcha ya para producir aquí todo lo que necesitemos? y me lo pregunto mientras pienso en todos los lugares del mundo donde la ayuda no llega y no llegará. Los que viven en una continua situación de "pandemia", y de los que nadie se acuerda prácticamente.

Estamos hablando ya de la importancia de coordinarnos para proteger la salud, crear medicamentos, vacunas, material de protección. Y ojalá fuésemos capaces. Sin embargo, en todo este tiempo hemos permitido que haya millones de personas que mueren de hambre cada día mientras tiramos toneladas de alimentos al mar. Muy capaces de hacer las cosas bien no somos, la verdad.

Ahora hay una diferencia, claro: que el asunto nos afecta a nosotros y por ello es posible que, a lo mejor, seamos capaces de reaccionar y actuar pensando en todos.

Mientras tanto, miro las nubes pasar y pienso que seguramente haya otra mujer a miles de kilómetros de aquí mirando al cielo. Preocupada por la salud de sus hijos, por las enfermedades, la hambruna y la pobreza que sufre su país. Y las dos de alguna manera esperamos que "alguien" actúe de una vez por todas para que podamos salir adelante. EFE.

Abogada.