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No es el coronavirus, son los lobos de IFEMA

En el frontispicio de un periódico liberal de 1823 puede leerse esta frase: “La única ley es la salud del pueblo”. Quienes así pensaban eran liberales y se llamaban Rafael del Riego, Marianita Pineda o Torrijos; liberales que subieron al cadalso precisamente por defender la libertad, la democracia y en definitiva, la salud no solo física (aunque también) del pueblo.

Quienes hoy se dicen sus herederos, aunque en realidad de liberales solo tengan el nombre y sus hechos sean los propios de los reaccionarios que ejecutaron a los liberales de las Cortes de Cádiz, andan todos muy cabreados porque un gobierno de izquierdas se ha atrevido a aprobar medidas de supervivencia para los más de seis millones de trabajadores golpeados por la crisis del coronavirus, en un país cuyas estructuras sociales y económicas responden a los intereses del capitalismo de rapiña más obsceno.

Así, y según la derecha extrema y la extrema derechas patrias, PP y Vox, Vox y PP, tanto monta, la aprobación de un ingreso mínimo vital para los arrollados por la crisis les parece una “medida chavista” de clara inspiración “comunista”, cuando lo que España necesita según ellos son “medidas moderadas”. Las medidas moderadas que proponen pasan al parecer por engordar ahora los bolsillos de los empresarios “macro” y “micro”, al modo en que lo hicieron con los bancos durante la famosa crisis de 2008. Su objetivo es, de nuevo, aprovechar la situación para satisfacer a su clientela política, desviando los recursos públicos hacia las cuentas en paraísos fiscales.de los empresarios y financieros “macro” y rescatando miniempresas inviables de los empresarios “micro”, que ahora se llaman a sí mismos “trabajadores autónomos”. Curioso que cuando hay beneficios esta gente se digan todos “emprendedores de clase media”, es decir empresarios a los que hay que rebajar la “presión fiscal”, y cuando van mal dadas se conviertan en “trabajadores” y pongan el cazo para que se lo llene papá Estado; a los verdaderos trabajadores, a los asalariados, que les vayan dando una vez más, según estos neoliberales de pacotilla.

En ese contexto de cinismo oportunista han quedado para la Historia Universal de la Infamia los trajes y modelitos de riguroso luto, las corbatas negras y los lazos a juego, los crespones sobre la bandera española, el himno estatal sonando en ceremonias civiles y escuchado en posición de firmes, el delirante baile de la conga y el reparto de bocadillos de calamares a cargo de politicastros madrileños durante la clausura del hospital provisional de IFEMA, la clasista exigencia de que el Gobierno abone una paguita extra a los sanitarios como si fueran criados que se han portado bien, y hasta el intento de apoderarse de los muertos por la pandemia siguiendo el modus operandi establecido por la derecha extrema española en relación con los asesinados por ETA desde hace muchos años.

Y es que para los lobos de IFEMA todo vale para desgastar al Gobierno y recuperar el poder político lo antes posible, pues es sabido que este les pertenece por derecho propio desde el principio de los tiempos y no pueden soportar que esté en otras manos aunque sea temporalmente, perdiéndose así una ocasión pintiparada para forrarse ellos y sus amos como lo hicieron con la famosa crisis de 2008.

De momento nadie le recuerda a esa gente que si estamos donde estamos es en buena parte por causa de la manera en que han gestionado los servicios públicos. Durante años han implantado políticas arrasadoras allí donde han gobernado y gobiernan, cuyo principio básico es la destrucción del concepto mismo de servicio público y su transferencia a la “iniciativa privada” para su inmediata conversión en negocio de compinches. En comunidades como Madrid (y Catalunya, a cargo de la derecha nacionalista catalana) llevamos más de una década asistiendo al saqueo sistemático y organizado de los servicios públicos y de cuanto se relaciona con ellos, entregados a socios, colaboradores y testaferros de los privatizadores.

La extensión y brutalidad en la destrucción de la red de centros hospitalarios públicos madrileños llevada a cabo por el Partido Popular, por ejemplo, se resume en un solo dato: a pesar del crecimiento exponencial del número de hospitales privados o privatizados en la Comunidad de Madrid en los últimos años, el conjunto de camas hospitalarias en la región sumadas las públicas y las privadas ha descendido en un millar. En Catalunya el panorama es similar y precursor en relación a Madrid, por causa de la obra de (des)gobierno de la derecha nacionalista catalana.

El coronavirus nos ha atacado cuando nuestro mejor sistema de defensa, la sanidad pública, se encontraba más debilitado por ese sabotaje interior. Durante años las Mareas Blancas, formadas por profesionales de la sanidad y pacientes, han protestado contra esa actuación sistemática de zapa llevada a cabo por la derecha extrema neoliberal. Todo ha sido en vano, hasta que ya era demasiado tarde.

En cuanto al aspecto económico de la cuestión, si algo hay que reprochar a las medidas del Gobierno Sánchez es una excesiva confianza en que nuestros presuntos socios centroeuropeos y nórdicos responderán por una vez como deben y no volverán a dejarnos tirados a los mediterráneos, como ya sucedió durante la famosa crisis de 2008. Lamentablemente nada hace presagiar que esta vez los rapaces banqueros calvinistas holandeses (esos usureros puritanos que manejan un paraíso fiscal instalado en pleno corazón de Europa), se dejen ablandar por argumentos que apelan a la vez a la razón y al sentimiento. Más bien al contrario, a los usureros holandeses (y a los alemanes, belgas o españoles, desde luego) solo les excita el color del dinero, sobre todo si es ajeno y rapiñable.

Menos mal de todos modos que el paraguas del euro y algunas políticas europeas comunes nos amparan mientras diluvia, porque si no fuera así a estas horas la ruina argentina sería pura prosperidad económica comparada con la que viviríamos en una España aislada y atada la vieja peseta, como propugnan los fascistas de Vox y cree el electorado más cerril y paleto de la derecha española.

Sánchez y su Gobierno harían bien en no esperar milagros financieros solidarios impulsados por Bruselas, aunque deban seguir insistiendo en traducir en hechos los abrazos comunitarios. Lo que llegue será bienvenido, desde luego, pero no nos sacará del hoyo. El Gobierno español debería aplicarse prioritariamente a desarrollar políticas que vayan más allá de arbitrar medidas paliativas para las clases trabajadoras y populares, antes de que estas se conviertan otra vez en los paganos de una crisis en la que tampoco en esta ocasión tienen culpa alguna.

Políticas como esa ofensiva pendiente y ya inaplazable contra el sistemático fraude fiscal empresarial y financiero español, a fin de lograr de modo urgente que el pago de impuestos en este país deje de ser un castigo reservado a los trabajadores por cuenta ajena, que al cobrar su salario por nómina no tienen posibilidad de fraudar. Según estimaciones de calidad aunque prudentes, Hacienda deja de recaudar cuarenta mil millones de euros al año por el fraude fiscal.

La obligación de tributar debe extenderse ya “manu militari” a toda España, acabando con ese Universo de estafadores a la colectividad que va desde las grandes multinacionales monopolizadoras de las llamadas nuevas tecnologías que residencian sus beneficios en paraísos fiscales para no pagar impuestos, hasta los operarios que realizan chapuzas a domicilio por su cuenta sin extender factura y por tanto sin liquidar el IVA correspondiente. Y naturalmente, hay que fulminar los privilegios legales pero ilegítimos que otorgan a los que más tienen comunidades autónomas como Madrid, donde están derogados o minimizados impuestos básicos para la redistribución de rentas como son los de transmisión patrimonial o los relacionados en general con el patrimonio y la actividad empresarial.

O acabamos con el poder de los lobos de IFEMA o terminaremos todos devorados por cualquier coronavirus, este o el siguiente.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).