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Ensayo general

Después de dos semanas de confinamiento, y cuando tenemos por delante otras tantas, parece muy generalizada la idea de que tras la tempestad las aguas no van a volver a su cauce. Es una reflexión que comparto, porque los acontecimientos tienen un calado que va más allá de la respuesta a esta situación.

He leído algunas reflexiones optimistas, que se centran en la solidaridad manifestada, y otras muy pesimistas, asustadas del potente despliegue de opinión de la ultraderecha, lanzando sus flechas de odio y miseria, esperando que florezcan en el desolado panorama económico que tendremos que afrontar en los próximos meses. En todo caso, todas unidas por la singularidad del suceso. Para buscar precedentes hay que recurrir a los historiadores, que nos remontarán a justo hace 100 años, la epidemia de gripe que se llevó por delante la vida de 50 millones de personas cuando la Primera Guerra Mundial tocaba a su fin. Lo cierto es que los epidemiólogos llevan años advirtiendo de que esto sucedería y que se repetirá, y lo hará por dos razones: la globalización y el cambio climático.

Hemos visto en directo cómo un brote vírico por falta de higiene en un mercado en una provincia en el centro de China se ha convertido en una epidemia que ha afectado a todo el planeta en apenas tres meses. Nadie ha estado nunca desconectado, pero la cuestión ahora es la velocidad. El Premier británico anunció un día que no iba a tomar medidas de control, y cinco días después reconocía estar enfermo él y su ministro de sanidad. La globalización convierte en cosa de días lo que en otros contextos hubiera llevado meses o años.

La segunda cuestión es el cambio climático, que abre ciertos frentes a cuál más inquietante: abre la posibilidad de que reaparezcan enfermedades extintas, de que se expandan los espacios naturales de algunas, de que se difundan los vectores de contagio y de que cambie el comportamiento de virus y bacterias al interactuar en nuevos espacios ambientales. Vayamos uno a uno.

Para empezar, el deshielo ártico nos ha permitido descubrir bacterias que no han circulado por el planeta en miles de años, algunas incluso con las que no hemos convivido como especie, por lo que no hemos tenido “experiencia evolutiva”; tal vez no supongan una amenaza, tal vez sí. Sospechamos también que debe haber vestigios de otras con las que sí hemos tenido relación, como la peste bubónica, la gripe o la viruela, y es una posibilidad que pudieran volver a circular, readaptándose a un mundo en transformación como el que estamos creando con el cambio climático. La peste mató al 60% de la población europea en el siglo XIV ¿Qué incidencia tendría en nuestro mundo superconectado?

Hasta ahora, el clima ha mantenido parámetros de estabilidad y en consecuencia las diferencias entre los ecosistemas se han constituido como fronteras eficaces en la expansión de enfermedades. Sin embargo, el cambio climático introduce inestabilidad, y un mundo cada vez más cálido altera esos límites, cuando no los elimina. Este problema se agrava por la globalización, pues ya no son raros los contagios locales de enfermedades “importadas”.

Esto no es una novedad histórica, pues los seres humanos hemos sido vectores de transmisión de nuestros propios males durante siglos; de hecho, los imperios europeos fueron agentes difusores de toda clase de enfermedades repartiendo ratas y pulgas por todo el planeta. Más recientemente, y con motivaciones muy diferentes, nos hemos creado un problema directo aclimatando animales y plantas de todo el planeta: son las especies invasoras. En sus espacios de origen, muchas de ellas son vectores de transmisión de enfermedades que, de momento, aun no tenemos. Para cuando lleguen, tendrán quien las difunda.

La ultima pesadilla que nos aporta el cambio climático es el probable cambio de comportamiento de enfermedades de un espacio concreto al colonizar un área nueva climáticamente parecida, o al adaptarse a las nuevas condiciones de su espacio de siempre. Es el caso del virus zika, originario de Uganda, donde no tiene la gravedad que sí se registra en América.

La economía mundial ha estado fabricando el sistema ideal para la transmisión global de enfermedades, y su principal subproducto, el cambio climático, es un excelente instrumento de rescate de viejos y creación de nuevos monstruos. Y el miedo de algunos, al parecer, es detener la economía porque hay personas que han invertido mucho dinero.

Así pues, cuando algunos proponen (y otros temen) que las medidas de reactivación que se han de poner en marcha olviden las restricciones del cambio climático, y consideren este fenómeno como singular, yo me voy a escudar en la ciencia: esta es la primera vez, pero vamos a tener más, y desde el punto de vista sanitario no estamos ante una enfermedad especialmente temible. Nos acordaremos siempre del momento porque nos abrió a una nueva era. En nuestras manos está hacia donde vayamos, porque el conjunto de respuestas (cómo se fortalezcan los sistemas sanitarios, cómo se repartan los costes, cómo se proteja a los más vulnerables) no van a ser singulares. A los que creen que esta obra solo va a tener una representación les diría que esto es sólo el ensayo general.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.