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Y la luz volvió a aparecer

Todo se oscureció, cambiaron nuestras rutinas, nuestros planes, ya no podíamos salir de casa, teníamos limitación de movimientos y solo nos permitían, aquellos imprescindibles y necesarios actos para mantener nuestras vidas.

Nos aislaron en nuestros casas, reductos que la mayoría conocíamos a ráfagas y en las noches para el reposo. Tuvimos que reconciliarnos con nuestras decoraciones, a veces largamente planeadas y otras absolutamente improvisadas. Buscar los mejores sitios para la lectura, escuchar música, escribir, hacer ejercicio, en convivencia con los otros miembros de la familia, sin interrumpirnos, sin entorpecernos…

Tuvimos que encontrar el equilibrio entre la captura de la información necesaria, y el exceso siempre peligroso, de opiniones inexpertas, consumistas o atolondradas, cuando no tendenciosas e ideológicamente adversas.

Nos enseñaron a protegernos, a extremar la higiene al salir para proveernos de alimentos, medicinas o las más indispensables gestiones cotidianas, pero también en casa. Teníamos ahora tiempo y ninguna excusa para no hacerlo.

Tuvimos que escuchar malas noticias, tristes noticias de familiares y amigos que enfermaban, cuando no caían, por el mal que a todos nos cernía.

Y cuando todo parecía oscurecer, bastó una palabra suya (la de tu familiar, la de tu amigo) contándonos su progreso, su mejoría, para que la luz volviera a iluminar. Ver un video solidario con una espléndida canción con mensaje de optimismo futuro, de encuentros y abrazos, para que esa pequeña lluvia se derramara a través de los ojos y aliviaría tanta contención.

Que al salir a la cita diaria, a los ocho de la tarde, oyéramos alguna voz unida a los tímidos aplausos de esa esquina poco poblada y que llegan de la lejanía, para liberar energía negativa y convertirla en gritos de agradecimientos a los que día a día nos cuidan, y oírnos gritar y aplaudir a rabiar, al paso del autobús vacío por debajo del balcón.

Asomada el torso por el balcón para atraer esos rayos de luz necesarios, los veo más limpio y bonitos, más dorados, más cómplices. Realizo mis ejercicios con vigor inusitado, menos perezosa y con ganas de recuperar el tono vital hoy aturdido.

No sé cuánto durará esta recuperada vitalidad, pero sí sé que en este tiempo no he estado sola, grandes compañeros y amigas, me han alentado con solo intuir mi bajonazo anímico, y esto me hace recuperar mi sentido de fortaleza, mi optimismo.

Hoy vuelvo a sentirme fuerte y tener conciencia que pertenezco a una pequeña comunidad de gente solidaria, entrañable y que nos miramos (sin vernos) y nos animamos. Formo parte de una sociedad que intenta sacar lo mejor de sí misma, claro que con obstáculos mezquinos, pero eso forma parte también de la vida misma.

Ahora me impregna el sentimiento (al menos en este instante) de saber que superaré, superaremos, este mal sueño y volveremos a vernos, a abrazarnos, a compartir proyectos colectivos sin miedo, superando nuestras incertidumbres y naturales temores.

Sé que en un tiempo, más cerca que lejano, recordaremos esta etapa como tantas otras que forman parte de nuestro bagaje personal y colectivo, y sabré, sabremos decir con orgullo, caí pero me levanté, porque nunca estuve, estuvimos en soledad. 

Secretaria Memoria Histórica y Mayores. Agrupación Socialista Rivas Vaciamadrid.