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El peligroso virus

Cada día, miles de personas caen muertas por el efecto de las bombas arrojadas en nombre de una idea, un dios, un poder. Entre 2014 y 2019, treinta y un millones de personas, entre militares y civiles, han muerto víctimas de la guerra. Cientos de miles de personas perecen víctimas de hambre. 8.500 niños y niñas mueren de desnutrición cada día, según datos de UNICEF; el año pasado murieron 6,3 millones de menores de 15 años, mientras 19.000 lo hacen cada día por causas evitables en aquellas zonas donde la desertización avanza inclemente.

La tuberculosis, lejos de desaparecer, sigue aumentando; en 2018, 1,5 millones de personas murieron por esta enfermedad, que sigue siendo una de las diez causas fundamentales de mortandad, sobre todo en el sur de África. Las fiebres tifoideas, el ébola o la malaria siguen cobrándose a diario la vida de miles de seres humanos ante la indiferencia del mundo occidental. Miles de niñas son víctimas de esa práctica ancestral y cruel que es la ablación, por la que muchas mueren a muy corta edad o en el momento del primer parto. Aun sabiendo los efectos devastadores para la vida, cumbre tras cumbre climáticas se saldan sin ratificación de acuerdos ni compromisos de ningún tipo; un canto al sol. La tierra se desangra deshaciendo un glaciar tras otro y convirtiendo el agua dulce en salada; incendios forestales arrasan hectáreas y más hectáreas del planeta. Cientos de miles de personas que huyen del sufrimiento, el hambre, la persecución o la muerte son internados en campos de refugiados inhumanos, dónde siguen sufriendo y muriendo, sin atención médica alguna, entre ratas y basura. Solo en lo que va de año, 12 mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas o exparejas, elevándose esta cifra a 1.045 desde que empezó a registrarse en 2003. Todas estas son noticias que apenas ocupan portadas de periódicos o emisiones de radio o televisión en el momento en que ocurren.

La actual epidemia de gripe se ha cobrado ya en España la vida de más de 6.000 personas y, sin embargo, desde hace semanas, la atención mundial está centrada en un virus poco conocido que, a pesar de la inmensa alarma que le rodea, no parece ser especialmente lesivo. Según fuentes científicas solventes, el contagio no es fácil y precisa para su transmisión la cercanía con la persona infectada. Una cuidadosa vigilancia en el lavado de las manos estaría evitando dicho contagio. Tampoco las cifras, ni de contagiados ni de fallecidos, justifican el miedo morboso que está creándose.

Entonces, ¿qué nos está pasando? Resulta realmente inquietante está explosión de pánico colectivo rayano en la locura. Sin duda, los medios de comunicación tienen una gran parte de responsabilidad en la creación de este clímax. Pero si no hubiera una previa predisposición por parte de la ciudadanía hubiera sido un intento vano. El siglo XX fue el siglo de la conciencia colectiva, del grito unido materializado en canciones míticas, de la búsqueda de la libertad. El 11S marcó un antes y un después, hizo resurgir la conciencia de nuestra propia fragilidad a la par que el inicio del miedo colectivo y el establecimiento del debate seguridad versus libertad, con su corolario de individualismo sustituyendo a lo colectivo. La conciencia del nosotros dio paso al yo individual, creándose un clima propicio al miedo y la insolidaridad.

Es quizás ese miedo, unido al alarmismo desinformativo transmitido por los medios de comunicación, lo que ha creado este escenario tan irreal como peligroso en torno al coronavirus que, según fuentes bien informadas, no deja de ser una gripe más que cursa sin mucosidad. Si la morbilidad de la gripe común no parece haber asustado a nadie ¿por qué estos niveles de alarma en torno al Covid-19? Aunque nos movamos en el terreno de la especulación, quizás el que la deuda externa norteamericana esté en una gran parte en manos chinas o el desenfrenado gusto de las industrias farmacéuticas por vender caros sus productos, incluidas las vacunas, no sean factores muy ajenos a ello.

En cualquier caso, la alarma transformada en histeria y psicosis es mala compañera para afrontar con la serenidad requerida esta nueva enfermedad que parece bien alejada de los efectos devastadores con los que machaconamente se nos inunda últimamente. El siglo XXI se enfrenta a problemas muy graves cuya resolución requiere la madurez de una sociedad responsable, adulta, solidaria y comprometida con el progreso. Y, a todas luces, no parece que la situación de alarma y miedo que están generando los medios de comunicación, más proclives a un tratamiento sensacionalista e infantiloide de la noticia que a la transmisión serena y objetiva de la información, sea la mejor vía para contrarrestar la enfermedad.

El Covid-19 no deja de ser una consecuencia más de la globalización. Y hora es de desdramatizar antes de que la extensión del pánico supere en gravedad a la del propio virus.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.