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Estrasburgo: la legalidad frente a la legitimidad

Huyen con la esperanza de alcanzar una meta soñada. Apenas en sus retinas se perfila la meta de un mundo que conocen a retazos por conversaciones oídas de labios de los que han tenido la suerte de nacer en un mundo más rico, más en paz, más seguro. Huellas que dejan en sus sentidos películas de otros lugares, músicas que hablan de amor, de riqueza, de derechos humanos… y ellas, personas que nada tienen, que por no tener no tienen ni esperanza, un buen día deciden partir. Huyen del hambre, de la guerra, de la miseria, de violaciones y golpes, de miedos e incertidumbres. No es fácil tomar esa decisión. Saben que el camino que les espera está sembrado de espinas, que deberán ir escondiéndose como si de animales acorralados se tratara, que tendrán que confiar su vida a mafias que se alimentan, muy bien, de sus despojos. Reunir el dinero necesario para la travesía tampoco fue fácil. A éste le ayudo un hermano; a aquélla, su madre; el de más allá tardó dos años en juntar lo necesario para un viaje incierto que se comerá lo recaudado. No importa, allá en el horizonte espera la libertad, la bondad de un mundo en paz, un mundo sin guerra, un mundo que habla de justicia y derechos humanos. Espejismo. Las balas, las amenazas, los gritos, el miedo, el rechazo y los golpes ya no les abandonaran. Formarán un todo con sus cuerpos. El camino es duro y largo, es frío y pasan hambre. Caminan por la noche mientras se esconden durante el día como animales perseguidos. Pero siguen soñando. La meta está un poco más allá, siempre un poco más allá. Y van solas, una soledad incrustada en la piel, porque no hay mayor soledad que la que produce esa lucha por la supervivencia.

Aún no han tenido tiempo de comprender que ese mundo soñado no es para ellas. Que ese mundo existe pero son excluidas de él. Ese mundo conocido a retales es pequeño, demasiado pequeño y, aunque, rico es miserable. Y es pequeño porque no ha aprendido a comprender la grandeza que solo otorga la solidaridad, y es miserable porque juega con la muerte sabiendo que sus víctimas nunca serán las que en él nacieron, y es ruin porque prefiere emplear ese oro que le sobra en sembrar la muerte en forma de concertinas, de alambres, de balas, de cárceles, de campos de concentración en los que son abandonadas en vez de en protección y cobijo, en justicia y Paz. Muchos son los miles de euros que ese mundo rico al que aspiran llegar emplea en rechazarlas, en impedir que lleguen algún día a formar parte de él. Miles de euros a los que debería buscarse mejor y más noble destino.

Convertir a países como Marruecos, Libia, Turquía… en fronteras que impiden el paso y la llegada de las personas que huyen a territorio europeo, sin considerar que son países en los que los DDHH son inexistentes, ligar la concesión de fondos de cooperación a la habilidad para conseguir ese objetivo a costa de lo que sea, sin poner reparos en formas y medios, no es la mejor manera de garantizar la democracia ni la justicia.

Ese mundo pequeño de corazón y miserable fue antaño el adalid de una Carta que reconocía que todas las personas son iguales sin ningún tipo de discriminación ni diferencia. Que todas las personas tienen derechos iguales e inalienables a ser libres y a ser tratadas con dignidad. Una Carta que habla de fraternidad y de la gran familia humana. Que habla de los actos de barbarie ultrajante para la conciencia de la humanidad originados por el desconocimiento o el menosprecio de los derechos humanos. Que habla, en fin, del deber de todos los seres humanos de comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Pero el pasado 13 de febrero esta Declaración Universal volvió a recibir un duro golpe. Fue ultrajada por el organismo obligado a defenderla. La Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dio carta de legalidad a un atentado directo contra los derechos humanos, establecidos como universales hace más de setenta años. Una vez más, la legalidad de un tribunal con capacidad de refrendar leyes se ha puesto en frente de la legitimidad de unos derechos que, por ser universales, competen a todos los seres humanos, olvidando que su mayor misión ha de ser, en cualquier momento y circunstancia, garantizar el cumplimiento de esa Carta Magna. Olvidando que toda persona tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad.

Las devoluciones en caliente niegan por principio el derecho de amparo y auxilio. Olvidan que por más que se intente frenar el legítimo derecho a buscar un lugar donde vivir en paz, lejos del hambre, del miedo, la persecución… no hay barrera que lo detenga. El Tribunal de Estrasburgo avala una Europa cada vez más alejada de aquélla que un día soñó con liderar la conquista de la universalización de los derechos. Y, al igual que las concertinas, las balas, los perros de presa o el mar con sus correlatos de sufrimiento y muerte no son capaces de detener a los que huyen de la miseria, tampoco la legalización de las devoluciones en caliente servirá como medida disuasoria. A quien nada tiene salvo la esperanza de encontrar un lugar donde vivir en paz no hay amenaza que pueda detenerla. Legalizar las devoluciones en caliente solo supone una intensificación del sufrimiento y la indefensión. Un acto de crueldad poco propio de quien tiene como obligación la salvaguarda de los principios emanados de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo broche final sostiene que nadie, Estado, grupo o persona, tiene derecho a “emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendentes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración”. Quizás las diecisiete personas que han dictaminado la legalidad de las devoluciones deberían repasar los artículos contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.