LA ZURDA

La eutanasia

La libertad no parece que case bien con la derecha ideológica en este país. Pasó con la ley de divorcio, con el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, con el derecho a sentir pertenencia a un sexo que nada o poco tiene que ver con el que, aparentemente, se nace… y, ahora, con el derecho a decidir sobre la propia muerte, esto es, la eutanasia, mejor denominada muerte digna. Y es esto, lo de la dignidad, lo que conviene resaltar. Porque, en realidad y en el fondo, de lo que se está hablando es precisamente de dignidad. De reconocimiento de la dignidad para morir. Porque hasta para morir el ser humano tiene derecho a ser respetado en su dignidad y tiene, por consiguiente, derecho a que los poderes públicos reconozcan su derecho a decidir.

El sentido de la libertad, para esta derecha que se siente tan cómoda controlando la de los demás, está ligado a un concepto economicista de la misma, un concepto que nada tiene que ver con la defensa de derechos humanos y menos con lo que implica de progreso humano. Así, desde sus escaños parlamentarios unos y desde la calle otros, defenderán la libertad de elección del centro educativo - que no es sino una defensa recubierta de términos que no parece serles propios, con un objetivo no declarado: convertir la enseñanza en un negocio lucrativo-, tratando de equiparar la enseñanza pública con la privada. O de centro sanitario, que va por los mismos derroteros. Por eso, aunque no debería resultar extraño que los argumentos esgrimidos contra esta ley tanto tiempo esperada se hayan centrado en razonamientos economicistas, resulta especialmente escandaloso el cinismo de la exposición.

Cuando aún la sombra de los recortes presupuestarios que cayeron sobre otros dos derechos fundamentales, la educación y la sanidad, planea sobre la sociedad española, ha resultado especialmente inquietante escuchar como argumento principal contra la dignidad del morir precisamente aquél en el que tan bien parecen sentirse y con tanto empeño y ardor ejecutan. No, la dignidad no es cuestión de presupuestos.

Hablar de muerte digna es hablar de libertad, es hablar de derechos humanos, es hablar del reconocimiento que nos asiste como individuos a tomar decisiones sobre nosotras y nosotros mismas. Y una decisión trascendental es ésta que ahora va a ser debatida para su aprobación acerca del derecho a decidir el momento de nuestra muerte.

Como con la ley del divorcio o la de la interrupción voluntaria del embarazo o la del matrimonio entre personas del mismo género, la ley no obliga. La ley reconoce. Hay una gran diferencia entre la obligatoriedad de un cumplimento legal y el reconocimiento de un derecho asegurado por ley que despenaliza su práctica. Parecería que este principio elemental cuesta ser entendido por algunos sectores ciudadanos, pero en realidad no es así: es tan solo la búsqueda de estrategias para evitar el reconocimiento de mayor libertad. Luego, estos sectores que tan furibundamente se oponen hoy, también la incorporarán a su acervo vital. Así pasó con las anteriores y la historia tiende a repetirse.

Un derecho largamente reclamado por amplios sectores sociales, un pulso que, al fin, parece haber sido ganado.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.