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La enfermedad es la homofobia

Con cierta frecuencia, casi obsesiva, el rechazo al diferente por orientación sexual reaparece en nuestras sociedades especialmente por aquellos que presentan una obsesión casi enfermiza por la sexualidad y su manejo aunque su propia sexualidad se aleje por completo de la normalidad.

Uno de los últimos ejemplos: la portavoz de Vox en la Comunidad de Madrid, Rocio Monasterio, junto con otros diputados de este partido y algunos miembros más de entidades conservadoras (organizaciones pro vida, Hazte oir, Jaime Mayor Oreja, etc.), desarrollaron un manifiesto que se cristalizó en la denominada Plataforma por las libertades en el que apelaban a la “libertad” para llevar a terapia a los hijos gays.

En el manifiesto se lamenta que no puedan desarrollarse “tratamientos para revertir el sexo hacia la heterosexualidad”, se habla de “derecho a la autonomía del paciente y a la libertad individual ante leyes que prohíben someterse a una terapia de reorientación de la inclinación sexual cuando trata de revertirla a la heterosexualidad, incluso si esa fuera la voluntad de la persona y la solicita, además se sanciona al profesional que se preste a ayudarle en su legitima pretensión”. Es decir se pide que se recuperen las llamadas terapias de conversión. Así mismo, hablan de que estas prohibiciones tratan de imponer una ideología implacable y anticientífica que atenta contra la libertad de los ciudadanos.

Estas manifestaciones son la verdadera enfermedad y reflejan, además, la comisión de un delito: el delito de homofobia; una enfermedad real mientras que no lo es la supuesta enfermedad de la “desviación sexual” que sustenta este tipo de afirmaciones que además nos hacen retroceder en el tiempo peligrosamente y vulnera los derechos humanos elementales y nuestros principios constitucionales.

La homofobia es la verdadera enfermedad y no la homosexualidad o la bisexualidad o el lesbianismos, no ser capaz de aceptar las diferencias y verlas como algo que nos enriquece es lo que, sin duda hay que combatir, los que rechazan presentan una rigidez enfermiza cometiendo infames de rechazo y discriminación que vulneran los derechos humanos.

Vagos, maleantes, pecadores o enfermos han sido algunas de las apelaciones más usadas para justificar lo injustificable, y recurrentemente se sigue insistiendo en tratar de argumentar y justificar la homofobia llegando a plantear supuestas terapias de conversión o similares que vienen a darle continuidad a las descargas electicas o las lobotomías del pasado. En muchos países la orientación sexual puede ser motivo también de persecución y de asesinato o encarcelamiento.

Desde 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) eliminó la homosexualidad del Manual de diagnóstico de los trastornos mentales (DSM), y urgió a rechazar todo legislación discriminatoria contra gays y lesbianas. También, después, la Organización mundial de la Salud excluyó la homosexualidad de las Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros problemas de Salud. Ambas decisiones se basaron en una revisión de la producción científica existente. Sin embargo, hay quien sigue insistiendo de manera obsesiva y enfermiza en mantener bajo control la sexualidad y patologizarla.

A pesar de ello se persiste en hablar de tratamientos que prometen “curar” la homosexualidad con las llamadas “terapias de conversión”. En España las organizaciones colegiales de Psicólogos han manifestado reiteradamente estar de acuerdo con la APA señalando del todo inadmisible (por ej. 2009) que los profesionales de la salud mental indicaran, instaran o hicieran creer a sus pacientes que es posible modificar su orientación sexual mediante algún tipo de intervención terapéutica o tratamiento.

Hay más de 83 estudios que avalan esta posición acerca del cambio de orientación sexual concluyendo con rotundidad que no existe ninguna evidencia científica de que una persona homosexual pueda dejar de serlo, más bien todo lo contrario, los fallidos esfuerzos por conseguirlo suelen derivar en problemas de ansiedad, depresión o suicidio. Con frecuencia lo que se produce es presiones del entorno para la asistencia a estas “terapias” que no lo son y un fuerte rechazo a su orientación sexual.

Considerar la homosexualidad u otra orientación sexual como una enfermedad mental o un pecado es el principal problema y puede causar otros problemas pudiendo favorecer la génesis de conflictos internos, como la homofobia interiorizada que coloca a quienes lo sufren en una situación de mayor vulnerabilidad frente a quien promueven soluciones falsas, milagrosas, ineficaces e inventadas o defendidas desde prejuicios ideológicos inasumibles en una sociedad moderna. Hay que intervenir si para la aceptación de la homosexualidad como forma de eliminar conflictos internos, de manera que las personas vivan integrando su orientación de manera asertiva. Hay que intervenir también combatiendo la verdadera enfermedad: la homofobia de los que defienden estas ideas que son el verdadero delito y enfermedad a combatir.

En nuestro país a personajes infames como Aquilino Polaino en el terreno de tratar de etiquetar la sexualidad clasificando como enfermedad lo inclasificable encontramos a psiquiatras ligados al franquismo como López Ibor y su betseller "el libro de la vida sexual" que ya hablaba del buen y verdadero español siguiendo las aportaciones de su mentor Vallejo Nájera que defendía abiertamente la eugenesia de la raza hispana como postula uno de su libros lamentablemente poco conocido en nuestro país.

Iglesia y falsa ciencia han caminado de la mano históricamente para controlar la sexualidad de manera tan obsesiva como irracional.

Hoy sabemos incluso que la sexualidad no es ni de lejos una estructura de blancos y negros o de solo dos situaciones o géneros: masculino y femenino y que es mucho más adecuado considerarla como un continuo en el que cada persona se sitúa en función de sus circunstancias y del contexto.

Doctor en psicología, presidente de la Fundación Psicología sin Fronteras, vocal del colegio oficial de psicólogos de Madrid en intervención social y emergencias. Trabaja en la actualidad en el Ayuntamiento de Getafe en el área de salud, consumo y adicciones, con más de 15 años de experiencia docente en diferentes universidades y con varios libros y artículos.