LA ZURDA

Consumidores consumidos

Se conoce como “Viernes negro” (en inglés “Black Friday”) al día que se abre la veda para las compras de Navidad. El pistoletazo de salida para invitarle a gastar, gastar y gastar. En unas fiestas donde se celebra el gasto por encima de cualquier otra cosa.

Se supone que el viernes negro es un día “especial” porque los precios caen. En Estados Unidos se celebra inmediatamente después del día de Acción de Gracias, o sea, el día siguiente al cuarto jueves del mes de noviembre. El nombre proviene de Filadelfia, porque hace referencia a ese día posterior a la fiesta nacional de Acción de Gracias, pues se producía tal caos en el tráfico que las calles se hacían intransitables. Empezó a denominarse así en la década de los sesenta, hasta que en 1975 el nombre estaba ya totalmente asumido.

Posteriormente, el término “negro” comenzó a usarse porque las cuentas de los comercios pasaban de estar en “números rojos” a “números negros” gracias al superávit. Nada tiene que ver, como ya se ha desmentido, el hecho de utilizar el término con la venta de esclavos.

En España ha comenzado a “celebrarse” hace relativamente poco. Alrededor del año 2013 se puso de moda y desde entonces se realizan estas ofertas especiales durante un fin de semana, incluso una semana completa. Fue la crisis quien le abrió la puerta a esta manera de compra casi compulsiva.

Y precisamente como crítica a esta manera de apelar al consumo sin medida, sin sentido, y a veces incluso engañando a los consumidores haciéndoles creer que están pudiendo comprar productos a precios rentables (cuando en realidad, se podrían encontrar muestras de las subidas previas de los precios para dar esa sensación de rebaja), surgen iniciativas como la que hace más de 25 años viene celebrándose: el Día sin Compras.

Es Ecologistas en Acción quien abandera esta iniciativa. Consiste en que el 23 de noviembre se aprovecha para señalar y denunciar al modelo de consumo insostenible que precisamente promueven modas como el Black Friday. Este año, concretamente, se apela a los consumidores para que recapaciten y se pregunten si el consumo les hace más felices. Además, se aportan propuestas alternativas de consumo que, realmente, pueden incidir en el bienestar de los consumidores. Un momento para cuestionarse qué es lo que realmente nos aporta satisfacción, que no es otra cosa que las relaciones sociales, los momentos relajados que permiten el disfrute de la compañía de los otros, y poder adquirir aquellas cuestiones que son realmente necesarias.

De esta manera, precisamente en el momento en que el consumo atroz viene promovido a bombo y platillo por todas partes, es necesaria la reflexión que nos hace recapacitar sobre el sistema en el que nos encontramos en muchas ocasiones atrapados. La obsolescencia programada de la mayoría de los productos que adquirimos es una muestra de nuestra situación: atrapados en una rueda que simplemente nos permite reponer. Sin fin. Sin pararnos a pensar en todo lo que conlleva el hecho de adquirir productos de dudosa calidad, producidos de manera cuestionable (al menos), y que normalmente serán desechados sin atender tampoco a las consecuencias medioambientales que esto supone.

En definitiva, no se trata tanto de tener más sino de “tener mejor”, aquello que realmente nos suponga una mejora de nuestra calidad de vida, sin olvidar que lo más importante es la sostenibilidad en todos los sentidos: económica, ecológica y por supuesto, social. Difícil reflexión en estos tiempos donde la velocidad no permite pararse a saborear lo efímero.

Abogada.