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Elecciones en Argentina: un freno a la ultraderecha y una incógnita sobre el futuro de su economía


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La primera vuelta electoral de la elección presidencial de Argentina expresó un rechazo mayoritario a la ultraderecha representada por el candidato emergente del movimiento “La Libertad Avanza”, Javier Milei, y el posicionamiento como primera fuerza política para la confrontación en el ballotage del próximo 19 de noviembre del aspirante oficialista Sergio Massa, actual ministro de Economía.

La figura de Milei surgió desde los medios y en poco tiempo congregó la atención general con su propuesta adoptada de la agrupación Vox de España, consistente en terminar con “la casta”, denominación que atribuye a todos los políticos del sistema sin distinción de ideologías; suprimir el Banco Central y la moneda local para así dolarizar la economía y terminar con la inflación; cortar drásticamente el gasto público para eliminar el déficit fiscal y bajar rápidamente todos los impuestos, en particular los que afectan a los ingresos y el patrimonio. Milei es un economista de estilo irreverente que proclama a la vez su sentimiento anarquista, responsabilizando al Estado de todos los males, y libertario, en este caso con clara inscripción en la ortodoxia económica monetarista.

Massa, por el contrario, se propone como un hombre más moderado y sensato, proclive a un gobierno de concertación y unidad nacional para así reordenar la economía, evitar el ajuste y con ello proteger a los sectores populares. Y eso lo promete proviniendo del partido peronista gobernante, por lo que ya hoy debe lidiar con una situación económica crítica, en el marco del estancamiento productivo y una elevada inflación (superior al 140% anual y con tasas mensuales de dos dígitos que proyectan una aceleración al 300% anual, seguramente entre las mayores del mundo), con dramática escasez de divisas, situación que obliga a caminar por el borde del abismo, con riesgo de un nuevo default de la deuda pública externa, padeciendo evidentes carencias de insumos y materiales críticos importados.

Esta escasez se expresa en industrias casi paralizadas, como la automotriz, con plantas terminales sin materiales suficientes, falta de combustibles refinados con largas colas en las estaciones de servicio y listas de espera para intervenciones quirúrgicas y estudios médicos por carencias de instrumental de todo tipo, incluyendo cirugías, tratamientos cardiovasculares o audífonos.

Detrás de estos dos candidatos, Massa y Milei, que obtuvieron los primeros lugares en la primera vuelta electoral con el 37% y 30% de votos, respectivamente, quedó descartada la coalición “Cambiemos”, que reunió un grupo heterogéneo representado por la unión del centro de derecha del partido conservador Pro, liderado por el ex presidente Mauricio Macri y su candidata Patricia Bulrich, y la centro izquierda del partido Unión Cívica Radical, de expresa orientación socialdemócrata.

Esta agrupación “cambiemita” entró inmediatamente en crisis luego de las elecciones, expresando el disenso latente entre aquél grupo conservador que ya se inclinó por un apoyo explícito al ultra derechista Milei y el radicalismo, que lo rechaza por su postura fascista, antisistema democrático de partidos políticos, su reivindicación de los gobiernos militares de facto, amén de su inestabilidad emocional que lo emparenta con otros ultra derechistas latinoamericanos extravagantes, como el ex presidente Jair Bolsonaro de Brasil.

UNA APROXIMACION A LAS CAUSAS

En Argentina existen en la población más aún que en otras regiones del mundo sentimientos amplios y controvertidos. En la superficie encontramos la desazón por largos años de estancamiento económico, enorme aumento de la inflación y las secuelas de esos fenómenos expresadas en el aumento del desempleo, la marginalidad y la pobreza. Los índices son dramáticamente significativos: en este siglo cayó el ingreso per cápita en términos reales, la pobreza superó el 40% de la población cuando hace cincuenta años no llegaba al 10%, siendo este último porcentaje el que corresponde hoy a la “indigencia” (en rigor 12%), como señalador del sector de quiénes no llegan a cubrir siquiera su alimentación básica.

Por otro lado, existe un fuerte sentimiento de escepticismo y hasta decepción con la política tradicional por su vinculación con actos corruptos. En ese aspecto los últimos gobiernos, y en particular los del período de la familia Kirchner, se han visto envueltos en sucesivos escándalos, algunos de fuerte tenor por los ingentes montos involucrados, otros por su marcado descaro. Así aparecieron en la memoria colectiva el caso de “los bolsos del convento”, referido a un ex secretario de obras públicas que fue prendido por la policía arrojando bolsas de dólares por un total de casi diez millones en efectivo, a través de un muro para su recolección por unas monjas de su confianza, seguramente para escondite frente a alguna amenaza de persecución; el de la rutas en la Patagonia argentina a construir pagadas y nunca ejecutadas por un ex empleado bancario reconvertido en empresario, en virtud de su manifiesta amistad con el poder -quizás por ello sospechado también de “testaferro”-; el de una financiera “paralela” que contabilizaba divisas para su remesa al exterior vinculada a funcionarios públicos; el de los cuadernos llevados a mano por un ex chofer ministerial que da cuenta del trasiego de millones en comisiones por distintos actos de gobierno (licitaciones, contratos, etc.); el de obras de vialidad con pagos de sobornos a funcionarios que compromete con una condena judicial que todavía sigue bajo apelación a la propia ex presidenta y hoy vicepresidenta de la República.

Más recientemente las redes (“Tic Toc”, “X”) y la prensa televisiva dieron cuenta de dos casos cuasi grotescos, uno el de una modelo paseando en yate en Marbella con un intendente y fugaz ministro provincial, quien supuestamente desde su juventud solo cobró sueldos como funcionario público, el otro el de un ordenanza de la legislatura provincial de Buenos Aires, la más importante luego de la nacional, que juntaba dinero en efectivo en cajeros bancarios automáticos con tarjetas de sueldo de supuestos empleados de ese organismo, que en general no lo eran y ni siquiera sabían del uso de sus identidades a tales fines, beneficiando a cambio a los legisladores de todas las bancadas.

Esta situación que obviamente significa una visión crítica hacia los sucesivos gobiernos, identificados como “casta”, es decir, las caras visibles de la política, las que efectivamente muchas veces piensan antes en sus propios intereses que en el interés general, prendió como un reguero de pólvora y alentó el surgimiento de la visión libertaria y anarquista a la vez.

Antes de este fenómeno parecía en primer análisis que era seguro que el mayor grupo opositor debía encauzar ese descontento y así vencer en las elecciones generales al partido gobernante. Pero, para ello, además de presentarse como “algo nuevo”, esa oposición debía explicar cómo habría de domar al potro de la economía, que debe superar su crisis del sector externo con alta inflación, enorme déficit fiscal a pesar de la elevada presión impositiva (más del 40% del PBI) y nulo crecimiento, en más el desasosiego que producen los indicadores sociales negativos. En otras palabras, explicar cómo superar la crisis económica sin un fuerte ajuste. Y, obviamente, nadie encontró la respuesta en términos del discurso apropiado.

Solo Milei encarnó la protesta ciega, la que echa culpas sin pensar en detalle en el futuro, la respuesta fanática y hasta suicida para los sectores populares que no podrían sustentarse sin la ayuda social que él propugna eliminar.

Y a diferencia de otros países de América Latina, el sistema de ayuda social y de compensación de la pobreza en la Argentina, aunque claramente insuficiente resulta de amplia extensión. Con una población de 45 millones de habitantes, encontramos unos diez millones de pasivos bajo el sistema estatal de pensiones, y tres millones de grupos familiares, equivalentes a doce millones de personas, que son receptores de subsidios (a los hijos en edad escolar, a los neonatos, a los jefes de familia, etc.), amén de bolsas alimentarias y otros beneficios. Este conjunto se suma al millón y medio de empleados públicos estatales nacionales, provinciales y municipales, para comprender a más del 60% de la población que con distintos derechos y alcances vive de ingresos que provee el Estado. Para este conjunto, las propuestas de recorte de beneficios y gastos del Estado, además de las de ajuste económico en general, representan una auténtica amenaza.

Argentina cuenta además con sistemas de salud y educación públicas de alcance universal desde fines del siglo XIX, es decir, incluso de manera previa a su instalación en muchas naciones europeas, los que hoy a pesar de sus serias deficiencias tienen cobertura amplia e irrestricta, lo cual también parecía estar bajo amenaza por un “ajuste” fiscal.

Mayor todavía resultaba esa amenaza a nivel del inconsciente colectivo cuando el ajuste implicará tarde o temprano un aumento de tarifas y precios de los servicios públicos y los combustibles, es decir, del transporte, la luz, el gas, las naftas, etc., actualmente sujetos a controles y con fuertes retrasos respecto de sus costos efectivos de provisión en base a fuertes subsidios públicos. Esos subsidios se estiman en conjunto en no menos de tres puntos del PBI, es decir, superiores al nivel del déficit fiscal hoy vigente, cuyo resultado final todavía no se conoce en virtud de las medidas populares adoptadas poco antes de las elecciones por el candidato y ministro de economía Sergio Massa, y que se estima en no menos de 2,5% del PBI.

Muy acertado, además, pareció el candidato oficialista Massa al esconder su pertenencia al gobierno actual (“este no es mi gobierno declaró”) y, al mismo tiempo, destacar que con las propuestas extremas de la oposición esos precios y tarifas se multiplicarían hasta diez veces de imponerse el criterio realista del ajuste.

Es decir, que el electorado fue sometido a dos tensiones en sus sentimientos, de un lado el descontento por la situación económica general, la corrupción y la visión de una “casta política” que no mira el interés general sino el propio, del otro lado el temor a una pérdida de derechos y beneficios que no por ser excesivos para la capacidad económica del país dejan de ser necesarios y hasta imprescindibles en muchos casos.

La moderación del grupo “cambiemos”, supuestamente centrista al compensar las ideas de un lado y otro entre conservadores y radicales, terminó por perder espacio en esa confrontación, máxime cuando en la interna previa a la elección general, es decir, en las primarias también obligatorias y abiertas, consagró a la precandidata Patricia Bulrich, conservadora a ultranza frente al otro precandidato más flexible y componedor -más allá incluso de su frente partidario-, Horacio Rodríguez Larreta.

Así el electorado terminó consagrando como sus opciones a los otros dos, a Massa mayoritariamente, arrastrando muy posiblemente votos de radicales no conservadores, y a Milei haciendo lo propio con la derecha más conservadora.

UNA OPCION DE HIERRO

La próxima elección, es decir, el ballotage del 19 de noviembre venidero, significa para más de un tercio de la población que no votó ni a Massa ni a Milei una opción de hierro entre el salto al vacío de un cuasi fascista extravagante apenas suavizado por el “coaching” del conservador ex presidente Macri, y el representante de un gobierno peronista fracasado pero que se ofrece como prenda de paz y concertación en base a un posible gobierno de unidad nacional.

Frente a ello un tercero, la Unión Cívica Radical, es cada día más explícito: ningún partidario que se precie puede votar a Milei y, además, debe hacerse lo posible para que no sea consagrado en la elección final. Del otro lado, Macri apuesta todo su caudal para lo que él llama la “única opción posible”, haciendo todo lo que está su alcance para que Milei gane.

Las probabilidades hoy están del lado de Massa. En efecto, la ultraderecha debería conquistar todo el voto conservador sin excepciones y parte del voto moderado para obtener los veinte puntos que le faltaron a Milei en primera vuelta. El recorrido de Massa es más corto, y además ya tiene el impulso objetivo de su condición de “poleman”.

Ahora bien, asimismo, la pregunta que cabe es qué puede suceder el día después, tanto en materia política como económica.

En lo político Massa es un gran negociador, hábil, aunque con pases de magia muy visibles, al punto que la propia Cristina Kirchner lo calificó en un acto público en medio de sonrisas de “fullero”. Por este motivo es más que probable que aquellos acuerdos de gobernanza que los partidos de centro y centro izquierda alcancen con Massa se limitarían a apoyos parlamentarios antes que a compromisos de cogobierno, tanto por temor al incumplimiento de tales acuerdos como por el miedo a la cooptación, que les restaría toda perspectiva futura.

En cambio, el sector conservador, ahora controlado por los ultras, apostaría a ser el gran opositor y eventualmente a recolectar los beneficios del siempre posible fracaso de todo intento de corrección de la economía, por buenas que fueran sus intenciones.

El modelo que Massa ha explicitado se refiere antes al largo plazo que a la coyuntura. En este último punto no se sabe cómo hará para enfrentar la escasez de divisas, la inflación y el costo social del ajuste. Al momento solo anuncia de manera enfática su apuesta a lo que llamamos la economía extractiva, al aumento de la producción y exportación de a) combustibles en base a las reservas de “shale-oil” ya descubiertas de la región denominada “vaca muerta” y a aquéllas en plena exploración con resultados prometedores en el Mar Argentino; b) del litio contando con la tercera reserva mundial después de las de Estados Unidos y Bolivia; c) a las posibilidades de producción de hidrógeno verde en la Patagonia, entre las nuevas alternativas más destacadas amén de d) la conocida producción y exportación argentina de cereales y oleaginosas, además de carnes y otros productos alimenticios.

Al mismo tiempo, Massa propone un regreso al viejo modelo industrial proteccionista que tuvo su auge en la Argentina y en toda la América Latina de la segunda mitad del siglo XX hasta fines de los 80s. En ese aspecto no es claro cuál podrá ser el impulso que efectivamente alcance ese sector productivo en la Argentina. Solo cabe inducir que dado el apoyo del presidente Lula da Silva de Brasil a Sergio Massa, el Mercosur podría constituirse en una renovada zona de libre comercio para acrecentar el mercado regional protegido.

El problema en rigor lo encontramos en el corto plazo. A pesar de la escasez de reservas, que en términos netos (disponibilidades menos compromisos de corto plazo) son negativas en más de USD 10 mil millones, el nivel de la deuda externa argentina no es tan elevado en relación al PBI (menos del 30%). El problema es la concentración de sus vencimientos en los próximos cinco años, de los cuales al menos cuatro caerán bajo la responsabilidad del próximo presidente. Y a su vez, otro problema es que la deuda se reparte entre bonos ya emitidos y refinanciados dos veces, la última en 2020 en plena pandemia del Covid-19, y el FMI que impone condiciones cuasi ortodoxas para un pronto ajuste fiscal y de balanza de pagos.

Por otra parte, el persistente control de cambios impide de hecho el ingreso de capitales, ya que existe una brecha superior al 100% entre el tipo oficial y el de mercado, expresado éste en los valores en dólares de los bonos argentinos emitidos en moneda extranjera. ¿Quién trae un dólar para invertir por el mercado de cambios oficial si una vez ingresado vale la mitad? Y una reunificación cambiaria con liberación del mercado como posible salida implicará un “golpe inflacionario” abrupto.

En tanto, el control del gasto fiscal con aquellas exigencias de subsidios antes descriptas tampoco se presenta sencillo. Y sin crecimiento económico los ingresos por sí solos no aumentan en términos reales. Tendremos solamente lo que pudiera dar de sí el modelo extractivista en el corto plazo como adicional en virtud de los derechos de exportación que se perciben por los combustibles, los minerales y los granos.

El gobierno ‘massista’ seguramente atacará los gravámenes patrimoniales como vía alternativa a las limitaciones objetivas para obtener mayores recursos de las corrientes de ingresos de personas y empresas (máxime si en el corto plazo se encuentran estancados), pero, aun así, esto solo resultaría insuficiente para compensar los actuales niveles de gasto y déficit públicos.

La disyuntiva futura será, entonces, por un lado si el gobierno con el poder moral de su triunfo electoral puede encarar exitosamente la promesa de corrección económica sin mayor costo social, por otro lado, y ante un posible fracaso, quién lidera el beneficio político de no ser responsable del mismo dentro de la oposición, y eventualmente cómo se reorganizan sus distintos sectores, los de la derecha ultra y moderada y los de centro izquierda e izquierda moderada que no se alíen a pleno con el gobierno.

Todo esto bajo el supuesto del triunfo de Massa, que siendo lo más probable deberá superar para su concreción una elección que promete ser ajustada, sobre todo por las dificultades ya evidentes en el día a día de los argentinos, esperando turno para exámenes médicos, haciendo colas para cargar combustible los que tienen automóvil o dan servicios de transporte, sufriendo con las remarcaciones diarias en las “góndolas” de los supermercados y, también, con los faltantes de productos, viendo cada día más lejano el tradicional bife que hasta ayer reinaba en las mesas argentinas.

 

Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.