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Las neotradiciones como motores culturales nacionalizadores. El caso catalán

El caso catalán Las culturas populares que antaño informaban las sociedades europeas desaparecieron en el siglo XVIII, víctimas del empuje de la Ilustración. En términos antropológicos, la “culture populaire” hubo de ceder el paso a la “culture savante”. En palabras del historiador Peter Burke (1), “En 1500 la cultura popular era una cultura de todos; una segunda cultura para los más instruidos, y la única para el resto. Sin embargo, en 1800 y en la mayor parte de Europa, el clero, la nobleza, los mercaderes, los de profesiones liberales —y las esposas de todos ellos— habían abandonado la cultura de las clases más bajas, de los que estaban separados —ahora más que nunca— por profundas diferencias en cuanto a la visión que tenían del mundo”. La antigua cultura popular perdió todo su prestigio, y pronto desapareció por el sumidero de la Historia.

Pero no solo las clases trabajadoras rurales y urbanas perdieron sus antiguas señas de identidad cultural, también la naciente burguesía quedó huérfana de esa clase de referentes. Es por ello que en el momento de su triunfo, en el último tercio del siglo XIX, la burguesía se lanza a la creación entre otros elementos referenciales, de señas de identidad cultural propias, fabricando de modo consciente neotradiciones que funcionen como elementos legitimadores de su hegemonía y generadores de consenso social en torno a sus intereses. En su imprescindible La invención de la tradición (2), Eric Hobsbawm explica que el noventa por ciento de las consideradas como más antiguas tradiciones europeas vigentes fueron en realidad inventadas entre la guerra franco-prusiana (1870) y el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914). En el mejor de los casos pues, esas tradiciones tienen apenas siglo y medio de existencia. A esa regla no escapa casi ninguna de las más acendradas señas de identidad culturales de nuestras colectividades nacionales: las corridas de toros por ejemplo tal como las conocemos hoy, se remontan apenas a los años finales del siglo XIX. El baile y el cante flamencos son manifestaciones artísticas originadas a caballo entre los siglos XIX y XX, en tanto las jotas aragonesas son algo más antiguas, ya que se conocen desde mediados del siglo XIX. Algo tan presuntamente tradicional y antiguo como la típica bata de cola andaluza es una creación de los años veinte del siglo pasado, destinada a ser lucida durante los eventos de la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929).

En Catalunya todo es mucho más reciente todavía. A principios del siglo XX, un colaborador del eminente folklorista Joan Amades se escandalizaba de que se pretendiera elevar la sardana a la categoría de “danza nacional de Catalunya”, por considerarla un baile solo conocido en algunas poblaciones rurales de la Catalunya profunda, sin presencia en la Catalunya Nova ni en las ciudades. Los famosos “castells” comenzaron a levantarse públicamente a finales del siglo XIX, y solo en algunas poblaciones de Tarragona; fue en los años de paz de la Segunda República (1931-1935) cuando en plena fabricación del repertorio de la cultura popular catalana que conocemos hoy, los “castells” y los “castellers” que los levantan se convirtieron en un fenómeno de masas. El artífice de tal transformación fue Ventura Gassol, consejero de Cultura en los gobiernos de Macià y de Companys, quien diseñó y puso en circulación el canon de la cultura tradicional popular catalana que conocemos hoy día, invirtiendo en su popularización importantes recursos de todo tipo incluidos desde luego los económicos. Hay que reconocer el enorme éxito alcanzado por esa empresa de cariz eminentemente político, que en el contexto ideológico del neoruralismo nacionalista (recuerden “la caseta i l’hortet” que el presidente Francesc Macià prometía a los obreros y a la pequeña burguesía) y el pretendido retorno a la Catalunya Plena (es decir, a un pasado mítico lleno de esplendores soñados), potenciaba referentes inspirados en el mundo anterior a la Revolución Industrial: una Arcadia Feliz que en realidad nunca existió, pues Catalunya fue desde su formación un país agitado por duros conflictos de clase que dejaban poco o ningún espacio al bucolismo campestre.

Más tarde, durante la larga dictadura franquista la burguesía catalana mantuvo incólume su capacidad para continuar fabricando referentes de cultura popular. La fiesta de Sant Jordi con su regalo de libros y rosas por ejemplo, comenzó en fecha tan tardía como los años cincuenta del siglo XX, y creció y se desarrolló de modo rápido y sin ningún impedimento gubernativo; antes al contrario, era propagada desde medios oficiales como el noticiario NO-DO, donde era presentada como ejemplo de lo que era capaz de realizar “el culto e industrioso pueblo catalán” bajo el régimen de Franco.

Por lo demás, y una vez pasados los años de la inmediata posguerra, sardanas y “castells” volvieron a las matinales dominicales de infinidad de poblaciones rurales catalanas, y por primera vez se asomaron a las grandes ciudades como espectáculo de masas. En los años cincuenta y sesenta por ejemplo, los grandes almacenes Jorba de Barcelona patrocinaban la celebración de Aplecs de la Sardana que contaban con la participación de miles de personas, fiestas multitudinarias que se celebraban en plena Avenida Puerta del Ángel y eran anunciadas en la prensa de la época, contando con la benevolencia cuando no con el apoyo directo y la presencia de las autoridades franquistas locales. Un monumento a la Sardana se levantó en la montaña de Montjuïc, donde aún permanece. El papel de la Iglesia católica en esos años como paraguas bajo el que se desarrollaban infinidad de actividades de ese cariz, así como la edición de libros y revistas de carácter popular escritas en catalán, como la célebre publicación infantil Cavall Fort, fue de primer orden y desde luego compatible con su plena adhesión al régimen franquista mientras vivió el dictador. Contra lo que se comenzó a escribir a partir de la Transición, nada había en esa actitud de la jerarquía eclesiástica y de muchos curas catalanes que tuviera que ver ni remotamente con un espíritu de resistencia al Régimen.

La restauración de la democracia no frenó la producción de neotradiciones referentes de cultura popular catalana, antes al contrario, la aceleró de modo notable. Así, una vez desaparecida la dictadura y como competencia nacional a los Reyes Magos apareció el “Caga tió” navideño, que en origen procedía de algunos pueblos pirenaicos catalanes (y aragoneses), y no llega al Área Metropolitana de Barcelona hasta finales de los años setenta, con escaso éxito por cierto. En 1986, la Abadía de Montserrat reeditó en catalán el libro del significado folklorista Valeri Serra i Boldú “Festes i Tradicions populars de Catalunya” (3), una recopilación de artículos escritos por el autor en los años veinte en el que no se menciona la existencia de algo llamado “Caga tió” ni tan siquiera en medios rurales, presentándose la fiesta de los Reyes Magos como la única y antigua tradición catalana dedicada a hacer regalos a los niños. El “Caga tió” hubo de esperar a los años ochenta y noventa para triunfar en los hogares catalanes, lo que significativamente no consiguió hasta su adopción y propagación por el sistema educativo público catalán, convertido en su principal impulsor a partir de los primeros años ochenta.

Y en fin, la supuestamente antiquísima tradición de las “colles de diables” (grupos de diablos), cortejos disfrazados de demonios que queman cohetes y petardos en las calles durante las fiestas, se remonta a finales de los años setenta. La primera actuación de un grupo de “diables” que vi en mi vida fue en Barcelona, en un acto callejero del referéndum contra la permanencia de España en la OTAN (1986). Sin embargo, hoy hay numerosos políticos y “expertos culturales” que sostienen seriamente que se trata de una tradición de origen medieval.

Este falseamiento de la realidad ni es nuevo ni exclusivo de Catalunya o España, obviamente. El libro de Hobsbawm antes mencionado recoge una multitud de ejemplos provenientes de toda Europa y de otros continentes, algunos francamente curiosos y hasta divertidos. En última instancia las neotradiciones funcionan como elementos legitimadores del discurso nacionalista, que pretende a través de ellas demostrar la continuidad en el tiempo de algo tan moderno e incluso reciente en términos históricos como la identidad nacional. Por tanto son instrumentos muy útiles y ampliamente usados en la generación de identidad nacional en términos culturales.

La falsificación del pasado como apoyo para la elaboración de un relato justificativo del presente no se limita a fabricar manifestaciones folklóricas para consumo de las masas, ni es un método usado de modo privativo por los nacionalismos. Las élites dominantes en cualquier país recurren a ella de modo asiduo cuando necesitan relatos que legitimen su hegemonía en el presente. Más allá de las neotradiciones y la cultura popular, la propia “culture savante” es a menudo usada como instrumento de alienación colectiva en la creación de consensos políticos y sociales. A menudo los libros de texto escolares o las instalaciones museísticas, por poner solo dos ejemplos concretos aunque significativos, cumplen esa función de modo incluso ventajoso en comparación con la invención de manifestaciones culturales de carácter neotradicional, en franco declive en los últimos años ante el ímpetu avasallador de la moderna cultura popular de masas. Sin olvidar el papel de los medios de comunicación, sobre todo los audiovisuales, esenciales en la difusión de esta última: las fiestas del Club SuperTres que organiza TV3, la televisión oficial catalana, por ejemplo, movilizan cientos de miles de personas, frente a los escasos centenares que concurren a un “aplec” sardanista o los pocos miles que convoca una jornada “castellera” por significada que sea. Pero esa es ya otra historia, y merece otros abordajes.

NOTAS

(1) La cultura popular en la Europa moderna, Peter Burke. Alianza Editorial, Madrid, 1990.

(2) “La invención de la tradición”, Eric Hobsbawm y Terence Ranger (editores). Editorial Crítica. Barcelona, 2002.

(3) Festes i Tradicions populars de Catalunya, Valeri Serra i Boldú. Ed. Publicacions de l’Abadia de Montserrat. Barcelona, 1986.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

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