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El parlamento ante el esperpento de la ultraderecha


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(La moción de censura se repite, pero esta vez como farsa)

El grupo parlamentario de Vox ha presentado finalmente su segunda moción de censura al gobierno progresista del presidente Pedro Sánchez con Ramón Tamames como candidato independiente. El conocido economista y dirigente comunista en los últimos años del franquismo y durante la Transición, si bien ya es conocida su deriva cada vez más conservadora durante las décadas posteriores.

Una moción anunciada por razones de emergencia por la ultraderecha y sin embargo luego retrasada durante meses en busca del candidato independiente. El ahora candidato que cada día que pasa se muestra más distante de las posiciones de sus mentores y más convencido de que la candidatura es la oportunidad política que se le ha hurtado a lo largo de su vida. En todo caso, tanto la moción de censura como la novedad de un candidato independiente son totalmente legítimos y han de ser respetados como tales.

Es cierto que en la Constitución española la moción de censura tiene como objetivos, además de exigir la responsabilidad política al Gobierno en ejercicio y su adopción por mayoría absoluta, junto al de su sustitución por un gobierno alternativo. Es decir, la moción censura habría de tener un carácter constructivo y de continuidad. Sin embargo, tan solo la moción de censura por parte de Pedro Sánchez al presidente Mariano Rajoy ha coincidido dichas características. El resto de las mociones presentadas han sido utilizadas la mayoría como un procedimiento extremo de control parlamentario, cuando no instrumentalizadas, tanto en sus inicios bien para la consolidación del candidato como líder del partido en el periodo bipartidista, como más recientemente en el actual momento pluripartidista para la disputa de la estrategia y del liderazgo entre los partidos que compiten dentro del respectivo bloque progresista o conservador. Así, cada legislatura ha tenido su correspondiente, o como en este caso sus correspondientes mociones de censura.

La primera moción de censura de esta legislatura la presentó también la ultraderecha, pero lejos de sustituir o debilitar en sus inicios al gobierno de coalición, sin embargo le sirvió en bandeja a su competidor el PP de Casado como un marco solemne para marcar distancias, si bien más de imagen que con respecto a la estrategia de oposición de deslegitimación y desestabilización de la ultraderecha. Entonces, la moción dentro de la derecha que se volvió en contra de su autor.

El objetivo de esta segunda y posiblemente la última moción de la legislatura, según sus propios proponentes del grupo de Vox, sería sin embargo denunciar, después de varios meses desde su anuncio, la al parecer dramática y poco menos que insostenible situación económica, social, política e institucional de España para, en el muy improbable caso de lograr alcanzar el gobierno, disolver urgentemente las cámaras y adelantar las elecciones generales que de otra manera ya están previstas para diciembre de 2023.

En realidad, esta moción presentada por la ultraderecha, se dirige de nuevo a caracterizar al PP, su competidor en la derecha, como 'derechita cobarde' y cómplice de los progres, más que en contra del gobierno progresista. Una instrumentalización política de la moción de censura, como también personal del candidato. En este sentido, es significativo que diferencia de la primera en que Casado votó en contra, en esta ocasión el PP haya anunciado su abstención. Una calculada ambiguedad que confirma el tándem de la dirección de Núñez Feijóo con la estrategia populista de la ultraderecha, iniciado a partir de su apoyo al acuerdo para el gobierno de coalición en Castilla y León.

Sin embargo, más recientemente, y después de distintas declaraciones de Ramón Tamames en que sitúa su discurso en las antípodas de la ultraderecha y la derecha más dura con respecto a la inmigración, el cambio climático y la ilegalización de partidos, es más que dudoso que tan singular debate no se vuelva también como un boomerang contra la ultraderecha, sobre todo cuando añade otras valoraciones políticas más globales del candidato sobre el actual gobierno al que no considera como Vox el peor de la historia y al mostrar cierto aprecio por el actual presidente del gobierno, poniendo con ello en evidencia la impotencia y el cinismo de la ultraderecha.

En todo caso, la moción de del grupo parlamentario de Vox pretende confrontar una supuesta España originaria y a la generación de la Transición con el gobierno socialcomunista y con sus apoyos parlamentarios del nacionalismo y el independentismo.

Y de paso, lo que busca la ultraderecha es el deterioro de instituciones democráticas y de las que tienen una función mediadora (como los sindicatos los partidos y los movimientos sociales, sean feministas, ecologistas o de solidaridad), pero en particular pretende degradar aún más la función institucional representativa y de diálogo propia del Congreso de los diputados, de nuevo como de teatro de operaciones de las disputas, la confrontación y la polarización, agitando la imagen del ruido y la impotencia política ante los problemas reales de los ciudadanos.

En definitiva, las contradicciones entre el candidato y los proponentes así como la ambigüedad de la derecha son evidentes. El reto de los grupos parlamentarios de la mayoría es denunciarlas y al tiempo deslindar en el debate la legitimidad de la iniciativa y el debate generacional, con respecto al catastrofismo de la derecha. Si finalmente aciertan a hacerlo, la moción de censura se puede volver de nuevo contra sus promotores y sus cómplices. Porque la mejor manera de enfrentar el radicalismo es mediante la recuperación de una política moderada y de acuerdos que rompa el marco del enfrentamiento como espectáculo.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.