- El amante de lady Chatterley, 1928, David Herbert Lawrence -
Voy a empezar reconociendo que no es una de mis novelas favoritas, pero sí se merece recordarla hoy. Aunque solo sea por enfatizar la cultura del ofendidito, que tampoco la inventamos, de una sociedad británica muy escandalizable de puertas para afuera. No para dentro. Esta contraposición entre las clases altas, estéticas, educadas, bucólicas, apacibles y con perfecto y (aparente) control de las emociones se encarna en lady Chatterley, Constanza para los amigos, una joven casada de solo 23 años y de familia burguesa intelectual con ínfulas artísticas aburrida de un marido parapléjico y frío, Cliffort, este sí de sangre aristócrata, que le propone echarse un amante para tener heredero, pero como al amor no se encarga, ella, lo que es la naturaleza humana, se echa a los vigorosos brazos del guardabosques de sus tierras, Oliver Mellors, de clase obrera y sangre ardiente, pero con ciertos gustos finos, incluso literarios, que encarna la Inglaterra pujante en la nueva era de la industrialización pragmática poco dada ya a las finezas etéreas de aristócratas en clara retirada. Ella ya había probado el disfrute carnal con el dramaturgo Michaelis, pero la dejó in albis, así decide a quién regalar sus besos y abrazos sin mirar su condición social.