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¿Qué podemos hacer para alejar a los epidemiólogos de las televisiones?


  • Escrito por Ildefonso Hernández Aguado y Salvador Peiró
  • Publicado en Medicina + Salud
Shutterstock / sheff Shutterstock / sheff

No cabe duda de que la pandemia ha sido un curso acelerado en salud pública para el conjunto de la población. Hasta hemos visto salir a luz el epidemiólogo que todos los tertulianos televisivos llevaban dormido dentro. Y pese ello, o quizás por ello, aún no está claro de qué hablamos cuando hablamos de salud pública.

Tal vez valga la pena recordar el preámbulo de la Ley General de Salud Pública:

“Los dispositivos de salud pública, especializados en la salud de la colectividad, vigilan el estado de salud de la población y sus determinantes, advirtiendo de las potenciales ganancias en salud de diferentes políticas o intervenciones; responden a las amenazas sobre la salud de la población y a las crisis sanitarias; implantan acciones en las áreas de protección de la salud, mediante la prevención de los efectos negativos de diversos elementos del entorno tales como la sanidad ambiental, la salud laboral, la seguridad alimentaria o la sanidad exterior; en el área de promoción de la salud, contribuyen a capacitar a la ciudadanía para adoptar de forma informada y libre aquellas decisiones que mejor sirvan a su salud y bienestar; y en el área de la prevención de la enfermedad y de las lesiones, mediante vacunaciones y otras intervenciones poblacionales”.

Con el decaimiento del estado de alarma, las estrategias clave a tener presentes son la vacunación a alto ritmo; un enérgico testado-rastreo-aislamiento; la ventilación de interiores; y las medidas de prevención individual y control de aforos.

Todas ellas entran en el acervo científico y profesional de la salud pública, esa área de la actuación sanitaria en permanente invisibilidad salvo cuando las cosas van muy mal. Ver epidemiólogos en televisión suele ser mala noticia.

Una salud pública acorde a los tiempos que corren

Los lamentos por la falta de preparación y el descuido sistemático de la salud pública se suceden. Pero también se multiplican las acciones y llamamientos que buscan disponer de una salud pública acorde a los tiempos. Con los retos presentes y los futuros. Que aprenda de sus aciertos y sus errores.

Países supuestamente cuidadosos con sus sistemas de salud pública como Canadá o Reino Unido están ya revisando críticamente su capacidad de respuesta. En el segundo caso ha sido muy llamativo el infructuoso dispendio al crear de la nada y mediante contratación externa un sistema de rastreo. Incluso en Nueva Zelanda, ejemplo de gestión de la pandemia, hay propuestas basadas en corregir los errores observados.

En lo que respecta a España, ¿nos hemos tomado en serio el refuerzo de las capacidades de los dispositivos de salud pública? ¿Existe una estrategia de recursos humanos para afrontar tanto la grave crisis actual como las futuras? ¿Tenemos suficiente capacidad para una monitorización epidemiológica/virológica/clínica y de control de brotes (sobre todo de brotes extensos) mediante identificación, rastreo y aislamiento?

Son aspectos esenciales para determinar la duración de la inmunidad, detectar cualquier modificación en el comportamiento del SARS-CoV-2 (gravedad, transmisibilidad, escape de vacunas, etc.) y, especialmente, para controlar la transmisión manteniéndola a niveles bajos. Esenciales para que los tertulianos vuelvan a hablar de amores, envidias, traiciones e infidelidades. También de fútbol, claro. Lo importante es no ver aparecer de nuevo epidemiólogos en los medios.

Lo importante se ha vuelto urgente

Más de un año de pandemia y sólo hemos abordado lo urgente. No está mal, pero no es suficiente. Porque casi no hemos comenzado a trabajar en lo importante, ni para el presente ni para los días inmediatamente venideros. De cómo afrontar futuras crisis, ya ni hablamos. Y lo importante se ha vuelto también urgente.

Es urgentemente importante acabar con la infrafinanciación crónica del sistema de salud pública. Un cambio significativo que permita dotarse de una salud pública sólida basada en una infraestructura de datos moderna, una mejor coordinación entre los niveles de gobierno y que facilite las políticas de ganancia en salud y equidad en salud.

También es urgente una Agencia de Salud Pública. Pensada para el siglo XXI. Que permita afrontar con garantías las amenazas para la salud de las próximas pandemias y los riesgos asociados al cambio climático, al tiempo que aumenta la resiliencia en salud de la población mediante la implantación de políticas preventivas y de promoción de la salud efectivas.

Ya deberíamos tener la hoja de ruta de la nueva agencia y los compromisos financieros a medio y largo plazo. Cierto que en el nivel estatal y al amparo del Plan de recuperación para Europa se han incluido varias líneas de trabajo para el aumento de capacidades de respuesta ante crisis sanitarias y en acciones para reforzar la prevención y promoción de la Salud. Pero sigue pendiente la evaluación independiente que en su día se pidió al Gobierno, que este aceptó realizar, que hubiera sido de gran ayuda para guiar algunas actuaciones y que sería de ayuda para las futuras.

Una agencia de salud pública para el siglo XXI

Más allá de esta evaluación, o incluso de otras evaluaciones como la que se presentará en breve por la Organización Mundial de la Salud, hay algunos riesgos a señalar. De entrada, no parece que el camino a seguir sea copiar la deriva del gobierno británico, que lleva años infrafinanciando la salud pública y parece apuntar a la creación de una agencia de seguridad sanitaria muy centralizada, bajo control ministerial y apostando por soluciones tecnológicas. De hecho esta táctica ya ha recibido críticas en los medios científicos, en especial por el posible olvido de los problemas sistémicos de salud.

La pandemia ha mostrado la necesidad de una institución independiente que sea capaz de recopilar y difundir sistemáticamente los datos de vigilancia de la salud pública y proporcionar orientación imparcial a las administraciones, capaz de aportar síntesis del conocimiento científico sin ser capturada por intereses industriales o de otro carácter.

Hablamos de una agencia que se erija como voz respetada y acreditada de la salud para la población. Que termine con las insuficiencias de los gobiernos para comunicar a la población la extensión de las crisis, la efectividad de las medidas, los beneficios o riesgos de las intervenciones preventivas y terapéuticas. En definitiva, que genere confianza, porque la confianza ayuda a adoptar mejores decisiones.

El diseño de su estructura no será fácil. Pero ya se han aportado algunas ideas y, dada la necesidad global de reformular las agencias de salud pública, van surgiendo diversas propuestas.

Esperemos que no quede en retórica. Que la salud pública no se descuide hasta que volvamos a acordarnos de ella por necesidad. En los períodos de tregua una salud pública robusta es garantía de salud, economía y sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud.The Conversation

Ildefonso Hernández Aguado, Catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad Miguel Hernández y Salvador Peiró, Investigador, Área de Investigación en Servicios de Salud, FISABIO SALUD PÚBLICA, Fisabio

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation