En un principio, en las ceremonias de iniciación masónica (recordemos que la masonería es una organización iniciática) se incluían pruebas físicas, en relación con el valor del que iba a ser iniciado.
Pero estas pruebas fueron cambiando y evolucionando, siendo, además, una evidencia de que la masonería no es una organización dogmática ni inmutable in extremis. La masonería posee unos principios fundamentales y realmente podríamos decir, eternos en el tiempo y en el espacio, pero en muchos otros aspectos ha ido adaptándose a los tiempos. Otra cuestión, y que ha generado intensas polémicas en su seno, tiene que ver con algunos límites o landmarks que han sido discutidos.
La realización de las pruebas físicas fue desapareciendo o aligerándose de una forma evidente, precisamente porque podían tener consecuencias no deseadas. La ejecución de esas pruebas físicas no podría considerarse como algo inalterable.
En el Taller General de la Francmasonería del Diccionario Enciclopédico de la masonería de Lorenzo Frau Abrines y Rosendo Arús (La Habana, 1883) se decía que la prudencia y la experiencia aconsejaban que las pruebas físicas se modificasen y se redujeran a la menor expresión posible porque no eran ya necesarias y porque ofrecían muchos inconvenientes.
Los tiempos habían cambiado por completo, se seguía afirmando, y los medios que en el presente disponían las logias para descubrir el carácter y las condiciones que reunían los candidatos hacían inútil el empleo de los recursos extraordinarios de los que tenían que valerse en los antiguos misterios.
Los iniciados no tenían nada que temer por su seguridad personal y por su vida porque “el conocimiento y la propagación de la verdad y de las luces” no ofrecían el menor peligro para nadie.
Esta cuestión también tenía que ver para los autores de esta obra con la crítica que hacían a quienes se empeñaban en parodiar en los templos los actos grandiosos lo que los sacerdotes de la Antigüedad realizaban en las ceremonias de iniciación, como los de Menfis, Eleusis o Tebas y que buscaban infundir el pavor “en el ánimo más esforzado” a través de terribles pruebas al que se sometía al candidato y donde parece como si solamente existiera la alternativa del triunfo o de la muerte. Eso era calificado de ridículo porque, además, no contribuían a que pudiera descubrirse el mérito y las condiciones del aspirante, además de conducir al error porque podían facilitar que el mismo se presentarse bajo apariencias engañosas.
Así pues, había que atenerse a pruebas morales, con un verdadero valor real, mientras que las pruebas físicas debían ser aplicadas de forma simbólica por el valor histórico y de enseñanzas que encerraban.





