Oriente Medio se encuentra ya en otro de sus estados de alarma internacional, recurrentes desde hace décadas. Los supuestos esfuerzos diplomáticos para evitar que se desatara una “espiral bélica” han quedado sepultados por una lógica militarista que se ha vuelto a imponer desde el 7 de octubre del año pasado. Los bombardeos israelíes de Beirut y del sur del Líbano para asesinar al jefe de Hezbollah, Hasan Nasrallah, y descabezar el aparato militar de la organización se han desarrollado con la misma brutalidad empleada en Gaza, pese al discurso oficial judío. La incursión terrestre en el sur del Líbano, para favorecer el regreso de los 70.000 israelíes evacuados puede prolongarse tanto como sea necesario para eliminar la infraestructura bélica de la milicia (1). Finalmente, la respuesta iraní, en forma de lanzamiento de casi dos centenares de misiles hipersónicos sobre territorio israelí parece un gesto obligado, por cuestiones de imagen y prestigio, pero contenido, de manera similar al efectuado en abril, tras el asesinato del líder político de Hamas, en Teherán. A Israel le toca ahora mover ficha, sin duda.