EDICIÓN EN DÍAS LABORABLES:    ESP    |   EUR    |   AME   |   CAT
⮕ APÓYANOS

Procne y Filomena (I)


  • Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
  • Publicado en Cultura
(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Junto a la lira que acompaña mi canto, guía tú, ¡oh Musa de dulce voz!, el recuerdo de la conmovedora historia que, tiempo ha, escuché de los labios de un anciano poeta en las nevadas tierras de Tracia.

Pues fue en los tiempos lejanos en los que los reyes, amados de Zeus, aún gobernaban Atenas, cuando Pandión, soberano entonces de aquellas tierras, tuvo de Zeuxipe dos hijas de singular belleza a las que pusieron por nombre Procne y Filomela.

Y quiso el destino que, pasados los años, el reino se viera envuelto en una disputa con el beocio Lábdaco, una querella por las fronteras que desembocó en una guerra especialmente larga y cruenta. Como la victoria no parecía decantarse por ninguno de los dos bandos contendientes, Pandión solicitó la ayuda de un antiguo huésped paterno, el tracio Tereo, quien aceptó encabezar un destacamento que inclinó la balanza del triunfo hacia el lado ateniense. Llevado por la euforia del éxito así alcanzado, Pandión ofreció a su aliado, en señal de agradecimiento y amistad, la mano de Procne, la mayor de ambas hermanas y, de este modo, se celebraron los esponsales días antes de la fecha en la que Treo había determinado partir de regreso a su patria.

No llegaron a ser éstos, con todo, del agrado de la joven princesa, pues a las bodas no asistieron ni Hera, protectora del matrimonio, ni el dios Himeneo, a quien siempre se invocaba para presidir el cortejo nupcial. Tampoco le pareció a Procne un buen augurio el canto del ave nocturna, el ulular de una blanca lechuza, que se oyó durante la primera noche en que los nuevos esposos compartieron por vez primera el cálido lecho. El tiempo, con todo, pareció desmentir aquellos desafortunados presagios, pues Tereo no sólo demostró ser un devoto marido, sino también un padre afectuoso cuando nació Itis, su primer hijo y futuro heredero del reino.

Con el transcurso de los años, no obstante, la nostalgia empezó a apoderarse lentamente del ánimo de su esposa, hasta un punto tal que Tereo, preocupado por ella y sabedor de los deseos que ésta había expresado de poder ver a sus padres y hermana, se ofreció a aparejar una nave y capitanearla él mismo, rumbo a Atenas, con el propósito de pedir al anciano Pandión que permitiera a Filomela pasar algún tiempo con Procne en su reino del norte.

Mas no son las Moiras, hijas de la Noche de manto estrellado, deidades a las que guste alterar sus designios primeros, y así, cuando el tracio, tras desembarcar en el Ática, cruzó el umbral del palacio y contempló a Filomela junto a su padre, en la sala del trono, olvidó incluso el habla, embelesado como estaba ante la deslumbrante presencia de aquella joven beldad.

Y al igual que una tormenta azota al caminante que, al partir, no ha tenido el cuidado de tomar un manto de lana bien trenzada, con el que guarecerse del vendaval y la lluvia, y, frente a la furia encrespada del viento, sus piernas flaquean y su vista se nubla, mas al divisar la brillante luz de un hogar que resplandece cercano, altera sus pasos en pos de aquella promesa de vida, así, Pasión aflojó al instante los miembros del Tereo, hiriendo sus ojos con dulces lágrimas mudas, en tanto Deseo, tras agitar sus alas doradas, prendió en su corazón un fuego capaz de derretir incluso el diamante más frío.

Durante la travesía de regreso a Tracia, Tereo se sentía incapaz de apartar su mirada de su bella invitada y, aunque Eros y sus violentos hermanos no dejaban de agitar su mente, nunca perdió la debida compostura por miedo a que la joven o cualquier tripulante pudiera percatarse de aquellos anhelos que apenas si conseguían ya ser embridados.

Después de arribar al puerto natural que se abre frente a las cumbres del monte Serreion, la comitiva desembarcó y emprendió la larga vereda que separaba la costa de la ciudad en cuyo centro se erguía, orgullosa, la mansión donde residían los soberanos del país.

Cuando ya únicamente faltaba un día de camino, Filomela le preguntó al rey si por aquellos parajes había alguna fuente o arroyo en el que pudiera asearse y desprender de sus ropas el polvo de tan prolongado viaje, pues, así se lo comentó a su cuñado, no quería presentarse de tal guisa ante su hermana querida. Tereo le indicó que allí cerca, detrás del robledal que daba sombra al sendero, vertía sus frescas aguas un manantial donde podría cumplir sus deseos sin que nadie pudiera, indiscreto o curioso, sorprenderla entretanto.

Nada más se alejó la muchacha del campamento, y su esbelta figura se perdió de la vista de todos, Tereo vio la oportunidad por tanto tiempo ansiada, y, sin dar lugar en su pensamiento al remordimiento o a la duda, eludió cualquier compañía y se dirigió, detrás de la joven, hacia donde él mismo le había indicado; y allá la encontró ciertamente, arrodillada frente a un pequeño estanque que utilizaba a modo de espejo mientras peinaba con esmero sus lisos cabellos.

Aunque Tereo se aproximó con sigilo, Filomela escuchó las quedas pisadas y, temerosa de que alguna fiera pudiera tenderle una emboscada, se giró a toda prisa, mas aquello que percibió en el rostro del rey, su roja mirada, la mueca que desfiguraba su antes amable semblante, lejos de infundirle alivio, la impulsó a levantarse y emprender una rápida huida, al igual que una pequeña liebre de ágil requiebro intenta, asustada, escapar entre los zarzales de la voraz dentellada de un lobo avezado.

Sus pies, pese a todo, no eran tan raudos y expertos como los de su perseguidor y así, finalmente, tras tropezar en una somera raíz, cayó al suelo al tiempo que Tereo se arrojaba sobre ella sujetándola, con su peso, de manos y piernas. El murmullo del río y los sonidos del bosque encubrieron los gritos de auxilio de Filomela, quien, concluido el ultraje, quedó tendida en la hierba inconsciente e inmóvil.

Y fue entonces, en el instante en que Ate, la maldita hija de Eris, abandonó de un salto ligero la mente del rey y éste recuperó el sentido extraviado, cuando se percata de la gravedad de la acción perpetrada. Su primer impulso lo lleva a inclinarse sobre el cuerpo de la muchacha, quizás para comprobar si el aliento aún insuflaba su vida, pero, al oír de los trémulos labios de aquélla el nombre de Procne - la hermana, la esposa - el pánico se clava en su pecho y, llevado por él, toma el cuchillo de caza del cinto y de un solo tajo le corta la lengua. Aterrorizado por la escena que se extendía cruenta a sus pies, Tereo sólo pensó en volver a toda prisa al campamento y, mientras corría atropelladamente, fue pergeñando un plan, un subterfugio creíble, que le permitiera salir indemne del crimen.

Una vez hubo llegado a su tienda, convocó a cuatro guardias de su mayor confianza y les ordenó que le acompañaran sin añadir ninguna otra palabra. No tardó mucho el color en desvanecerse de los rostros de aquellos bizarros soldados cuando contemplaron lo allí acontecido, pero, sin atreverse a desobedecer a su cruel soberano, acataron cuanto éste les dijo; alzaron el cuerpo aún desmayado de Filomela y lo trasladaron con inquietud hasta un antiguo pabellón de caza que, a la sazón, no se hallaba por fortuna muy lejos y que era mantenido por una anciana sirvienta la cual había hecho de éste su hogar. Tereo le indicó a la criada, bajo clara amenaza, que se hiciera cargo de aquella desconocida y le procurase alimento, bebida y cuanto estuviera a su mano con una sola excepción, que jamás debía permitir que saliera de la cabaña o la viera persona alguna. Apostó, además, a tres de sus hombres en la puerta exterior del recinto con la orden expresa de impedir el paso a cualquiera que hasta allá se acercase.

Cumplida así esta parte del plan, le quedaba aún el trago más amargo, pues al llegar por fin a las puertas del palacio y contemplar el feliz rostro de Procne, quien se afanaba impaciente por ver, entre el cortejo, a su hermana pequeña después de una espera tan dilatada, tuvo que disfrazar sus sentimientos y comunicar a su esposa que, en el viaje de vuelta, una tormenta nocturna les había obligado a buscar refugio en una pequeña bahía, a los pies del Pelión. Mientras esperaban a que el mar se calmara, una tribu salvaje les había atacado, sin duda para robarles, y en la confusa refriega una flecha enemiga mató a Filomela. Ante la imposibilidad de traer el cadáver, optaron por enterrar allí mismo, al pie de un promontorio sagrado, el cuerpo de la desdichada princesa.

La sombra cubrió el rostro de Procne, quien cayó sin sentido sobre el patio empedrado, el luto tapizó de negro las pétreas estancias y, cuando la Noche llegó embozada de nubes, un extraño silencio se extendió por campos y aldeas.

No pudo Hipnos siquiera aplacar el dolor y la pena, pues su hermano gemelo y las Erinias, con sus teas prendidas, ya rondaban silentes los muros del ciclópeo palacio.

 


EL TIEMPO

GUÍA TV

CARTELERA

CINE EN CASA

PASATIEMPOS

SORTEOS

Necesitamos tu apoyo económico para hacer
un periodismo fiable y con valores sociales

PERIODISMO DE DATOS

El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. Si compartes estas preocupaciones y si valoras la labor de un medio libre que se atreve a plantearlas, apóyanos ahora.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Por qué es importante tu aportación?

Tu contribución nos permitirá seguir publicando información esencial e independiente que podrás disfrutar de forma gratuita sin muros de ningún tipo.


¿Si tengo algún problema en mi transacción?

Escribe a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.