‘Tenorio’: el video mató a la estrella de la ópera
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
La incorporación de nuevos títulos de creación contemporánea al repertorio de la ópera es un deber para un coliseo de proyección mundial como el Teatro Real, y especialmente cuando se trata de la obra de autores españoles; en este caso Tomás Marco (1942) creador tanto del libreto como de la parte musical de 'Tenorio', estrenada en versión concierto en 2017 en El Escorial y que por primera se hace representada.
Aunque como de costumbre, nunca es fácil que el público más tradicional se sienta identificado con la ópera contemporánea, en la que predomina el atonismo en la partitura, se carece de apoyaturas melódicas en las que fijar las voces, y en la instrumentación se recurre a diversos instrumentos nada habituales en el belcantismo o en la ópera romántica como son las sofisticadas formas de percusión.
Además de la dificultad de trasladar ese concepto a una lectura teatral. En 2022 Xavier Albertí se enfrentó a ese problema en su sofisticada pero entretenida lectura de 'El abrecartas' de Luis de Pablo. En la presente ocasión esa parte teatral de 'Tenorio' queda en manos de Agrupación Señor Serrano, compañía catalana de teatro & performance que ya hizo para el Real 'Extinción' hace dos temporadas: composición de Joan Cererols del XVII trasladada al mundo de la IA, representada en el Teatro de La Abadía. Donde ya se adelantaba uno de los 'sellos de la 'casa Serrano' como es el uso omnipresente del video.
En este 'Tenorio' que es uno de los mitos culturales españoles por excelencia desde el siglo de Oro al romanticismo, Tomás Marco utiliza tres planos argumentales: una referencia obligada a los autores, de Tirso de Molina a Moliére, pasando por Juana Inés de la Cruz, Byron y el imprescindible José Zorrilla, de quien se efectúa una especie de 'condensado Reader´s Digest' de su famosísima y muy representada obra, especialmente en torno a los 1 de noviembre de antaño, en temporadas como las de la posguerra donde la misma obra bajo compañías distintas se representaba en seis o siete teatros de Madrid o Barcelona en idéntica fecha. Más unas conclusiones o apuntes finales sobre la propia valoración que Tomas Marco hace del personaje a la luz de contrapuestas corrientes contemporáneas.
Este envoltorio se traslada argumentalmente a un estudio donde se rueda un película sobre el mito del Tenorio, que comprende tanto el 'chroma' cuyo peso es decisivo en el montaje, como la zona del trabajo en y los espacios adyacentes, desde el set de maquillaje al 'lobby' de descanso y refrigerio. Todo en un escenario transversal utilizando la amplia superficie no ocupada por el monumental decorado de la espectacular 'Los maestros cantores de Nuremberg' con la que se alterna en las representaciones.
En principio la idea no es mala y puede servir para 'oxigenar' el mito. Lo que ocurre es que el video de 5-K de la máxima calidad tecnológica a través de la pantalla gigante que cubre la totalidad de la caja escénica, se erige en el protagonista absoluto de la función y por momentos la ahoga y devora. No solo por los planos que se proyectan en directo desde el espacio de rodaje, el uso de escenarios virtuales pre-grabados, o el juego de doble acción escenario/pantalla, hasta convertir ese artificio en el motivo fundamental de la acción.
Por momentos, la atención de la platea tiene dificultad para dividir su mirada y oído en la acción real desarrollada por los cantantes-actores frente al apabullante protagonismo tecnológico de las proyecciones en la pantalla gigante, en un 'mix' de difícil asimilación, no solo para los espectadores, sino para los ejecutantes: Joan Martín-Royo como 'Don Juan' es un barítono barcelonés con mucha soltura en personajes histriónicos o grotescos (recordemos su presencia en 'Yo, Dalí' de Xabier Benguerel vista en La Zarzuela y el Liceu) que aquí debe enfrentarse a la dificultad de responder con el gesto y la expresión aumentada hasta el gigantismo de su imagen proyectada en primer plano en la inmensa pantalla. Provocando algún 'efecto indeseable': gestos que en vez de dramáticos adquieren rasgos grotescos percibidos al tamaño de una valla de publicidad que cubre una fachada.
Los constantes toques de anacronismo con los que se envuelve el montaje apenas sirven para marcar la distancia desde una perspectiva irónica con respeto a la intención revisionista pero relativamente cariñosa con la que el mito es contemplado por Marco en 'Tenorio', y de esta manera el escenario real queda en una amplia dispersión de situaciones en las que sobresale y avasalla un video arrollador y omnipresente. Tanto que cuando en los últimos momentos este desaparece y el coro vuelve a primer plano en un conseguido y diáfano contraluz, la platea respira y saborea esas voces y momentos que antes se han desperdiciado. Correcto el juego vocal-escénico entre los dos antagonistas 'Tenorio'/ Martín-Royo y 'Don Luis'/Juan Francisco Gatell, y discreto el de los personajes femeninos muy empequeñecidos por el uso del 'chroma' como ocurre con 'Doña Inés'/Adriana González.
Dentro de esa tensión nada bien resuelta entre tecnología y escenario que acentúa el artificio de esta producción a ratos confusa, hay que destacar dos elementos: un entusiasta trabajo del director musical, Santiago Serrate, y especialmente del 'coro b' del Teatro Real donde aparecen los que todavía pueden ser 'promesas' pero con mucha categoría y que por momentos son aquellos junto al 'mix' de la orquesta del Teatro destacando en aspectos como la poderosa percusión, que rescatan al montaje de esa tierra de nadie entre la IA, los efectos visuales, las tecnologías y el mundo de lo real de esta dificultosa obra de Tomás Marco tan difícil de resolver escenicamente. Autor afortunadamente presente en la primera representación.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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