Miguel del Arco reinventa ‘Rigoletto’ con su lectura radical
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
Antes de la obertura hay una acción iniciada en la platea en la que una mujer joven es perseguida y acosada por distintos enmascarados; cuando pisan el escenario arranca la orquesta. 'Rigoletto' de Verdi sobre libreto de Francesco María Piave es sin duda el título más representado del género operístico junto a 'Aída'. Por lo menos lo ha sido en el Teatro Real donde apareció por primera vez en 1853, dos años después del estreno en La Fenice de Venecia. La última que se ha visto es en 2016 en la versión teatral dirigida por el británico David Mc. Vicar que respetaba el tiempo histórico donde originalmente transcurría la historia aunque ofrecía un gran rosario de posibilidades, por ejemplo en el tratamiento realista y carnal de la famosa escena de la orgía; que en algunas versiones ha aparecido como una especie de fiesta de minué con pacatas coreografías de Coros y Danzas de la Sección Femenina.
Miguel del Arco se lanza a la piscina de la ópera con gran audacia, la misma que ofrecía en su atrevido y divertidísimo montaje de '¡Cómo está Madrid!' en el Teatro de La Zarzuela sobre 'La Gran Vía' y 'El año pasado por agua'. En este 'Rigoletto' situado en época contemporánea el protagonista no es un anciano padre deforme, un bufón de corte, un jorobado, una persona con una minusvalía, ni tampoco un tonto, débil o lineal. Sino un tipo con muchas caras, menos 'padre patriarcal' de lo que parece, con todas las trazas de un manipulador, o un astuto engañador. Para empezar, Del Arco lo presenta como un travestido, con corpiño, ligas, bragas y tacones, perfil que elimina cuando le conviene.
El conseguido espacio escénico de Sven e Ivana Jonke es de lo más original y versátil que se ha visto en un escenario lírico. Nada de grandes estructuras corpóreas verticales, decorados naturalistas al uso, casi cero atrezzo, reemplazados por superficies cóncavas negras accionadas por aire que se van transformando y permiten toda clase de acciones escénicas y de movimientos, junto al especial protagonismo concedido a las inmensas telas color burdeos que cuelgan, se accionan por el viento o caen sobre el escenario. Lo que permite algo que no siempre ocurre en una representación de ópera: que en cada acto el espacio sea diferente y no haya repeticiones. De la misma manera que lo hacen los personajes y las situaciones con sus transformaciones de vestuario adecuadas a las distintas funciones de los roles. La plástica es brillante y responde a la funcionalidad de la reinterpretación del clásico de Verdi al que se le conceden nuevas lecturas.
Sin dudarlo las veintidós representaciones de 'Rigoletto' hasta el 2 de enero representan uno de los desafíos más interesantes a los que un espectador de hoy se puede enfrentar. Del Arco propone una lectura radical de una de las óperas más conocidas de la historia, que se puede traslucir a la luz de nuestra sociedad. No hay personajes tan ingenuos como los que parecen sugerirse en alguno de los cantables, y la depravación que sugieren momentos del original no es la de unos aristócratas juerguistas, frívolos y libertinos sino la de unos corrompidos y corruptores, que recurren a las 'pretty woman' que se desenvuelven por el escenario.
La representación está repleta de hallazgos escénicos que merecen segundas visiones para encontrar ideas que se pueden olvidar en esta representación, casi una desordenada catarata, algunas son muy brillantes y otras fallidas. Desde luego no es el 'Rigoletto' que pueden esperar los que han visto otras representaciones tradicionales con decorados pintados y atrezzo de época; sino una lectura inteligente, dramaticamente pura y de unas posibilidades escénicas infinitas de un argumento en el que caben numerosas sugerencias , y Del Arco nos ayuda a reconocerlas.
La inclusión de los desnudos integrales como elemento dramático funciona tanto como el juego escénico de las catorce bailarinas que dan una perspectiva de corporeidad a una acción teatral frontalmente contraria al estatismo. De la que el espectador sale envuelto en una embriagadora secuencia musical y dramática y bajo una paleta de colores, del blanco al burdeos sencillamente arrolladora, con algo que no siempre ocurre en una función de estas características: la necesidad de repensar el montaje a solas con la imaginación de cada cual extrayendo las propias conclusiones que exhibe lo que se acaba de ver o escuchar en el escenario y el foso.
No es la primera vez que Nicola Luisotti dirige musicalmente a Verdi ni a 'Rigoletto', también en este teatro. Luisotti es comunicativo como persona y eso se traslada a su dirección musical llena de temperamento pero también de matices, sabiendo que aunque ahora no tiene a Leo Nucci, retirado de los escenarios, hay unos repartos, hasta tres diferentes en función de las representaciones, con nombres de campanillas. No solo Javier Camarena o John Osborn como 'Duque de Mantua' sino con el tenor donostiarra Xabier Anduaga al que vimos hacer la representación con un buen acabado vocal especialmente en los finales. Ante un 'Rigoletto' de estas características tan diferente al de otras versiones puesto que requiere no solo a una voz sino a un actor versátil hay tres apuestas: Ludovic Tézier, Étienne Dupuis y Quinn Kelsey. 'Gilda' lo hacen: Adela Zaharia, Julie Fuchs y Ruth Iniesta, según los días de representacion. Junto a un amplísimo 'cast' que brilla en la que constituye una de las más originales lecturas sobre un título tan representado y cantado.
Es probable que pueda haber un sector de público contrariado por esta apuesta tan personal y 'radical' sobre la obra que más veces se ha visto en la historia del Real y del género, pero el desafío de Miguel del Arco es satisfactorio. Pocas veces cuando cae el telón se tiene una sensación de haber presenciado un abanico de ideas, dentro de un espectáculo repleto de sugerencias que rompe con cualquier estética tradicional operística y se adentra en un sinfín de posibilidades de adaptación sobre otros títulos necesitados de esas 'lecturas' tan a pie de nuestra época y donde nada de lo que se muestra parece gratuito o falto de justificación. La carrera de Del Arco tocando palillos tan distintos solo resiste la comparación con otro 'radical' que pasó como un vendaval por el teatro dramático, la ópera y el cine para dejar huella: Patrice Chèrau. Su debut en el género dentro del escenario del Real no merece quedar como una experiencia aislada.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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