‘Orlando’: la rabia enloquecida y destructiva del héroe
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
Hay una doble manera de afrontar las representaciones escénicas de las óperas barrocas: manteniendo la estética argumental temiendo en cuenta que buena parte de las historias corresponden a situaciones mitológicas, o trasladando a nuestro tiempo dichas estructuras dramáticas. Con 'Orlando', en su origen un poema medieval de Ariosto, el Teatro Real tendrá tres citas esta temporada: una versión en concierto de 'Orlando Paladino' (Haydn) mañana día 1, y 'La liberazione di Ruggiero dall'isola d'Alena' (Francesca Caccini) que se verá en los Teatros del Canal del 4 al 9 de julio venidero. Más estas siete representaciones de 'Orlando' de Händel en cartel hasta el 12 de noviembre, que es la primera vez que se representa en la capital de España.
Muchos consideran a esta partitura secundaria en la obra de Händel. Un mito que cae por su peso: posee sonoridad, brillantez, evocación, belleza... Otras cosa es el argumento y su dramaturgia que vista en su dimensión original parece algo plana: un héroe que vuelve de la guerra está obsesionado por recuperar a cualquier precio a su antigua amada. Sobre el papel y desde la perspectiva de la historia que cuenta esta ópera barroca para cinco personajes tiene escasa capacidad de seducción para el espectador de nuestro tiempo.
El director escénico Claus Guth hizo su propia lectura de 'Orlando' trasladándola a época contemporánea en esta producción estrenada en Theater der du Wien en 2019 que ahora llega a España. Guth es un viejo conocido del teatro Real y la mayoría de sus títulos han contado con Ivor Bolton al frente del foso orquestal, como 'Rodelinda', 'Lucio Silla', 'Don Giovanni' o 'Las bodas de Fígaro'. Ahora su 'Orlando' es un excombatiente que ha retornado de una guerra que podría ser Vietnam u Oriente Medio cuya psique está muy alterada, hasta tal punto de asomarse al precipicio de la la locura y el desequilibrio personal; su neurosis se focaliza hacia su 'ex' hasta extremos de peligrosa demencia.
La trasposición argumental es acertada puesto que proporciona cuerpo dramático a un argumento demasiado lineal y en muchos aspectos obsoleto. Este 'Orlando' puede ser uno de esos inadaptados que se ven incapaces de acondicionarse en la sociedad civil y a reglas de conducta en la que el uso de las armas carece de sentido. En las proyecciones de video (que juega un gran papel en la escenografía) vemos al personaje entre palmeras que podrían pertenecer al sudeste asiático y el tipo formaría parte de la legión de 'alucinados' preparados para disparar armas de fuego contra todo bicho viviente si algo se le tuerce. Es decir uno de los protagonistas de las matanzas indiscriminadas tan repetidas en países donde no hay control de las armas de fuego como ocurre con Estados Unidos.
La situación la describe Guth en torno a un decorado giratorio que corresponde a una vivienda o chalet al que vemos por un lado y otro, más una roulotte que sirve de 'snack bar'. El recurso al edificio anclado en el escenario que gira se ha visto frecuentemente en los escenarios de ópera y en este caso se podría decir que en algunas escenas hay un abuso del recurso (como la 'carrera' de la soprano sobre la plataforma que a su vez se desplaza, muy pasada de rosca).
La cotidianeidad casi costumbrista del escenario con un vehículo en el garaje, el juego de las maletas, o la acción en el primer piso de la parte posterior dan lugar a un 'Orlando' a ras del suelo. Se produce así un contraste entre un escenario que desde el principio sabemos que va a ir girando en función de las situaciones y la alta expresividad escénica que la dirección de escena exige a los cinco personajes, en algunos instantes al borde de la entrega física más radical, principalmente en el caso de los dos contra-tenores. Christopher Dumaux en el personaje de 'Orlando' aparece pletórico y con una energía física puramente atlética que raya en el histrionismo, mientras Anthony Roth Costanzo como 'Medoro' utiliza muy bien un tono que va muy en línea con su físico más frágil y el personaje. Especialmente las sopranos Anna Proheska (Angélica) y Giulia Semenzato (Dorinda) están muy a la altura de sus personajes femeninos, casi 'acosadas' por la demencia obsesiva de 'Orlando'. A nivel inferior el quinto personaje de esta producción el barítono Florian Boesch vocalmente cumple como 'Zoroastro' sin brillar.
Puede que no sea la mejor obra de Händel, ni tampoco el montaje más brillante y original de Guth de quien se han visto producciones emblemáticas en el Real, pero hay cinco protagonistas entregados totalmente a la acción extrema que sugiere el argumento, con una tensión dramática que incluye persecución y violencia. Ellos y especialmente Ivor Bolton como director musical son lo mejor de esta producción a la que le falta un punto de seducción escénica porque tropieza con muchos imponderables: la linealidad de la dramaturgia original desde el punto de vista argumental y las limitaciones de un decorado que una vez mostrada la primera sorpresa se repite.
Sin embargo hay que decir que tras un primer acto discreto, cobra fuerza en el segundo y estalla en el tercero con una gran explosión dramática que se resuelve de forma correcta aunque sin que deje huella en el espectador.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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