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Fobia en un minuto


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Al principio todo parecía ir bien, justo lo que suele suceder cuando algo precede a una tragedia, que todo parece ir bien hasta que deja de ir. No me había apercibido del mamut que me encontré y que daba vueltas a su bolso cargado de chuches. Ese cernícalo también tenía miedo, quizás más que yo, pero lo disimulaba con mucha gallardía, esa que exhiben los que ya no tienen nada que decir al mundo. Desolé! Le expresé sin darme cuenta de que el mastodonte no hablaba francés.

Se persignó, y me pregunté en un instante: ¿será que me tengo que morir hoy al lado de este animal?

-No puedo verla, no puedo aguantar por un minuto más el desprecio con que mira mi libro, me desconcentra. Sin embargo, ahí seguía.

Algo me soplaba y me hurtaba la respiración. ¿Cómo? Y ¿este viento de ahora?

Había más y más monstruos, lo cual no era de extrañar, ciertamente, a cuál más peligroso, más indeseable. Todos miraban mi libro, todos reían mirándome como si nunca en mi vida fuese a leer más. ¡Diantre! ¿Qué pasa hoy aquí? Pero si estoy sudando.

Pasaron unos segundos y pude ver que aquel mamut había llamado a otros y a otros más, miles de monstruos estaban ahí, mirándome sin más y yo no lo podía aguantar.

Mi cinturón se había atascado, no podía moverme. Una taquicardia muy fuerte, una angustia exacerbada se inauguró en mi cuerpo, como la primera vez que surge una aceleración que siempre es extrañamiento.

Con todo, pensé: voy a seguir… soy una persona valiente y recordé que ser valiente es superar una situación que en principio te aterroriza, justamente como la situación que tengo ahora delante de mis narices. Mi nariz por cierto, emana sangre. Eso es que me estoy muriendo…ahora lo veo claro, pero ¿y ellos? Acaso ¿también morirán?

No dejan de mirarme, de rodearme, voces que se oyen en medio de las nubes, calor y una gota que cae por mi cerebro anunciando mi expiración. ¡Cielos, no! A pesar de la sangre siento el olor a carne patéticamente muerta…en la cabina, en el aseo, a mi lado, al lado de todos…y sin embargo no se aperciben de nada.

Pude ver… aquella mirada de ojos degollados tras la intervención del mamut negro. Comenzaban a colgar andrajos, brazos y piernas…yo misma empecé a intentar aceptarme con el cuerpo partido.

Por favor…que no me quiten mi libro, que no me quiten todas estas palabras que tengo aquí. Me abrazo a mi libro y parece que me tranquilizo, no me importa ya morir. Mi libro es lo único que tengo y todo lo que he aprendido en los libros, es lo que soy.

Les digo a los demás: ¿vosotros dónde tenéis el miedo? Porque lo tenéis como yo, sin embargo, tan solo queréis aniquilarme.

El piloto aterrizó con su línea degradante, mientras miraba a los pasajeros de su avión, los cuales habían estado en situación de pánico, muertos por desazón, mientras él, había demostrado que no sabía aterrizar. Me sentí reconfortada al saber que mi libro seguiría estando, no solo en mí, en ti, en las librerías…en los fondos de la Biblioteca Nacional. Por poco no lo cuento más en mis páginas, pero aprendo a disfrutar de cada una de ellas. Me alegro a pesar de todo de seguir aquí, aun conviviendo quien sabe si superando mis aversiones, fobias, odios y aborrecimientos.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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