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Don Juan Tenorio y don Coronavirus


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Llamé al cielo, y no me oyó.

Mas, si sus puertas me cierra,

de mis pasos en la Tierra

responda el cielo, no yo»

Don Juan Tenorio, José Zorrilla y Moral

De los muchos donjuanes que hay, este es, para mí, el mejor de la literatura universal y un digno representante del tardío y preciosista romanticismo español, aunque no debemos olvidar precedentes como El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, el origen del mito, ni el satírico Don Juan de Byron, el de Molière o el del gran Mozart (de entre unas 500 versiones literarias, 70 musicales, ocho películas y 25 obras de arte plástica que circulan por el mundo). Pero es el Don Juan Tenorio de Zorrilla el que tiene todas las luces y sombras del malditismo libertario romántico. Don Juan y don Luis apuestan sobre la honra de doncellas y la cosa acaba como todos conocemos, muriendo luchando contra sus propios enemigos, o sea, molinos de viento. Me interesa resaltar que el terror al castigo divino es lo único que convence al Tenorio muerto de pedir perdón, y no las súplicas de doña Inés finada. Don Juan se redime después de pasar al otro mundo; en este, no teme a nada ni nadie y los límites solo se los pone él mismo, y lo hace por conveniencia, porque pasar la eternidad en el infierno resulta poco apetecible. No es extraño que este drama suela representarse durante la festividad de todos los Santos, cuando se abren las puertas al otro mundo.

Obedecer porque no nos queda más remedio o discutir quién es más malvado y llevarlo a la categoría de personaje universal, eso es algo muy nuestro. Y llamarle a alguien don Juan es halagar su capacidad amatoria-festivalera obviando el riesgo. Otra vez algo muy nuestro. Mientras que ser convidado de piedra desaprovechando este amable jolgorio es aburrido, y por eso queda peyorativamente anclado en nuestro ideario como invitado marginal olvidado en una esquina, por más que este convidado de pedigrí provenga de una antigua leyenda tradicional europea anclada en el folclore castellano. Al don Juan de hoy podría llamársele don Juan Coronavirus, el fiestero, ese facedor de entuertos, ese kamikaze a quemarropa, adorado y jaleado por los seducidos, ya de por sí carne de cañón, que se lo pasan pipa en alegres corrillos y fiestas, preludios sabidos pero obviados de dolos y sepulcros. Nada importa mientras prime el hedonismo de unos tiempos sin dios castigador que sujete, ni siquiera por temor a una enfermedad pandémica que diezme. Craso error, pues no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague.

Y así, tontamente nos inoculamos como yonquis la creencia de la inviolabilidad de la eterna y libre juventud por la cual creemos que la enfermedad y la muerte pasará de largo en el convite, si no la convocamos.

Hasta que nos quedemos de piedra.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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