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La santa paciencia


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Algunos pensaban en él y rezaban por él. Mendel Singer, empero,

permanecía erguido junto a la puerta, enfadado con Dios»

Job. Novela de un hombre sencillo, 1930, Moses Joseph Roth

Judío de la Galitzia oriental del Imperio Austrohúngaro, hoy Ucrania, vivió entre ambas grandes guerras, algo que plasmaría en sus obras. Obligado al exilio, sobrevivió moviéndose por ciudades europeas, para terminar falleciendo a consecuencia de su alcoholismo en el París de 1939, evitándose así ver cómo toda su familia desparecería en un campo de concentración y su mujer, enferma mental, víctima de los planes eugenésicos de los nazis.

Una de sus novelas, fruto de su pensamiento y forma de entender el mundo del momento, es Job. Basada evidentemente en el relato bíblico, Roth la acerca al mundo actual del primer tercio del s. XX en la figura de la familia del patriarca Mendel Singer, su esposa y cuatro hijos, en un periplo que empieza en la vieja, dolosa y bélica Europa rusa para terminar en una Norteamérica neoyorquina, en esos tiempos considerada nueva tierra de redención, que tampoco lo es. En ella, relata los terribles avatares de esta familia judía devota y la rebelión del patriarca ante la muerte y destrucción de los suyos, en una metáfora interna de lo que estaba sucediendo en el exterior, aderezado por un intimismo rayano en el voyerismo, ahondando con lupa en los sentimientos desolados del que lo pierde todo, sea cual sea su origen y religión, del desterrado ̶ como el propio autor, como los miles de sus conciudadanos ucranianos, como los miles de gazatíes de hoy ̶ del desengañado por la falta de justicia divina para con el ser humano corriente que trabaja y suda para salir adelante, del pobre que tiene que abandonar su tierra y convertirse en apátrida. La nostalgia, el desarraigo y la añoranza son los ejes por los que transita esta novela más actual que nunca. Porque va de reflexionar sobre los sucesos cotidianos y anónimos, el sentido del sufrimiento, la lealtad, la necesidad de una justicia que parece no llegar, pero también de la silenciosa impasibilidad divina que quita al débil y da al fuerte, así que el final “feliz” de la novela no es un punto final conciliador, es simplemente una forma narrativa que no anula la sensación de amargura de todo el relato, pues apenas compensa los pesares pasados y prima la reflexión sobre quién somos, adónde y a quién pertenecemos, sobrevolando la certeza de la volatilidad del ahora que se hunde en lo más profundo de nuestro cerebro humano, emigrante por naturaleza.

Por eso Roth siempre vuelve, dolorido, al concepto humanista del derecho a la nación sea cual sea al Estado o la religión: «Érase una vez una patria, una patria verdadera, a saber: una patria para los “apátridas”, la única patria posible», nos dice en El busto del emperador, y apátridas somos todos, así que no hay derecho a la expulsión. Te lo dice un judío convertido al catolicismo de educación y formación calvinista, y un profundo pensador cuya única y demoledora arma es la palabra que da voz a los que no la tienen, sean de donde sean. Porque sabe bien que la única tierra que le pertenece y a la que volverá será la que abarque su tumba.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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