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Georges Simenon y su madre


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Pero lo que yo buscaba en tus ojos y en tu sereno rostro no era la idea que tenías de mí. Era la idea verdadera de ti que yo empezaba a percibir»

Carta a mi madre, 1974, Georges Simenon

Hoy traigo un relato inesperado del conocido y prolífico autor belga de novelas policiacas (y no policiacas) protagonizadas por el famoso comisario Maigret. No debería asombrarnos, Simenon es una sorpresa en sí mismo, pues hasta le escamotearon su fecha de nacimiento por absurdas supersticiones, ya que nació un viernes trece de febrero y se lo adelantaron un día. Fiat lux.

A pesar de proceder de una familia tradicional, a Simenon le tira la noche y la farándula, por eso terminará con 19 añitos en la meca europea de los artistas de principios del s. XX, la inefable París. Pero adora también los juegos de intriga y sombras y por eso, cual detective disfrazado, empezará a utilizar heterónimos, bajo los cuales comenzará a publicar en varios periódicos, embebido del París más bajo y luctuoso, lo que curiosamente se terminará traduciendo en su holgura económica. Descubrirá su pasión por el mar huyendo de su amante, la famosa Joséphine Baker, como pirata pirado, y luego se alejará de los truenos de la 2 GM en un apartada mansión del departamento de La Rochelle. Al finalizar la guerra, se va 10 años a recorrer los EE. UU. Tras ello, y una temporada de coqueteos con los pijos de la Costa Azul, terminará por instalarse en Lausana, donde fallecerá a la edad de 86 años, que le dieron para mucho.

Entre la muerte de su madre y la decisión del hijo de dejar de escribir novelas apenas pasa un año. Carta a mi madre, evidentemente de género epistolar, es el fruto del amor/desamor entre ambos desde hace años. Les une un hospital de paliativos y largas veladas de miradas sin palabras, en las que la pena, los reproches, el dolor y la culpa se van sucediendo en la mente del autor que va interpretando como puede esa cara arrugada que ya nada se parece a la que le hizo sufrir. Les separan más de 50 años de relaciones mínimas y en esos ochos días de agonía no habrá ni conversaciones, ni palabras de cariño ni muestras de afecto. Ni siquiera un beso. Pero esto ni es raro ni extraordinario, porque sucede muy a menudo, lo que sí es notable es la valentía de un escritor consagrado y maduro para ponerse frente al espejo de su pasado encarnado en la figura más potente de toda familia: la madre, y despojarla del aura mítico de bondad y santidad al que acostumbramos a elevarla por ciencia infusa, y devolverla a su magnitud real, porque sí, sucede, hay madres tiranas, abusadoras, castrantes, indolentes, etc., que terminan alejando a sus hijos y luego ni siquiera se/les permiten la conciliación a la hora de su muerte. El hijo, reflejo especular también ausente y poco dado a la nostalgia, ejerce su pequeño acto de compensación desde lo racional, pero no por ello carente de fuerza narrativa, ya que gracias al reconocimiento de sentimientos compartidos por parte de lectores muy distintos y ajenos logra trascender lo íntimo para ir a lo universal.

La dedicatoria final de la carta es brutal: se dirige a su madre, y por ende a todas las madres con voluntad de ser buenas ̶ sobre todo para sí.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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