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Gertrude Stein, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Hablando del lema “una rosa es una rosa es una rosa es una rosa”, debo decir que fui yo quien lo descubrió en uno de los manuscritos de Gertrude Stein, e insistí en que lo pusiera a modo de lema en el membrete de sus cartas, en los manteles y en todos los sitios en que Gertrude Stein me permitiera ponerlo»

La autobiografía de Alice B. Toklas, 1933, Gertrude Stein

Esta obra es, en realidad, la autobiografía de la propia Gertrude, aparentemente escrita por su musa, pareja, confidente y compañera Alice. Escrita con prisas, retrata la vida novelada de Gertrude vista desde los ojos de su secretaria oficial, lo que le permite autoelogiarse sin rubor y hace un interesante retrato de la vida parisina y de su propio papel al lado de esta su mujer, porque su adoración hacia ella es inmanente y nada parcial. Así, a lo largo de esta autobiografía ficticia, la protagonista cede el paso y el peso del contenido relatado a la primera y le sirve para hacer un retrato y repaso a numerosos intelectuales y artistas que forman ya parte del panteón inmortal. Desde Hemingway, pasando por Ezra Pound, Tristan Tzara, S. Fitzgerald, o T. S. Elliot, y terminando por los mejores pintores: Cézanne, Matisse, Renoir, Juan Gris o Picasso, son algunos ejemplos.

Gertrude Stein, de ascendencia judía alemana e inglesa, era culta, cosmopolita, amante de las artes y sin corsés. Luchó para que las mujeres pudieran ser universitarias valoradas, para que la educación femenina en los Estados Unidos de finales de siglo en adelante abriera las puertas y las mentes a la mujer como ser humano, labor que seguiría llevando a cabo el resto de su vida. Instalada en París en 1903, vivió y testimonió su eclosión artístico-literaria y, junto a su hermano Leo, fue una importante coleccionista de pintura vanguardista, abarcando todos los “-ismos”. En su casa reunía a pintores e intelectuales, también a literatos estadounidenses expatriados, en los felices años veinte parisinos, los componentes de lo que ella denominó La generación perdida. Los muñecos rotos de la posguerra. Con Hemingway a la cabeza.

Gertrude aglutinaba, tenía una aureola de ascendencia y prestigio que la convirtió en un auténtico fenómeno y su figura feminista apoyó la emancipación de la mujer, aunque no fue tan contundente con la Francia de Pétain ni con la masacre de su propio pueblo. Fue una mujer compleja y brillante de claroscuros, socarrona y versátil, a veces tan cubista como las pinturas que coleccionaba, polémica hasta hoy. Pero avanzó en libertades y derechos, se puso el mundo por montera y nunca dejó que nadie le dijera qué tenía que hacer ni a quién amar o con quién vivir. Si lees esta autobiografía, verás pasar toda una galería de artistas célebres e inadaptados que me recuerdan tanto a todos los que siguen tan desorientados, tan perdidos, tan fuera de lugar, tan faltos de ideales, tan mentidos y engañados. Tan profundamente desilusionados y con tal nivel de frustración, que ya son carne de cañón ante cualquier conflicto que venga.

Solo que ahora, a esta generación perdida les llamamos Millennials.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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