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La paz armada


Degradación de Alfred Dreyfus Degradación de Alfred Dreyfus

El período que transcurre entre la última década del siglo XIX hasta el estallido de la Gran Guerra en 1914 se conoce con la expresión de “paz armada”. Se caracterizó por el alineamiento de las principales potencias europeas en dos grandes bloques o alianzas en un proceso creciente de tensiones.

El káiser Guillermo II dio un claro giro a la política exterior alemana que había diseñado Bismarck con sus sistemas de alianzas para garantizar la hegemonía continental alemana y aislar a Francia, pero sin emprender acciones de signo imperialista de envergadura. El nuevo káiser defendía la weltpolitik, claramente expansionista. En este sentido, los grandes centros de poder industriales y gran parte de la clase política alemana apoyaron este giro, que generó radicales consecuencias en las relaciones internacionales. La primera medida que se tomó fue la de no renovar el Tratado de Reaseguro con Rusia porque se entendió que podía traer problemas a Alemania con Austria.

Por su parte, Francia se encontraba en pleno affaire Dreyfus, pero encontró en la nueva coyuntura internacional una forma de aliviar las consecuencias de este escándalo. La III República aprovechó el creciente distanciamiento entre alemanes y rusos para firmar en 1892 una convención de carácter militar y secreto con Rusia, perdonando sus deudas económicas. Se trataba de una curiosa alianza de una potencia democrática y republicana con otra autoritaria y monárquica. De este modo, Francia conseguía terminar con su aislamiento internacional. El miedo de Bismarck de tener enemigos aliados en sus fronteras occidental y oriental se estaba haciendo realidad.

El nuevo expansionismo alemán y sus apetencias coloniales provocaron el recelo de los británicos. La creación de una potente armada y la presencia de intereses alemanes en el Imperio otomano y en China empezaron a preocupar seriamente en el Reino Unido. Eso provocó que Londres abandonara sus vínculos diplomáticos con la Triple Alianza.

Británicos y franceses venían desarrollando un duro enfrentamiento colonial en África porque sus dos proyectos imperialistas eran antagónicos. La culminación de sus enfrentamientos estalló, en 1898, en Fachoda (Sudán), enclave donde colisionaban sus dos imperios y que terminó con la derrota francesa. Pero, una vez superado el conflicto, comenzó un acercamiento entre París y Londres ante la constatación mutua de los peligros que suponía la weltpolitik alemana. Gran Bretaña temía que una nueva derrota de Francia frente a Alemania, como la acontecida en 1870, podía convertir a ésta en la primera potencia continental. El resultado fue la firma en 1904 de la Entente Cordiale entre ambos países, que solucionó los conflictos coloniales y les unió frente a Alemania.

La hostilidad entre rusos y británicos había sido constante en el Oriente Medio. Pero Gran Bretaña consideraba que la política alemana era más peligrosa para el mantenimiento de su status de primera potencia. El Imperio ruso se encontraba en una situación difícil, ya que había sido derrotado por Japón en 1905. Además, se había distanciado de Alemania y mantenía su tradicional rivalidad con Austria-Hungría en los Balcanes. Francia se convirtió en la mediadora entre británicos y rusos para que solucionasen sus contenciosos en Asia. El resultado fue la firma entre Gran Bretaña, Francia y Rusia del tratado de la Triple Entente en 1907.

Por el otro lado, se mantenía la Triple Alianza, formada por Alemania, Austria-Hungría e Italia.

A principios del siglo XIX, el Reino Unido había perdido su posición incontestable como potencia industrial. Alemania constituía un claro competidor en el mercado europeo, gracias a su potente industria, a su posición geográfica central, y a su sistema flexible de créditos. Pero, por otro lado, los mercados financieros seguían centrados en Londres y París. Los alemanes tenían serias dificultades para invertir su capital fuera de sus fronteras, por lo que reorientaron sus capitales hacia la inversión interna. En vísperas de la guerra mundial, los movimientos internacionales de capitales generaron muchas polémicas.

En la época de la paz armada abundaron las rivalidades territoriales. Entre Francia y Alemania permanecía el contencioso sobre Alsacia y Lorena. Francia reivindica estos territorios, mientras los alemanes emprendieron una activa política de germanización de los mismos, provocando incidentes graves.

Polonia seguía dividida entre Austria, Alemania y Rusia. Mientras los austriacos ejercían una administración conciliadora en Galitzia, los alemanes fomentaban la instalación de colonos en su zona. Por fin, Rusia presionaba en su área para que los polacos se uniesen definitivamente al Imperio ruso. En respuesta, el nacionalismo polaco luchó por la resurrección de Polonia desde Galitzia, provocando aún más el recelo entre rusos y austriacos.

Pero la zona europea donde los problemas territoriales eran más importantes y constantes era, sin lugar a dudas, los Balcanes, donde, al final se iniciaría la contienda mundial. En los Balcanes convivían muchos pueblos diferentes por su origen, lengua, religión y cultura. En el sur, abundaban los griegos, mientras que al norte se encontraban los eslavos, aunque no eran un pueblo homogéneo. De los veinticinco millones de eslavos que se calcula que había a principios del siglo XX, unos ocho millones eran serbios y casi el mismo número de búlgaros. Después, habría unos cuatro millones de croatas, millón y medio de eslovenos, un millón de macedonios y medio millón de montenegrinos. Cada grupo étnico tendía y trataba de crear un estado propio o acercarse al estado correspondiente más afín. Las fuerzas centrífugas predominaban frente a las centrípetas para recrear un estado común.

El Imperio turco se encontraba en plena decadencia y deshaciéndose. Aunque mantenía el dominio teórico de gran parte de la zona balcánica no tenía el poder militar para mantener el control. En el Congreso de Berlín de 1878 se encargó a Austria de la administración de Bosnia-Herzegovina. Por el Tratado de San Stéfano, Serbia alcanzaba la independencia y se convertía en el estado líder de los eslavos.

Por otro lado, en esta zona estratégica confluían los intereses de varias potencias. Rusia esgrimía su liderazgo como tutora o protectora de los eslavos, especialmente de Serbia y mantenía su viejo proyecto de abrir vías hacia el Mediterráneo oriental. Austria tenía un especial interés en el control del espacio balcánico, impulsada por la carencia de imperio colonial y sin salida al mar desde que perdió sus territorios italianos. Por fin, estarían los intereses de Italia sobre la costa adriática y Albania.

En la época de la “paz armada”, los estados de ánimo colectivos influyeron de forma decisiva para tensionar aún más las relaciones internacionales. Las políticas de armamento, emprendidas por las potencias, fueron el resultado de la tensión, pero a su vez contribuyeron a agravarla. Los ejércitos de los principales países crecieron de forma considerable. Para conseguir que los parlamentos y la opinión pública aceptasen el aumento del gasto y las cargas militares, los gobiernos y estados mayores insistieron en el peligro de la guerra. La prensa fue el vehículo donde se magnificó el riesgo y se llenó de consignas patrióticas. El caso alemán fue el más claro, donde los periódicos y las asociaciones germanistas glorificaron la guerra. No fue tan evidente en el caso de las democracias más asentadas, como la francesa o la británica, donde abundaron más las actitudes pacifistas y críticas.

En una Europa dividida en dos grandes bloques, la Triple Entente y la Triple Alianza, cualquier incidente o conflicto podía implicar a los dos bandos y el riesgo de una guerra de escala internacional se fue haciendo realidad. Entre 1905 y 1914 una serie de crisis fueron llevando a esa conflagración mundial.

En 1905, el káiser Guillermo II desembarcó en Tánger para manifestar su apoyo a la independencia de Marruecos, frente a los intereses franceses en la zona. Ante la gravedad de la situación se convocó la Conferencia de Algeciras. Gran Bretaña defendió los intereses franceses y españoles en la zona, pero también Italia, miembro de la Triple Alianza, ya que Roma y París habían acordado unos años antes un pacto por el que Francia no interferiría en los intereses italianos en Libia. Alemania quedó aislada y terminó por aceptar los planteamientos británicos de mantener Marruecos independiente, pero con varios puertos abiertos al comercio exterior, bajo tutela franco-española. Posteriormente, Marruecos terminaría convertido en dos protectorados, uno francés al sur y otro español en la zona del Rif. El resultado de esta crisis fue contrario a los intereses alemanes y permitió comprobar que Italia se estaba alejando de la Triple Alianza. La Entente salió reforzada.

En el año 1908, Austria decidió anexionarse Bosnia-Herzegovina, territorio que administraba desde el Congreso de Berlín de 1878, aprovechando la debilidad turca en plena revuelta de los Jóvenes Turcos. Serbia se sintió amenazada y solicitó la ayuda rusa y francesa. Pero Rusia se encontraba en una situación difícil, fruto de su derrota ante Japón y de la Revolución de 1905, por lo que no pudo acudir en ayuda de los serbios. Tampoco lo hicieron los franceses ante la constatación del apoyo decidido de Alemania a Austria. La anexión, por lo tanto, se produjo y, además, Bulgaria por el apoyo que prestó, consiguió convertirse en un estado plenamente independiente. En este caso, Austria y Alemania salieron victoriosas frente a Francia y Rusia.

La tensión internacional regresó a Marruecos. El sultán llamó a los franceses para que sofocaran unas revueltas internas, ocasión aprovechada para ocupar la ciudad de Fez. Esto conculcaba lo estipulado en Algeciras y Alemania expresó su disconformidad enviando un barco de guerra al puerto de Agadir. Gran Bretaña apoyó a Francia y los alemanes tuvieron que retirarse, aunque consiguieron territorios en Camerún como compensación.

En los Balcanes nunca se disipaba la tensión; era un polvorín constante por los movimientos nacionalistas, la descomposición del Imperio otomano y las apetencias expansionistas austriacas, rusas e italianas. En 1911 se había dado una guerra entre Italia y Turquía, por la que la primera se había hecho con Libia, la isla de Rodas y las islas del Dodecaneso. En 1912 estalló una guerra en la que Serbia, Bulgaria, Montenegro y Grecia se unieron en la Liga Balcánica contra el Imperio turco, que fue derrotado y perdió casi todos sus territorios europeos. El reparto de Macedonia enfrentó a los aliados de la Liga Balcánica y provocó que, en 1913, estallara una nueva guerra. Serbia y Grecia derrotaron a Bulgaria, aunque ésta contara con el apoyo alemán. El Tratado de Bucarest repartió Macedonia entre los vencedores. En diciembre de 1913, Alemania y el Imperio turco firmaron una alianza militar.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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