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Fructuoso de Braga, obispo y ermitaño. Competencia, protección o manía persecutoria


  • Escrito por Adoración González Pérez
  • Publicado en Historalia
(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

El reino visigodo en Hispana comenzó un proceso de consolidación política importante a partir del siglo VI. Recaredo una vez hecha la conversión al catolicismo promovió la formación de la Iglesia nacional, a partir de la institución conciliar que sirvió de base para la monarquía como fórmula de poder. Con Leovigildo se logrará la unidad del Reino y comienza a desarrollar una labor de contactos con la Iglesia de Roma, acompañados con campañas de atracción y protección de monjes. Como ya es sabido, la figura de Isidoro de Sevilla tendrá una relevancia decisiva, tanto para la normalización de las liturgias como para el adoctrinamiento de los creyentes. Estas personalidades religiosas eran además consejeros habituales de los reyes en todos los temas de disciplina eclesiástica cultural y moral de las gentes.

Respecto al monacato, sus orígenes se remontan a siglos anteriores. Desde el siglo IV parece estar ya vinculado a la religiosidad de los emperadores del periodo tardorromano y bastante relacionado con los cultos sobre los mártires locales. a partir de los que comenzaron también a surgir las fundaciones de monasterios lugares concretos, tanto de tipo urbano como rural.

Al mismo tiempo proliferaba la creación de eremitorios, identificándose en ellos a un tipo de personas que, por diferentes razones personales, morales o de creencia, decidieron vivir en soledad. Siendo una época de inseguridad y de conflictos, muchos hombres dedicados a la guerra elegían así esta vía de reencuentro personal con Dios, de expiación de las culpas y de otros estados emocionales. Sobre esta base empezaron a surgir los monjes y monjas que no siempre eran sacerdotes. Una forma de “hacer carrera” consistía en acudir a un proceso de elección episcopal, ordenarse sacerdote o incluso ser consejero de los reyes. Mediante la aclamación popular se conseguía también la condición de Obispo. A partir del siglo VII, el monasterio está muy extendido y se convierte en parte esencial de demarcación de entidades territoriales que, por su extensión y características, entrará en competencia a veces con los dominios de nobles y reyes. Constituyeron un notable patrimonio tanto en propiedades como en importancia social y económica, entrando también en competencia los fundadores de dichos monasterios y las propias sedes episcopales, aspectos estos que se resolvían la mayor de las veces en las sesiones conciliares o por medio de la intervención de algún rey. Las autoridades eclesiásticas velaron siempre por la permanencia de ese patrimonio, especialmente en tierras anexas al monasterio destinadas básicamente al estipendio de sus monjes

Entre la vida anacoreta y la vida monacal existieron algunas diferencias, como es obvio, si bien los cenobios y los monasterios se mantuvieron fieles a la convivencia reglada. El hecho de decidir una vida apartada no evitaría la asunción de una disciplina personal que, por otro lado, cada monje o monja en su espacio monacal debía respetar. Hasta bien entrado el siglo XII, la mayoría de ellos se rigieron por las reglas benedictinas de la orden de Cluny. Existe una buena documentación sobre órdenes de fundación, reglas monásticas, asuntos de liturgia y otros temas extensos relacionados con el monacato medieval, que claramente no podemos referir en su totalidad.

Un clásico para el conocimiento de la vida de estos monjes será siempre la obra de Fray Justo Pérez de Urbel, La vida de los monjes españoles en la Edad Media, de 1933, publicada por el Instituto Valencia de Don Juan; pero citaremos, sin desmerecer a otros, los interesantes trabajos y estudios del profesor Isidro Bango Torviso, en La vieja liturgia hispana y la interpretación funcional del templo prerrománico, de 1997; o el de Teodoro González, La Iglesia desde la conversión de Recaredo hasta la invasión árabe (Historia de la Iglesia de España, dirigida por R. García Villoslada, de la Biblioteca de autores hispanos, 1979; o F. Martínez Olivares, sobre El desarrollo de la vida ascética y monacal general y en la Tebaida Berciana durante la Alta Edad Media; y otros autores de los que hemos obtenido algunos datos. En cuanto a la procedencia primigenia de dichas reglas normalizadoras de la vida monacal, los principales fundadores fueron Leandro e Isidoro de Sevilla, además de Fructuoso. Ellos actualizarían las antiguas reglas de los primeros Padres y Obispos procedentes de la Iglesia oriental para adaptarlas a la vida de los hispanos visigodos.

Esto nos acerca al personaje de referencia de este artículo. Se habrían de fundar cenobios y monasterios por un extenso territorio cristiano peninsular, pero, sobre el radio de acción del obispo en cuestión, la parte del noroeste, por sus propias características geográficas fue un punto atrayente. Lugares como San Martín de Brácara, San Valerio de El Bierzo, y otros puntos más. Como se verá en el resumen biográfico del citado Fructuoso, este fue uno de los más destacados en la creación de comunidades cenobitas y la imposición férrea de la Regla Monachorum.

Fructuoso, cuya vida hizo honor a su nombre, dio frutos en ese sentido y consiguió una Regla Conmunis entre aquellos que decidieron seguirle en sus pasos. Se asocia su origen a varios puntos sin confirmación exacta, Brácara, Toledo, El Bierzo, a caballo entre los siglos VI y VII. Parece que su muerte queda referida a la ciudad de Brácara, alrededor de los años 665, 666 o 667, y que el Obispo de Santiago de Compostela mandó trasladar sus restos a principios del siglo XII. Si en vida no dejaron de perseguirle para evitar su retiro, tampoco en el más especial de los descansos, al ser devuelto en pleno siglo XXI a la ciudad de Brácara.

Perteneció a una familia noble vinculada a la corte de Toledo o de El Bierzo y pudo realizar estudios eclesiásticos con el Obispo de Palencia, Conancio, y su vida de rezo y presencia monástica se registra por esos parajes del Noroeste ya referidos, en un área denominada la Tebaida Berciana donde surgieron varios eremitorios, cenobios y monasterios. Se cita también en los diferentes escritos a un tal Valerio, discípulo suyo, también monje, copista y escritor, que en su Vita Sancti Fructuosi destacó aspectos de su vida monacal. En referencia a lo que recoge el Diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia (Miguel Ángel Vivancos Gómez) (https://dbe.rah.es/biografias/9949/san-fructuoso-de-braga) su biógrafo no es seguro, pudo ser algún moje anónimo de la zona, tal vez del Monasterio de Montelios. Hacia el año 625, sin haber abandonado aún su patrimonio heredado, ingresa en el mundo clerical y, en los años siguientes su ocupación estuvo entre las reflexiones escritas de las reglas monásticas y la fundación de monasterios. No será hasta el año 646, en tiempos del rey Chindasvinto, que renuncie a sus posesiones, decidido a salir de la dignidad abacial para irse a los montes como eremita. La persecución ya había dado comienzo puesto que en todos los intentos de asilamiento le fue imposible vitar que otros monjes le encontraran, terminando así por vivir en comuna, por muy reducida que esta fuera. En estas presuntas situaciones se justifica la fundación de varios recintos de esa naturaleza, San Pedro de los Montes, San Félix de Visona, ambos en León, o el Monasterio Peonense de Pontevedra, entre otros. Combino además esa vida itinerante con la diplomacia eclesiástica por medio de cartas al Obispo Braulio de Zaragoza para reforzar su conocimiento acerca del Antiguo Testamento, o con la idea de conseguir el libro de las Collationes o Conferencias de Casiano, donde se relataban en forma de diálogo, los debates entre monjes de los primeros años de formación de la Iglesia, en los que se haría referencia a la vida eremítica.

Al tiempo siguió con su peregrinaje, en un sentido más formal, llegando hasta Mérida, Sevilla, Cádiz, siendo aclamado por las gentes a su paso en claro deseo de abrazar la vida religiosa, otra de las competencias más al restar así contingente humano que ingresara en la vida militar. Ya sabemos que en la Edad Media las opciones eran muy clara entre esos destinos. También se cuenta que quiso realizar un viaje a Tierra Santa, sin éxito (algunos refieren la intervención en contra del propio rey Recesvinto), pero ampliando así sus responsabilidades eclesiásticas y significándose más su presencia en importantes Concilios de mediados del siglo VII. El relato biográfico se va perdiendo en detalles, aunque pudo seguir con su labor fundacional hasta los últimos días. Uno de los casos es el Monasterio de nuestra imagen, San Fructuoso de Montelios, cercano a Braga, donde fue enterrado. Se mandó construir como mausoleo, entre los años 656 y 665. El edificio es una representación clara de combinación artística y simbólica entre la Antigüedad Oriental Romana, al imitar en su función al mausoleo de Gala Placidia de Rávena, y como espacio litúrgico a la iglesia bizantina de San Vital. La adopción del modelo cruciforme con arquerías superpuestas de inspiración bizantina sirvió, a partir de esta construcción, como impronta para el arte visigodo de templos ubicados en zonas rurales, del que pudieron seguir influencia casos como las iglesias de Santa Comba de Bande, San Pedro de la Mata o Santa María de Melque, con los cambios de diseño propios del estilo regional de ese momento. El edificio fue redescubierto en 1897 y restaurado en 1931.

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