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Luis Araquistáin: Algo más que la sombra de Largo Caballero


Luis Araquistáin en Berlín, 1932. / Archivo. Luis Araquistáin en Berlín, 1932. / Archivo.

El diálogo, y no se diga la colaboración, entre intelectuales españoles ha sido siempre punto menos que imposible. Luis Araquistáin

Analizar la personalidad e ideología de LUIS ARAQUISTÁIN resulta ser un ejercicio complejo como complejo es, de ahí la dificultad del análisis, el perfil de este, por otra parte, excelente periodista. Excelente y prolífico ya que, lector empedernido y pensador profundo, ha dejado un extraordinario legado que desmiente, de forma tajante, la permanente y absurda acusación de que era, simplemente, la sombra de Largo Caballero. Con una mínima parte de ese legado, voy a tratar de realizar un análisis que, a grandes rasgos, recoge su fecunda actividad.

Antes, sin embargo, me gustaría reflejar algo que creo que resulta imprescindible siempre que, como es el caso, se trate de hechos protagonizados por unos personajes que tuvieron que enfrentarse a una dura realidad política y social. Araquistáin, como tantos otros de sus contemporáneos de la generación del 14, no puede ser analizado sin tener en cuenta la historia con la que tuvo, con la que tuvieron, que lidiar. En un plano nacional, los años críticos de la monarquía de Alfonso XIII, la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la Segunda República, la Guerra Civil, la posguerra y el consecuente exilio. Y en el internacional, las Primera y Segunda Guerras Mundiales. En la sucesión de estos hechos históricos hay que encontrar los cambios, la evolución, de su biografía rechazando, así, las críticas de veleidad ideológica que algunos interesados historiadores le han querido imputar. Araquistáin, por encima de cualquier otra consideración, fue siempre fiel a los principios de libertad y defensa de la democracia que, mantuvo en todos los períodos de su vida, fueran estos períodos de mayor o menor radicalismo.

Todos los autores que han analizado el recorrido vital de Luis Araquistáin parecen coincidir en que, en líneas generales, hay en él tres grandes etapas periodísticas. La primera, la del periodista “aliadófilo”, director de la Revista España, que pasa por ser un socialista moderado y posibilista. La segunda, el periodista político y escritor que, fiel a Largo Caballero, dirige la revista LEVIATÁN y el periódico CLARIDAD. Es esta la etapa más conocida y criticada en la que se le acusa de ser el inductor de la “bolchevización” del partido socialista. Y, finalmente, y en su tercera etapa, la del exilio, en la que el periodista escéptico y desencantado vuelve a sus orígenes socialdemócratas.

Dicho de otra forma, la primera etapa, la de la ilusión, la segunda la del luchador y, por fin, la de la amargura por la derrota de la República.

Y dicho, además, de otra manera, la primera etapa, la del defensor de la democracia liberal y del socialismo democrático, aparentemente contradictoria con la segunda, la del radical director de Leviatán y de Claridad, paso obligado a la tercera, la del exilio, a la de la reflexión. Sin embargo, en todas ellas, prevalecen las prioridades que no solo eran de él sino, también, de todos sus compañeros: El papel que España tenía que jugar en Europa y el futuro de la democracia amenazada y, posteriormente, aniquilada.

Araquistáin, joven y con ideas renovadoras, comprendió, compartiendo esta idea con muchos de sus correligionarios, que el sistema político derivado de la Restauración, no se ajustaba, de ninguna manera, a las necesidades de España. Pensaba que el país se había estancado en un régimen anquilosado y obsoleto dominado por oligarquías ya caducas que no solo carecían de sentido, sino que, además, le habían llevado a una auténtica ruina económica y a una inaguantable miseria intelectual y cultural. No tardó, pues, demasiado tiempo en buscar, y en cierta medida, encontrar respuestas a sus inquietudes en el socialismo. El suyo fue, en principio, un socialismo que, basado en el compromiso social, se alejaba de la ortodoxia marxista tradicional que, hasta ese momento, había dirigido y marcado lasa líneas ideológicas del partido.

Con tan solo 25 años, Luis Araquistáin comienza a abrirse hueco en el periodismo español publicando sus primeros artículos en LA MAÑANA y en EL MUNDO. Su popularidad crece, sin embargo, a raíz de su colaboración con EL LIBERAL. En él se dan cita una serie de jóvenes periodistas convencidos de la necesidad de Instaurar una democracia de corte liberal en la que el socialismo pudiera y debiera sentirse cómodo como una fuerza democrática más. Entre 1909 y 1910, colaboró desde Londres con el periódico LA MAÑANA. Aparece, entonces, relacionado con Ortega y Gasset con quien mantiene, en los años siguientes, una intensa correspondencia que, posteriormente, da paso a un buen número de diferencias. Fue, sin embargo, el propio Ortega quien medió para que EL LIBERAL le nombrara su corresponsal en Londres. En 1911, en una breve estancia en España, se afilia al PARTIDO SOCIALISTA OBRERO ESPAÑOL en el que, con altibajos, separaciones y dificultades, militó durante prácticamente 50 años hasta su fallecimiento. Entre 1911 y 1914 viajó por otros países europeos, Bélgica, Alemania y Suiza, antes de regresar a Londres en donde, por cierto, contrajo matrimonio con la suiza GERTRUD GRAA, conocida por TRUDY, una mujer, dicen, de enorme belleza.En ese mismo año, con el inicio de la PRIMERA GUERRA MUNDIAL, regresa a España. La posición oficial del Gobierno, a pesar de las dudas iniciales que, en ese sentido, tuvo ROMANONES, era la de permanecer neutral. Pero entre la opinión pública no cuajó esa posición. La sociedad se dividió entre germanófilos y aliadófilos. Las disputas entre esas dos tendencias fueron continuas e intensas. Araquistáin, desde las páginas del semanario ESPAÑA, entró de lleno en el debate para descalificar a aquellos que defendían la intervención española, a favor de uno de los dos bandos, al preguntarse si se habían planteado si alguno de los países beligerantes habría aceptado esa intervención. “Cualquiera –escribió –aceptaría nuestra cooperación armada. Pero lo triste es que nadie la busca. España es una rueda que gira sin una correa que la ligue al resto del mundo. Hay que vivir fuera de España para percatarse de la indiferencia que en el extranjero merece la actitud de los españoles”.

Su pluma, a partir de 1915, ganó lectores y una cierta autoridad. Tanto es así que Ortega y Gasset le ofrece la dirección del semanario ESPAÑA, una circunstancia que el propio ARAQUISTÁIN recuerda en un artículo titulado EN DEFENSA DE UN MUERTO PROFANADO.

En 1915 –escribe—ORTEGA fundó el semanario ESPAÑA con el concurso económico de LUIS GARCÍA BILBAO, un raro poeta ignorado y desventurado y uno de los mejores hombres que yo he conocido. Aquella revista tuvo un notable buen éxito intelectual y político, pero el económico no fue todo lo que se esperaba. Los cuatro años que duró la publicación se hizo siempre con pérdidas. Tenía lectores, pero apenas anuncios. Además, Ortega pensaba en empresas más saneadas y vastas y de mayor radiación e influencia, como el futuro diario EL SOL y la REVISTA DE OCCIDENTE con su editorial. El caso es que cuando en 1915 yo regresé a Madrid de Londres, donde había estado escribiendo artículos para EL LIBERAL desde el comienzo de la guerra de 1914, Ortega, que ya estaba cansado o decepcionado del semanario ESPAÑA, me ofreció espontáneamente su dirección que yo acepté. Apenas –subraya—nos conocíamos personalmente”.

En ese artículo, que encabeza reconociendo las diferencias que mantuvo con el filósofo en el año 1935, Araquistáin arremete contra la iglesia católica por la utilización que hace de la figura de Ortega después de su fallecimiento.

“Las pasadas diferencias políticas, ya candeladas por la muerte, no han podido evitar que me avasallara una de las indignaciones más profundas que he sentido en mi vida al conocer las bajas trapacerías que ha empleado a iglesia española para profanar el cadáver de Ortega y deshonrar su memoria. Digo deliberadamente que han profanado su cadáver porque si profanación es, a juicio de un católico, que alguien saque un cadáver del cementerio donde estaba enterrado católicamente, no es menos profanación que se de sepultura religiosa a quien no profesaba religión alguna”.

En 1916, con ARAQUISTÁIN ya firmemente asentado en un lugar privilegiado del periodismo español con apenas 30 años, el GOBIERNO respondió a una huelga general provocada por el descontento social, con la abolición de las garantías constitucionales y el establecimiento de una férrea censura. La tensión entre aliadófilos y germanófilos resurgió a cuenta del hundimiento por parte de la armada alemana de varios barcos españoles con el resultado de numerosas muertes. “Estos son los terrores –escribió –con que nos amenazan los germanófilos y que culminan en un terror supremo: la guerra civil. Acaso tengan razón y sea necesaria una postrera guerra civil en España, que rompa sus ligaduras con un pasado demasiado remoto, con una ideología demasiado medioeval, con unas gentes demasiado cerriles. La guerra europea es –sentenció en una funesta profecía -- una guerra civil continental y los pueblos que no se purifican en la lucha con otros pueblos, quizá necesiten purificare en un conflicto intestino”.

Con la caída de Romanones, Araquistáin añadió su firma a un manifiesto que llamaba a “todas las izquierdas españolas” a participar de alguna forma en la construcción de la nueva sociedad. Ahora o nunca, terminaba el documento. “El pueblo español, que iba olvidando su republicanismo, --escribe—se ha erguido estos días con un gesto de interrogación. Es una hora crítica para la monarquía española: o absorbe en sí el espíritu y la tendencia de las izquierdas, poniéndose a la cabeza de ellas, o se pone enfrente y el republicanismo resurgirá, entonces, con más ímpetu que nunca, alentado por los obstáculos de dentro y por los estímulos espirituales de fuera. Es una hora crítica. Vale la pena reflexionar un momento”.

La huelga general de 1918, causa por la que fue detenido junto a otros socialistas como Largo Caballero, Besteiro y Saborit, y el posterior final de la GRAN GUERRA con la consiguiente caída del Imperio Alemán, influyeron, sin duda, en el pensamiento socialista de Araquistáin que, pasados tres años, en 1921, mostraba su pesimismo en relación al futuro de España.

“Es el porvenir –escribió—de una casa donde la servidumbre, desde el primer mayordomo hasta el último pinche de cocina, desvalija lo que puede. Toda la nación española es un negocio privado de los funcionarios públicos –tanto mayor cuanto más altos--, en connivencia con un comercio defraudador y una industria paralítica. El porvenir de España es el de un buque que hace agua y cuyo pasaje –el pueblo en masa—acabará por hundirse en la miseria y en el envilecimiento. No habrá salvación nada más que para las ratas”.

Les sitúo, ahora, en 1931. Las elecciones municipales de abril registraron el triunfo republicano en 43 capitales de provincia, Madrid entre ellas. Ese resultado llevó a Alfonso XIII a abandonar el país con la consecuente proclamación de la República. La voz de Luis Araquistáin, se alzó fuerte y rotunda:

“Estoy seguro de interpretar vuestro sentir afirmando que si la república española se limita simplemente a cambiar el rótulo de la forma de gobierno y deja en pie la estructura de las oligarquías tradicionales el fracaso de nuestra república será absoluto. Hemos hecho la revolución política, hemos despedido a un monarca cuyo mayor defecto fue el no tener conciencia de la dignidad y responsabilidad de su cargo. Ahora debe empezar la verdadera revolución social. No basta, pues, haber derribado la monarquía. Hay que arrancar también de cuajo el poder político y social de esas oligarquías tradicionales”.

Y, además de propugnar la democratización y reducción del ejército, Luis Araquistáin recordó, también, la cuestión religiosa.

“No basta con separar la iglesia del estado. Mientras la iglesia tenga el formidable poder económico que hoy tiene en España. Mientras haya órdenes religiosas con facultades para ejercer todos los grados de enseñanza y para adquirir y poseer inmensos bienes materiales, no habrá libertad de conciencia ni paz civil en España”.

Después de expresar todo su respeto hacia los creyentes de buena fe y para sus cultos locales, afirma que “la república española, si quiere formar un pueblo libre y constituir un estado independiente no podrá tolerar, como hoy existe, solo sujeto a la disciplina de la Roma vaticana, ese extraño dentro del estado nacional que es la iglesia católica”. “Un estado laico, remata, no puede sostener a ninguna religión determinada, ante todo en interés de la religión misma, cuya libertad, como la de cualquier asociación, no puede ser completa mientras dependa económicamente del estado y no del exclusivo sostén de los fieles”.

En 1933, comienza el declive socialista. Luis Araquistáin, entonces, sí, más cercano que nunca a Largo Caballero, radicaliza, dada la presión a la que la derecha somete al país, sus posiciones, afirmando que Gil Robles y los denominados agrarios no tenían derecho a gobernar la república con estas Cortes porque a ellas no llegaron como republicanos.

“Hoy por hoy –afirma—un gobierno de derechas sería una provocación a los socialistas y a todos los republicanos auténticos que, probablemente, motivaría la retirada de la minoría del Parlamento y no, precisamente, para ir al Aventino”.

A partir de esos momentos, y como director de la revista LEVIATÁN, la revolución socialista sería, para él, la única alternativa contra el avance del fascismo en Europa. Asimismo, en el periódico Claridad, no dudó en defender, en 1936 y ante la situación golpista que vivía el país, la táctica acción-reacción que ya había mantenido en su etapa de radical aliadófilo en favor de la democracia.

A partir de 1935 se centró en escribir artículos mensuales en su revista, una revista que nació como símbolo un primero de mayo e inspirada en la obra de Thomas Hobbes. LEVIATÁN fue el principal órgano de expresión de la denominada Revolución del 34.

Ya con la Guerra Civil en marcha, Araquistáin fue designado embajador en París. Allí, a pesar de las enormes dificultades que tuvo que superar y con la ayuda de sus compañeros de fatigas, consiguió que la Exposición Universal de 1937 contase con un pabellón español con obras de Picasso, Miró, Calder o Julio González.

En febrero de 1939, cruzó la frontera con destino inicial a París para posteriormente, trasladarse a Londres en dionde sintió la amargura de perder a su esposa y a su hija. Había renunciado ya a la esperanza de un posible restablecimiento de la democracia en España. El último cartucho se quemó en el denominado pacto de San Juan de Luz. Colaboró con Indalecio Prieto en esas negociaciones. La Guerra y la consecuente derrota de la República destruyeron su mundo. Propugnó, entonces, la necesidad de una reconciliación nacional, defendió, además, un europeísmo atlantista, socialdemócrata y anticomunista. Volvió, pues, en su largo exilio, a sus raíces. Amargado, envejecido, con todos sus sueños rotos por la dictadura, se trasladó a Ginebra en donde, a los 73 años, falleció.

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