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Emma Goldman, Soledad Gustavo y la Revolución Rusa


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

En diciembre de 1923, Soledad Gustavo recogió y reseñó en La Revista Blanca unos artículos de Emma Goldman recogidos bajo el título de “Dos años en Rusia”, que se publicaron en New York, y del que rescatamos una parte casi cien años después, por la importancia de Goldman y de Gustavo, dos fundamentales mujeres anarquistas, y por su análisis intensamente crítico sobre cómo había derivado la Revolución rusa.

“Dos años en Rusia

Así titula Emma Goldman unos artículos que le publicó The World y que acaba de editar la revista Aurora, de Nueva York.

A pesar de lo debatido del tema y de que cuantos razonan serenamente el pro y el contra de la revolución rusa, tienen formado su criterio, insisto en hablar de ella por tratarse de lo que ha escrito Emma Goldman, uno de los cerebros femeninos mejor organizados.

En su artículo «Las fuerzas que destruyeron la revolución», culpa a la política marxista de los bolcheviques que introdujo el descontento, el antagonismo y la miseria en Rusia, de ser los verdaderos factores que destruyeron el gran movimiento e hicieron perder la fe del pueblo.

Al efecto escribe:

«Durante un breve periodo de la revolución de octubre, los trabajadores, campesinos y soldados, fueron de verdad los dueños de la situación. Pero pronto la invisible mano de hierro del bolchevismo comenzó a manejar los asuntos del Estado y separó la Revolución del pueblo; y el pueblo se separó de la Revolución. Desde aquel momento comenzó el Estado bolchevique.»

En otro párrafo añade: «Después de haber engañado a los rusos al mundo entero, diciendo que la nueva estructura social en Rusia era el Comunismo, en el último Congreso Pan-Ruso, dijo Lenin que fué error tal creencia, que en Rusia existía no existía el Comunismo. Por decir lo mismo hay millares de camaradas en la cárcel y en la cárcel continúan a pesar de Lenin reconocer lo que aquellos compañeros afirmaban siendo por ello sentenciados.»

Lo triste es que en nombre de ese Comunismo de convento que ni siquiera se disfruta en Rusia, se ponderen las excelencias de la estructura social bolchevique, ofreciéndonos gratis las bienaventuranzas de aquel delicioso Edén.

Luego expone Goldman los principales métodos empleados por los bolcheviques en su intento de engañar al pueblo y escribe:

«La paz de Brest-Litwosk marcó el comienzo de todas las posteriores calamidades. Fué una negación deliberada de todo cuanto los bolcheviques hablan proclamado: paz sin indemnización; dueños los pueblos de sus destinos; abolición de la diplomacia secreta... Sin embargo, ellos pactaron con lodo esto y actuaron de la misma manera que lo hubiese hecho cualquier gobierno burgués. El precio de esta paz fué la traición de Latavia, Finlandia, Ukrania y la Rusia Blanca, y como resultado, varios años de guerra civil, la desorganización de las fuerzas revolucionarias y el comienzo del terror rojo, que continúa aún.»

¿Para qué copiar más de «Las fuerzas que destruyeron la revolución» si cuanto en él dice Emma Goldman estuvo en principio en la conciencia de los videntes que no se pagaron de efectismos ni se ilusionaron con los colores rojo y verde de las luces de bengala que los pirotécnicos rusos esparcieron por todas partes?

En otro artículo titulado «La Checka», poderosa organización que dispone de la vida del ciudadano ruso y cuya cabeza es Dzerzbinsky, pone en boca de ese tétrico personaje las siguientes palabras, pronunciadas al filial de una manifestación pública:

“Somos los representantes del terror organizado...» «Aterrorizamos a los enemigos del Gobierno Soviet. Tenemos el poder de asaltar, confiscar las mercancías y el capital, efectuar arrestos, indagar, juzgar y condenar a aquellos que consideramos culpables, y ejecutar la pena de muerte.» En otras palabras, la Checka es espía, policía, juez, carcelera y verdugo. Continúa diciendo Dzerzhinsky:

«Al tratar con los enemigos de la Rusia Soviet, es necesario usar de métodos de tortura para obtener confesiones de ellos y entonces despacharlos al otro mundo.»

Además, en Rusia, en esa Rusia libertada del zarismo, por cualquier causa se emplea el método de la sed, las palizas y se usan otros medios eminentemente «revolucionarios».

Zinovieff, en una de las sesiones del Soviet de Petrogrado, manifestó que Dzerzhinsky, aquella hiena del pueblo ruso “era un santo devoto a la revolución”.

¿Vale la pena de hacer una revolución para que tales engendros se apoderen de ella y hagan bueno el régimen derrocado?

No deben ni pueden prevalecer en el siglo XX los procedimientos de la Edad Media, y si por circunstancias fortuitas subsisten algún tiempo, desaparecerán envueltos en su propia infamia.

(…)

Otro de los artículos interesantes es el titulado: «Trabajo obligatorio».

Actualmente en Rusia, el proletariado trabaja de diez a dieciseis horas diarias según los oficios, incluso los niños; los panaderos y los mineros hasta dieciocho horas. La jornada de ocho horas, casi universal, allí ha sido abolida.

¿Y un pueblo que tanto trabaja se muere de hambre? —preguntará el lector. — Sí, porque la burocracia se lo come todo.

Dice Goldman en el citado artículo:

«Tan pronto como llegó a ser lev el trabajo obligatorio, se aplicó como venganza. Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, apenas vestidos y con toscos zapatos o con sólo trapos en los pies, fueron indistintamente arrojados al frío y a la escarcha a barrer la nieve o a cortar hielo.

“Pleuresía, pneumonía y tuberculosis fueron los resultados. Entonces los tontos del Kremlin crearon un nuevo departamento para la distribución del trabajo, Este “bureau” decidía según las aptitudes físicas de los obreros, los clasificaba y distribuía según sus profesiones.»

De manera, que para hacer trabajar se nombraban por doquier empleados que aumentaban el contingente de los que no hacen nada útil, absorbiendo el producto de los que trabajaban, llegando a darse el caso de jue en escuelas de 125 muchachos había 138 guardas y por el estilo en todas las oficinas del Estado bolchevique.

Después de leer lo que queda expresado ¿podemos defender la revolución rusa los amantes de la igualdad económica y de la libertad política?

No y no.”

Soledad Gustavo, La Revista Blanca, 15 de diciembre de 1923.


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